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¡La Madre que me parió!

No soy pesimista…Solía serlo, pero mi madre, a punta de tirones de oreja, me hizo darme cuenta que me estaba perdiendo lo divertido de esto que llamamos vida. Tampoco los voy a engañar, no soy de las que va por ahí entornando los ojos mientras olisquea las flores, amando a todo el mundo.  Digamos, mejor, que soy una optimista cauta.
¿En que consiste mi teoría? Pues en que, aunque en el fondo, espero que ocurra lo mejor, opto por aparcar las expectativas, porque- lo admito- la imaginación fácilmente se me desboca y las cosas nunca suceden como las proyecto en mi cabeza.
Teniendo eso muy claro, decidí emprender mis vacaciones en la playa por primera vez en años.
Valga hacer notar que el calor me pone de mal humor, el agua salada del mar me escuece en la cara, la arena, que inevitablemente se me cuela en los calzones, me resulta irritante y las hordas de bañistas me enervan.
¿Por qué, entonces, decidí embarcarme en este viaje? La respuesta es muy simple: La madre que me parió.
Mi madre, bendita ella, decidió reunirnos a todos para una semana familiar en la playa como no lo habíamos hecho en mucho tiempo. Viajamos desde 4 puntos diferentes del planeta para estar ahí y celebrar su 57 cumpleaños, y así, sin planearlo, casi sin creerlo, acabé dejándome  la garganta en un concierto deTom Jones, tomando mojitos a media noche descalza en la orilla del mar, bañándome en el tibio mediterráneo a la luz de la luna, achuchando a mi madre sin motivo ni pudor cada vez que me daba la gana, comiendo leche merengada cada vez que antojaba, y corriendo como loca por la Ciudad de las Artes y las Ciencias en un afán imposible por conocerlo todo.  Pero lo que nunca voy a olvidar es el  breve instante en que viendo  a mi madre y a mis tías retozar en el mar como las niñas que una vez fueron, 50 años se hicieron humo y mis primos y yo nos desvanecimos en el tiempo como pompas de jabón.
PD. Si bien es cierto que intenté empezar este viaje sin expectativa ninguna, había 3 cosas que no estaba dispuesta a dejar de disfrutar:
1.-Bailar hasta que me sangraran los pies: No sucedió.
2.-Tomarme una foto con la ballena beluga del acuario: La ballena no quiso.
3.-Comerme un buen trozo de tarta en la celebración del cumpleaños de mi madre: Nadie se acordó de comprarla.

Madrid-Alicante-Madrid

Hay dos cosas que detesto hacer sola: comer en un restaurante e irme de compras.

Hay dos cosas que amo hacer sola: ir al cine y viajar.

Lo del cine tiene su razón de ser en el hecho de que generalmente me gusta ver dramas o romances y como tengo un pronto lacrimógeno automático, me da vergüenza que me vean llorar por dramas y cursilerías ajenas, así que mejor sola para no tener que justificar mi lloriqueo ante nadie. Lo de viajar sola no significa  que sea yo una ermitaña; me gusta la compañía, pero una vez en mi lugar de destino. Es muy difícil de explicar, pero el hecho de ir sola en un avión, un autobús o un tren tiene un encanto especial para mi.

Oficialmente mis vacaciones no empiezan hasta dentro de unos días, aunque la verdad es que me siento de vacaciones desde finales de junio cuando, por fortuna, nos trasladamos a Ávila huyendo del sofocante Madrid, por lo que al proponerme mi madre encontrarnos en Alicante un fin de semana, pensé que cambiar las montañas por la playa no me vendría nada mal.

Quería vivir este viaje momento a momento, quería conectarme más que desconectar así que contrario a lo que suelo hacer, esta vez no me llevé ningún libro, pero fue inútil, no pude evitar  sucumbir a la tentación de la lectura comprándome, según yo, literatura light y, así pues, con la revista  Fotogramas bajo el brazo y el móvil con música recién bajada, abordé el tren en Chamartín.

Resultó que mi compañera de viaje era una sexagenaria muy inquieta que se levantó de su asiento por lo menos 10 veces y que  confundía el dial de su asiento con el mío dejándome sin enterarme de la mitad de la película, donde Sara Jessica Parker  y Hugh Grant jugaban  a quererse con nefastos resultados.

Intenté distraerme con el paisaje, pero el panorama de las grandes industrias  a las afueras de Madrid no es lo mío así que me decanté por hojear la revista. Llegué hasta la página 14 decidida a someterme a mi primera experiencia IMAX 3D con Toy Story 3; Ella, una joven china no suena a título prometedor, me dije, pero igualmente leí la crítica y aunque es probable que sea una película que nunca veré , esa pequeña reseña de menos de 250 palabras me mantuvo con la cabeza ocupada por lo menos 2 horas.

Opté de  nuevo por ver el paisaje acompañado, esta vez, con un poco de música. Afortunadamente las vistas habían cambiado y un ceniciento cielo azul como telón de fondo de unas escarpadas montañas prometía calidez, mucha calidez, por lo que no pude evitar encogerme en el asiento. Advertí que las ganas de encontrarme con mi madre, a la que no veo desde noviembre pasado, crecían en la misma medida que mi pánico al calor.

Ron Pope rasgaba la voz y la guitarra en mis auriculares mientras yo trataba de adivinar formas en las paredes rocosas de los cerros. En uno de ellos juraría que vi a Tutankamon y en otro a Winnie the Pooh( si mi subconsciente me está tratando de decir algo, no tengo la más puñetera idea de lo que puede ser). Yolanda Be Cool me tenía a punto de empezar a balancearme en el asiento al ritmo de We don’t speak americano, cuando una voz altamente nasal anunciaba nuestra llegada a la estación de Alicante.

Fui la última en bajarme del tren. Temía salir de la burbuja placentera del aire acondicionado a enfrentar el apabullante calor que amenazaba con achicharrarme, pero al final resultó que aunque hacía calor, éste no era tan sofocante.

La divisé buscándome con los ojos en la dirección opuesta a la que yo venía y de repente fue como si mis pies tuvieran propulsión a chorro. No me vio hasta que estuve frente a ella y la abracé  por sorpresa hasta casi asfixiarla intentando, con éxito, contener mis lágrimas. 

Luego, dos días que se me pasaron volando y de nuevo en el tren de vuelta a Madrid. Esta vez no leí, no escuché música, no intenté ver la película y hasta bajé la persiana para que el sol no me diera en la cara. Sólo cerré los ojos y me dormí pensando lo que siempre pienso cuando me despido de mi madre: Dios, que no sea la última vez.

En resumen:

Boleto de tren: 74 euros

Café calientísimo para desayunar acompañado de una horrorosa magdalena: 3.50 euros

Taxi: 8.35 euros

Compras mínimas en el supermercado: 12.35 euros

Sandalias de verano: 10 euros

Peaje en la carretera hacia La Manga: 3.20 euros

Darle a mi madre un abrazo de oso: no tiene precio.

Poner al maleducado taxista en su lugar: no tiene precio.

Descubrir lo mucho que te has equivocado prejuzgando a los demás: no tiene precio.

Cena y conversación entre risas y buena compañía hasta la madrugada: no tiene precio.

Saberte afortunada de contemplar el mar Menor a tu izquierda y el Mediterráneo a tu derecha: no tiene precio.

Sentirte parte del mundo caminando por el babel que es el paseo marítimo de Torrevieja: no tiene precio.

Contemplar la luna llena reflejada en la negrura del mar mediterráneo: no tiene precio.