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Un real de jacintos para el alma.

“[…]Hay libros tan hermosos que al acabarlos uno siente el íntimo deber de escribir; hay libros tan profundos que al acabarlos uno siente el íntimo deber de escribirse a si mismo. Hay libros que nos impulsan a encontrar nuestro más íntimo lenguaje poético; hay libros que nos impulsan a encontrar nuestro más íntimo lenguaje vital.”

Quisiera poder darme el crédito de semejante frase, pero no es mía. La copié de la introducción que Félix Grande le hace al libro de las obras completas del poeta Luis Rosales, y me la guardé porque son innumerables las veces que me he quedado con esa sensación imprecisa en la boca del estómago al voltear la última página de un libro.

Hay ocasiones en que, al terminar alguno, me cuesta desprenderme del desasosiego que se instala en mi pecho, no por el final triste de la historia(me gustan los libros sin final feliz), sino porque hay historias que da pena terminar; hay personajes que se resisten a morir en la complacida pirueta  con que la mano de su creador pone el punto  final, y así, la Kitty Wu de Auster me guiña el ojo desde la penumbra de su irrevocable decisión, el Fermín Romero de Torres de Ruíz Zafón, me hace sonreír  susurrándome al oído la hilarante hipérbole de su retórica y el Rolf Carlé de Isabel Allende, con su triste pasado, sigue siendo el hombre que secretamente quiero para mí.

Vine a España a aprender a vivir como adulta, lo que en  mi caso específico conlleva vivir muy frugalmente, quitando del diario vivir todo abalorio innecesario y la única extravagancia que me he permitido durante estos casi tres años ha sido mi suscripción a Círculo de Lectores, una revista bimensual de libros, que espero en el buzón con la misma ilusión con que antes, en mi época de adolescencia y efímeras vanidades, esperaba la revista Cosmopolitan.

Tengo mi íntimo y doloroso ritual para  escoger, de cada edición, un solo libro de entre todos:  voy doblando la esquina superior de cada página donde encuentro un libro que me gustaría comprar; al final descubro que he marcado tantas que me toca volver a cribar mi elección e ir desdoblando páginas hasta que me quedo con 2 ó 3 y luego, lo más dificultoso: elegir un solo ejemplar.

En este mundo globalizado, donde un gato se orina en Canadá y causa una inundación en Tombuctú, la crisis y los reajustes económicos llegan para la mayoría de los mortales y yo no soy la excepción.

Estaba planificando un nuevo recorte en mi casi irrecortable presupuesto para poder hacer frente a mis planes a mediano plazo, y cancelar mi suscripción a Círculo de Lectores iba siendo relegada una y otra vez hasta el final de la lista de cosas de las que podría prescindir, incluso después del tinte para mis-ya no tan incipientes- canas o el dentífrico para dientes sensibles (un buen calambre en la dentadura con el café de la mañana puede servir para terminar de despertarte, digo yo), pero concluí que si se toma la decisión de hacer sacrificios, hay que hacerlos a fondo, y tragándome la sensiblería y la autocompasión, me empecé a despedir de mi suscripción.

Iba rumbo al supermercado a hacer la compra, calculando en mi cabeza como acomodar la economía doméstica al dinero que llevaba en el bolsillo y me topé con una placa pintada en la fachada de un edificio abandonado que rezaba así: “Si tienes dos reales, cómprate un real de pan para tu cuerpo y un real de jacintos para tu alma”

La suscripción se queda.

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Desafiando la gravedad

Newton, que era un genio, nos dice en su primera ley:

1.-Todo cuerpo en reposo abandonado a su suerte, permanecerá en reposo.

2.-Todo cuerpo en movimiento, seguirá moviéndose eternamente, con una velocidad constante y en la misma dirección, si algo no lo detiene. (No crean, ni por un momento, que yo guardo esta información en mi cerebro. Me la acaba de chivar San Google bendito.)

Quien me puso a pensar en las leyes que rigen la Física Elemental fue mi abuela, una mujer casi centenaria, pero no por eso menos lúcida.

A esta buena mujer, la sabiduría popular la ha provisto de refranes muy agudos, acertados y divertidos que no duda en soltar cada vez que la situación lo amerita y que algún día compartiré en este blog, pero por el momento me ocuparé de dos en particular, que me demuestran cómo  mi abuela (que de leyes de Newton, me parece a mí, nada sabe), recita teorías newtonianas, salpimentadas con el refranero popular catracho:

1.-“El que nace pa’ maceta, no pasa del corredor.”

2.-“El que nace pa’ tamal, del cielo le caen las hojas.”

Aunque en más de una ocasión me he sorprendido repitiéndolos, siempre he escuchado ambos con cierto recelo porque los encuentro crueles y perversos, porque considero que estos refranes, en su sencillez, insinúan cosas que yo me rebelo a creer…

Todos, con suerte, conocemos a alguien o tenemos un amigo patoso, gafe, o salado(digo con suerte, porque si no lo tenemos, significa que el patoso, gafe o salado somos nosotros); ese que parece andar por el mundo con pies de trapo, trastabillando a cada paso; ese al que invariablemente va a dar el pelotazo(o en el peor de los casos, el naranjazo); ese al que nunca nada le sale bien y que más que tropezarse con las desgracias, se empotra contra ellas; ese cuya eterna compañera es la mala suerte… como quien dice, ese que se tira al pajar y se entierra la aguja.

Si nos atenemos a los refranes de mi abuela, este pobre energúmeno por más que se esfuerce, nunca llegará a nada y no habrá poder capaz de desviar las desgracias que persistente e invariablemente se lo llevarán de encuentro.

Valga decir que ayer, quien esto escribe, se encontraba plácidamente dando un paseo por el parque, disfrutando de los primeros calores del verano, cuando una rama seca, como si de un boomerang se tratase, se vino a estrellar justo en mi nuca haciéndome perder el equilibrio y a punto estuve de ir a dar con mi humanidad al suelo, así que créanme, que sé lo que me digo… Yo he sido ese patoso, ese gafe, ese salado…En la vida, he dado  traspiés tan inverosímiles, que sólo he sido consciente de los mismos por la gélida sensación de vértigo incrustada en mis entrañas cuando he estado al borde del precipicio. Esto es, cuando he tenido suerte. Cuando no, el traspié me ha mandado como un bólido en caída libre, y yo, creyendo estúpidamente que no había esperanza para mí, he cerrado los ojos y me he dejado ir, me he abandonado a la inminente fuerza de gravedad que me llevaba a lo más profundo del abismo.

Un día como hoy, abro los ojos y me sorprende descubrir que, después de semejante acto tan temerario, he aterrizado de pie y que, salvo por algunas magulladuras, estoy entera…¿Cómo es eso posible?

Leyendo a Paul Auster, encontré la respuesta en un párrafo que me nubló los ojos en el acto:

“Yo había saltado desde el borde del acantilado y justo cuando estaba a punto de dar contra el fondo, ocurrió un hecho extraordinario: me enteré de que había gente que me quería. Que le quieran a uno de ese modo lo cambia todo. No disminuye el terror de esa caída, pero te da una nueva perspectiva de lo que significa ese terror. Yo había saltado desde el borde y entonces, en el último instante, algo me cogió en el aire. Ese algo es lo que defino como amor. Es la única cosa que puede detener la caída del hombre, la única cosa lo bastante poderosa como para invalidar las leyes de la gravedad

La vida me ha cambiado una barbaridad desde entonces y ahora parece  que voy por la vida con paso más firme, pero es tambien  la vida con su perenne guiño de ironía, la que me advierte que no debo descuidarme …lo bueno es que siempre habrá algún boomerang suelto por ahí, para recordarme lo fácil que puede ser perder el equilibrio.

…Madre, gracias por  sostenerme cada vez, aunque yo no lo mereciera.

De porqué me gusta Twilight

Los vampiros están de moda y ese fue el motivo por el que vi la primera película. Ni siquiera la vi en el cine. Esperé que la dieran en Digital Plus para ver de qué se trataba ese fenómeno que estaba en boca de todos y del cual yo apenas había oído hablar. La película me entretuvo pero aparte de la banda sonora y la romántica escena final, la verdad es que me pareció poco memorable. 

Meses después, cuando el único recuerdo que me quedaba de la película era la canción de Iron & Wine (Flightless Bird,  American Mouth) en mi móvil, me tropecé con Luna Nueva en la biblioteca.

De entre mis muchas manías con los libros, destacaré una: a menos que vaya en busca de un título determinado o de un autor específico, desconfío de los libros que se ven muy cuidados. Este ejemplar en particular daba pena verlo, no podía estar más maltrecho y por ese motivo me lo llevé a casa…Grave error.

Yo, que tengo a García Márquez en un pedestal, devoro a Paul Auster con gula y tengo una debilidad insana por Vila-Matas, me sorprendí al verme arrastrada, con  vergüenza pero sin remedio, al mundo de fantasía de Stephenie Meyer. Por una vez, los vampiros en lugar de dormir en tenebrosos ataúdes a la luz de cirios chorreantes,  se pasan la noche en vela disfrutando del arte, música y literatura. En lugar de inspirar miedo, provocan pasiones shakesperianas. En lugar de disolverse en cenizas con la luz del sol, centellean. Vamos, que me queda claro que a la Meyer no le va lo gótico.

Twilight no me gusta por sus actores, aunque debo reconocer que Pattinson está como un queso. Tampoco me gusta porque me siento identificada con la trama como suelen decir muchas(¡¿?!)-supongo que es porque los vampiros escaseaban cuando yo iba a la secundaria- y mucho menos con la protagonista- disto mucho de parecerme a esa chica casi albina de aspecto frágil que es Bella-.

Entonces ¿qué tienen esas novelas  que me gustan tanto? Debo admitir que me recuerdan las novelas románticas y cochinas que leía – con fines didácticos, aunque no lo crean- a hurtadillas en el internado de señoritas en que estudié , sólo que en Twilight, lastimosamente, la Meyer deja las partes cochinas para la imaginación, y con la imaginación que tengo yo, realmente no sé qué es peor. Vale, entiendo que hay que preservar las límpidas mentes pubertas del público al que van dirigidas estas historias…y es ahí donde me lío…¿Porqué me siento culpable por disfrutar de la ficción adolescente de Meyer? He llegado al absurdo de tener una cuenta “secreta” en You tube para puntuar y comentar los vídeos relacionados con Twilight, no fueran mis amigos a enterarse de que  tengo hobbies tan perniciosos.

Lo cierto es que ya estoy muy grandecita para esas bajas pasiones y que empecé este post tratando de justificarme a mi misma, para concluir que sencillamente soy una romántica sin remedio, incapaz de resistirme a historias de amor retorcidas e imposibles y entre más retorcidas e imposibles mejor.

Twilight me gusta porque si, y no tengo que justificarme conmigo ni con el mundo, y como dijo Forrest Gump:” …and that’s all I have to say about that”