Limpia la casa Juanita

Solemos desdeñar las tareas domésticas porque, quién prefiere fregar los platos de la cena, a sentarse tranquilamente a disfrutar de los programas del prime time. O quitar las telarañas de esa esquina que se nos resiste, a salir a dar un paseo para disfrutar del escaso sol de la temporada. Pero las tareas domésticas nos ofrecen algo más, o por lo menos es mi caso. No sé ustedes, pero yo, en lo particular, cuando tengo un problema no me siento a pensar cómo resolverlo, ni me acuesto por las noches rumiando el asunto en mi cabeza. Cierto es que lo he intentado, pero admito que el fracaso ha sido inminente. Cuando más pretendo centrar mi atención en algo, más divago. En cambio, es en esos momentos en que me afano sacándole brillo a la grifería del baño, o cuando ordeno la pirámide de libros de mi escritorio, o cuando estoy a punto de acallar el bramido de la aspiradora de un certero tirón, que las ideas de mi cabeza se ordenan y las cosas adquieren una claridad pasmosa.
Si me siento a escribir partiendo de cero, con la simple intención de escribir lo que salga de mi cabeza, lo más probable es que dos horas después siga con la pantalla en blanco porque no he podido hilvanar dos ideas con sentido. Mis historias se gestan mientras tiendo la ropa y el aroma de Ariel (esta publicidad es gratuita) adormece mi olfato, o mientras aliso las sábanas de mi cama por las mañanas. Ponerme a hacer alquimia en la cocina me hace llegar a cotas muy altas de lucidez…que después le toca pagar a mi cintura porque, al fin y al cabo, alguien tiene que comerse las galletas y bizcochos que salen del horno(aunque debo reconocer que Benítez colabora con la causa).
He descubierto que cuando estoy enojada, limpio, así que a las tareas domésticas también debo reconocerles cualidades terapéuticas. El día que lleguen a mi casa y la tenga como una patena, no se vayan a creer que soy una obsesiva de la limpieza (ya quisiera yo); lo más seguro es que alguien me haya hecho rabiar tanto que,  para sacarme la furia del cuerpo y no armar un berrinche, la escoba y el estropajo hayan tenido que hacer horas extras. Lastimosamente no me pasa muy a menudo.
Pero no crean, esos flashes de iluminación son escurridizos; en un abrir y cerrar de ojos me puedo quedar con la sensación de que había un punto al que yo quería llegar y sencillamente no saber cuál era…como ahora.

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Furor otoñal

El final del laberinto by Sae Lin®

Del otoño me gusta respirar el aire frío y ese errático soplo que se cuela en mi ropa y alborota mi pelo. Me fascina el sutil murmullo de las hojas secas y el perfume intenso de las mandarinas; los cielos plomizos, los bucles de nubes lechosas y el sol que calienta pero que no abrasa. Me seducen los árboles desvistiéndose al son de la impúdica danza de las hojas, dormir con calcetines y despertar como una oruga envuelta entre las mantas; pecar de pereza un domingo lluvioso y sumergirme sin culpa en su melancolía; tropezar con el espejo tembloroso de los charcos y saborear distraída una manzana; sentirme cautivada por su luz y por la lluvia murmurando en mi ventana.

PD. La poesía no es lo mío(para muestra un botón). Las rimas no sólo se me resisten sino que me rehúyen despavoridas.
Mi tímida intención era escribir sobre lo mucho que me gusta el otoño(es mi estación favorita) y aunque reescribí el texto una y otra vez, resultó inevitable que me saliera en una imposible y disonante rima, es decir, una burda prosa con ínfulas líricas…Una de dos: o el espíritu errante de un nefasto pero persistente poeta me soplaba al oído, o es que el otoño, por donde lo veas, es simplemente poesía.

Mantas azules

El bulto envuelto en mantas azules dormía en el cunero a los pies de su cama. Por primera vez en ese interminable día estaban solos. No estaba su marido para fingir que se sentía la mujer más afortunada del mundo, no estaba su suegra observándola con  suspicacia, no estaba su hermana  mareándola con sus consejos de madraza experta; ni siquiera estaba la enfermera, que con su mirada perceptiva y recelosa le decía- y de eso estaba segura- que ya había descubierto su secreto.
Con el semblante encogido por el dolor después de 12 horas de labor de parto,  se levantó y se calzó sus zapatillas de piel de conejo. Con pasos inciertos se dirigió al cunero y allí estaba él, durmiendo, totalmente ajeno al ataque de ansiedad que estaba a punto de golpear a su madre.
Apretó los puños con fuerza hasta hacerse daño al comprender que los peores miedos  que había mantenido en la sombra durante el embarazo se volvían realidad, y la realidad era que no sentía nada por ese niño. Nada.
Recordó el alivio que sintió su cuerpo cuando finalmente ese ser extraño y sanguinolento  emergió de sus entrañas. Recordó las arcadas al percibir el olor metálico de su propia sangre y la repugnancia de sentirlo succionando sus pezones con voracidad. Recordó que entonces, al igual que ahora, pugnó por encontrar ese lazo natural, predestinado e inquebrantable  que, se suponía, la debía unir de por vida a esa criatura, pero ni entonces ni ahora pudo encontrarlo. Ese niño se le antojaba igual de extraño que cualquiera que  la rozara por casualidad en un cruce de peatones y se odió por eso.
Contuvo la respiración cuando se percató de que las mantas azules se movían. Un lloriqueo quedo llegó a sus oídos y pensó que su instinto natural de madre la impulsaría a cargarlo, pero como única respuesta, sus brazos yacían laxos e impasibles a sus costados.
Cerró los ojos con fuerza en un intento por contener las lágrimas de culpa que ya le anegaban los ojos. No sentir nada por un ser que has llevado dentro tuyo te convierte, como mínimo, en un monstruo abominable, se culpó.
El lloriqueo ganó intensidad hasta convertirse en un llanto agudo y demandante. Abrió los ojos para descubrir que ahora el bulto se revolvía inquieto. Su cabeza había desaparecido enredada entre las mantas. Era evidente que esas malditas mantas azules lo sofocaban, que lo estaban ahogando.
Obligó a sus miembros a obedecerla con prisa y con toda la delicadeza de que fue capaz lo liberó de la trampa. Sujetándolo torpemente lo acuno en sus brazos y el llanto cesó al instante.
Unos ojos marrones a juego con unos incipientes rizos color chocolate  la observaban con una curiosidad que no creía posible en un recién nacido.
Pensó que, en efecto, eran dos extraños  y como extraños que eran, lo primero era proceder a las presentaciones formales.

-Hola Daniel-le saludó, con el mismo tono que utilizaba con los muchos clientes  que trataba a diario-. Yo soy Lorena, y a partir de hoy seré tu mamá.

Daniel la observó, luego pestañeó y una mueca parecida a una sonrisa le curvó los sonrosados labios. Lorena sonrió a su vez y dejó escapar una nueva oleada de lágrimas al sentir como si algo agradablemente cálido, que sólo podía ser ternura,  le inundaba el pecho.

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El jardinero ¿fiel?

Será porque soy de la vieja escuela pero siempre he creído que a la hora de ligar las mujeres lo teníamos más cuesta arriba que los hombres. Hoy, viendo a uno traicionado por sus palabras tartamudeando frente a mí y conjugando los verbos en tiempos erróneos, me he convencido de que he estado equivocada. Tuve que salir a su rescate terminando las oraciones por él y reprimir una pena casi maternal que me empujaba a darle unas palmaditas en la espalda y a decirle que no se preocupara, que todo iba a estar bien.
El individuo en cuestión es el jardinero del edificio de enfrente. Lleva rondándome dos años y lo más que ha conseguido han sido sonrisas claramente fingidas, malas miradas y respuestas mordaces de mi parte, sin olvidar la oferta de un bastonazo letal por parte de Manola, pero por lo visto hay gente impermeable a las calabazas.
La verdad es que conmigo empezó mal. Quiso llamar mi atención como lo haría la mayoría del colectivo macho-latino, es decir, con piropos y frases hechas:
1.- ¡Adiós guapa! – cada vez que pasaba frente al edificio en que trabaja, que es unas 6 veces al día.
2.-“Qué bonitos ojos tienes”- ¡Pero si llevo gafas y me estás viendo a tres metros de distancia, so bruto!
3.-“¿Cómo te llamas, bonita?”- Se lo hubiese dicho si no hubiera agregado el “bonita”
4.- “¡Adiós preciosa! Que Dios te guarde y me de la llave”- …Bueno, vale, admito que ese no estuvo mal.
Se lo conté a una buena amiga y crueles, como sólo podemos serlo las mujeres, nos reímos un buen rato a su costa, aunque ésta terminó sugiriéndome que le diera una oportunidad. Si es jardinero, debe ser un hombre tierno y delicado, fue su razonamiento, pero por fortuna, antes de que tal idea echara raíces en mi cabeza, descubrí por casualidad que el susodicho está casado y tiene 3 hijos. Típico. Ahí fue cuando Manola le ofreció un bastonazo si no me dejaba en paz y lo hizo con tal virulencia que a partir de ese día, el casanova dejó de esperarme en el portal de su edificio y si por un casual nos encontrábamos, agachaba la cabeza o desviaba la mirada… Hasta ayer que con un shh, shh, shh quiso llamar mi atención desde su portal y yo, sabiendo sin ninguna duda que era él, pretendí no escuchar y empecé a tararear una canción fingiendo llevar mis auriculares a mucho volumen. Aún así, no se dio por vencido y hoy por la mañana me llamó a voces desde el otro extremo de la calle. No quise ser mal educada y me detuve. Quería comentarme una nadería sobre el día de la Hispanidad y se enredó tanto el pobrecito que me embargó una mezcla de vergüenza ajena y simpatía hasta el punto de despedirme de él con una sonrisa. Mal hecho.
-¡Adiós guapa!- escuché hoy por la tarde desde su portal.
La verdad es que las leyes de la atracción son una ciencia ignota.

El placer de miccionar

 Sé que la presente publicación puede herir susceptibilidades, pero no pienso pedir disculpas porque hoy es el día que reivindico el disfrute de los placeres simples de la vida, hoy cotizan al alza la libre elección de cómo, cuándo y dónde, hoy creo firmemente que no necesito peregrinar hasta Santiago para sentir paz en mi interior, un día como hoy comprendo que no es necesario ir a Roma y sumergirme en la Fontana de Trevi para sentir que vivo La Dolce Vita,  hoy vislumbro que la felicidad  puede llegar envuelta en porcelana, porque hoy,  señoras y señores, hoy descubrí el secreto placer de mear, hacer pis, hacer del 1, o hacer aguas menores- ustedes elijan el término que menos hiera sus escrúpulos-.

Me explico:

Sin saber cómo, un chequeo médico de rutina me hizo aterrizar en la sala de Diagnóstico por imágenes del hospital para una ecografía abdomino-pélvica. Las instrucciones previas a dicho escrutinio eran breves y concisas: llegar con la vejiga llena.

Como paciente obediente que soy me presenté una hora antes de lo previsto pertrechada con una garrafa de dos litros de agua de la cual empecé a beber sin sed y con resignación.  Media hora después me pesaba la vejiga y quince minutos más tarde comenzaba a pasearme nerviosamente por los pasillos.

Por una vez en una cita médica mi nombre sonó con puntualidad inglesa y a punto estuve de asaltar a besos a la enfermera.

La técnico se presentó como Susana y con una sonrisa  amable me pidió que me quitara la ropa y me tumbara en la camilla, a la vez que me preguntaba si tenía ganas de hacer pis.

-Muchas, muchas, muchas-contesté por triplicado , pensando ingenuamente que mi contundente respuesta la alertaría de lo mucho que yo quería hacer pis, y hacerlo ya.

Un chico de ojos azules y granos en la cara que había permanecido calladamente sentado en un escritorio se acercó y,  poniéndose unos guantes tan azules como sus ojos,  procedió a untar mi barriga con ese líquido frío y viscoso que se utiliza en estos casos.

Yo creía que era el médico, pero resultó ser un estudiante. No me lo tomen a mal, no estoy en contra de que mi cuerpo sirva para impulsar el aprendizaje de las futuras generaciones , pero la cosa cambia cuando mi vejiga a punto de explotar está de por medio,  ya que debido a su condición de aprendiz, el análisis de cada imagen tomaba el doble o el triple de tiempo, en resumen , una eternidad.

Comenzaron con mi páncreas. Lo midieron, le sacaron fotografías desde tres ángulos diferentes y se explayaron en halagos sobre lo hermoso y definido que se veía en el monitor, hasta el punto que  empezó a arderme la cara de vergüenza. Como comprenderán no estoy acostumbrada a que le lancen piropos a mis vísceras. Otro tanto pasó con mi bazo, mis riñones, y mi vesícula.  Mi hígado, por otra parte, fue el niño feo. Algo indefinido se apreciaba , dijeron, por lo cual debían llamar al médico a que corroborará.

-Falta mucho- pregunté con un hilillo de voz. A estas alturas, sentía mi vejiga del tamaño de un balón de playa, tenía las manos gélidas y un sudor frío me bañaba entera.

-Ya casi acabamos -me contestó la técnico con su imborrable sonrisa-. Sólo nos faltan los ovarios. Por lo que puedo observar de tu vejiga, sé que tienes muchas ganas de hacer pis-agregó, a la vez que me señalaba el monitor, donde pude apreciar una pelota tensa que parecía un eclipse de sol-.  Lo que te voy a hacer ahora es muy desagradable y te vas a acordar de mí y de toda mi familia y yo lo comprenderé, pero es lo último y será rápido.

-Dígame que hay un baño cerca, por favor- le supliqué.

-Esa puerta frente a ti es el baño. Relájate que ya casi acabamos.

Dicho esto, hundió la sonda convexa del ecógrafo en mi vientre y yo ahogué el grito  metiéndome la mano hecha un puño en la boca, no fueran a creer que era yo una de esas pacientes pusilánimes que saltan a la mínima incomodidad. Cinco minutos después, conmigo a punto de dejar de hacerme la valiente y echarme a llorar, mi ovario derecho jugaba al escondite.

No sé que cara tendría yo, pero la técnico le pidió a Tony, el aprendiz,  que fuera a por el médico. Por fortuna el susodicho apareció en ese momento por la puerta y, con una paciencia que me pareció infinita, procedió a repasar las imágenes de mis vísceras mágicamente congeladas en el monitor.

-Tiene unos pequeños quistes en el hígado-me dijo- pero eso es normal. La mayoría los tenemos. Su ovario derecho, por otro lado, no se ve por ningún lado. ¿Está usted segura que siempre lo ha tenido?

-A menos que se me  haya escapado sin darme cuenta, la última vez que chequeé estaba ahí- contesté , con la más falsa de mis sonrisas.

– Bueno, ya no busquemos más. Ya puede ir al …

No lo dejé acabar la frase. Con los pantalones por las rodillas me tiré de la camilla y sin detenerme a ponerme los zapatos me lancé rumbo a la puerta del baño.

Sentada en esa diosa de porcelana el mundo se me reveló como un lugar hermoso donde, aunque todo se desplomara a mi alrededor, nada más importaba. Mi vejiga era una fuente inagotable y por casi cinco minutos, con los ojos entornados y una sonrisa idiota, fui la mujer más feliz del mundo.

 

PD. Si ven un ovario sin dueño por ahí, háganmelo saber por este medio. Se agradecerá.

Muerte por pirueta propia

La comidilla del barrio es la muerte de la vecina del segundo piso, mujer de sonrisa tímida y cantarina voz  de soprano con la que intercambié más de alguna vez algún buenos días.

Escuchar sirenas no es ninguna novedad, la novedad es cuando las sirenas suenan al pie de mi balcón y, ante esa situación, no asomar la nariz por la ventana no es una opción.

Lo que vi por la ventana, al sucumbir a mi curiosidad, poco me ayudó para enterarme de lo sucedido. Los curiosos rodeaban el lugar a pesar de los gritos de despejen el área de la policía, pero lo que realmente llamó mi atención fue el número de personas que rodeaban a la vecina del cuarto piso que lloraba desconsolada negando enérgicamente con la cabeza y llevándose las manos al rostro. Supuse, como es lógico, que lo que ocurría estaba relacionado con ella y, por su manera de llorar, con algún familiar, por lo que no pude evitar sentir vergüenza de estar espiando a hurtadillas las penas ajenas y me obligué a retirarme de la ventana.

Al bajar por la mañana a hacer mi compra cotidiana, mi asombro fue que a lo largo de la calle se formaban corrillos que debatían animadamente sobre el asunto, y hasta en la cola del supermercado no se hablaba de otra cosa que del suicidio de la vecina del segundo en casa de la vecina del cuarto.

Esta es la historia que pude reconstruir a partir de lo que escuche:

La del segundo y el cuarto no son amigas pero se conocen desde hace muchos años.

La del segundo es una ama de casa viuda, relativamente joven que vive sola. Tiene dos hijos, dos nietos y otro más que viene en camino. Sus hijos son muy cariñosos y la visitan cada fin de semana. Es una mujer saludable, de conversación amena  que nunca ha tenido problema alguno con los vecinos.

La del cuarto también es viuda y vive sola. Su afición es coleccionar y cultivar bonsáis, plantas éstas que son su orgullo y que cuida con mucho mimo.

De repente un día y sin previo aviso la del segundo llama a la puerta de la del cuarto y ante el asombro de esta última, la primera le dice que le han hablado de su colección de bonsáis y que le gustaría verlos, que si no es molestia, que se los muestre.

La otra no ve nada extraño en eso y le permite pasar.

La del segundo se toma su tiempo y con paciente y aparentemente sincera curiosidad le pregunta por los nombres de los ejemplares, la interroga sobre cómo descubrió su pasión por tan rara actividad, elogia algunas de estas miniaturas que están en flor, con lo cual la del cuarto se va sintiendo más a gusto y más relajada ante la inesperada visita. Por cortesía le ofrece un café, pero la del segundo declina la invitación a menos que tenga té , le dice.

 La otra le ofrece una manzanilla a lo que la del segundo asiente.

La dueña de casa se dirige a la cocina y está ausente dos minutos exactos, lo que tarda el agua en hacer ebullición en el microondas. Vuelve con una bandeja de pastas y la infusión servida en su mejor vajilla para descubrir que su visita ya no está. No ha escuchado la puerta, así que no es posible que se haya marchado. Supone que debe estar en el cuarto de baño y mientras acomoda la bandeja en la mesa del salón unos gritos procedente de la calle llaman su atención. Se asoma a la terraza y  con espanto descubre  a su visita desmadejada sobre la hierba del jardín.

Nadie se explica cómo, nadie entiende por qué y la del cuarto menos que ninguno.

¿Será que ya no está aquí?

Por soporíferos que puedan llegar a ser me obligo a ver los noticieros todos los días por dos motivos:

 1.- Me mantienen vagamente informada de lo que pasa en el mundo.

 2.- Me hacen ubicarme en el tiempo, si no,  es posible que no sabría ni en qué día de la semana estoy.

El buffet de noticias es limitado y el menú varía muy poco de un día para otro, incluso de un mes a otro.

“Zapatero, dimisión” es el grito de guerra de la Derecha día sí y día también; las víctimas mortales de los hombres que no aman a las mujeres asciende a 45 ó 46 en lo que va de año según el noticiero que se mire; la naturaleza  toma venganza con un terremoto por aquí, una mortal inundación por allá  y en Oriente todos los días-léase de nuevo- todos los días explota, como mínimo, una bomba.

Son bombas que explotan en lugares que se me antojan lejanos y por discordias  fuera de mi comprensión.  Deduzco que desde el cómodo sillón de casa  es totalmente inverosímil que a alguien se le ocurra poner un coche bomba en la entrada principal de un mercado  por una simple diferencia ideológica o religiosa.

 Al ver las imágenes de la tragedia, no importa si ésta tuvo lugar en Bagdad, Pakistán, Afganistán o,  en el caso que me ocupa hoy, Osetia ,  da la impresión de estar viendo la  misma noticia una y otra vez . Siempre es el mismo paisaje bélico de vehículos y edificios destrozados, de cuerpos mutilados,  de miembros desperdigados, de desolación, de sangre y de muerte. Da pena ver la muda chispa de esperanza en los ojos  de los que buscan entre los escombros a sus seres queridos deseando no encontrar o escuchar los gritos de dolor y de impotencia de los que se rasgan las ropas en señal de duelo; da rabia ser espectador del horror manifiesto en los rostros de los que tuvieron la suerte o la desgracia de sobrevivir al espanto, con lesiones que les marcarán el cuerpo y el alma para siempre… Todavía no sé si soy una optimista disfrazada o una pesimista infiltrada, por la misma razón que todavía no sé si mi vaso está medio lleno o medio vacío, pero realmente dudo que esta situación tenga algún día, por muy lejano que sea, un final feliz. Presumo que como en la canción de John Lennon, lo único que podemos hacer es imaginarlo.

Se me viene a la mente una deprimente frase de Leonardo DiCaprio en Blood Diamonds:

  “A veces me pregunto si Dios perdonará algún día el daño que nos hacemos los unos a los otros . Luego me doy cuenta que Dios abandonó este sitio hace muchos años…”

Adiós, veranito adiós

El fin del verano es como el fin de año, es decir, nos da por hacer balance y proponernos metas jurando solemnemente que las cumpliremos; los que empiezan un nuevo curso se prometen que esta vez si estudiarán y no se irán de juerga entre semana; los que empiezan un nuevo trabajo, se juran que esta vez si serán responsables, cumplirán los horarios y tampoco se irán de juerga entre semana; los que han mandado la dieta al carajo-como yo-se prometen mandar al carajo los helados y, por lo menos intentar, descubrir el secreto encanto de la berenjena; los ilusos románticos que han encontrado pareja en la playa, se juran mantener viva la llama del amor así sea por medios desesperados como el messenger o Skype; los que se lamentan por sus excesos etílicos, se prometen que será la última vez; los que se reconcomen de la envidia por los excesos ajenos, se prometen que el próximo verano serán ellos los que despertarán con la peor resaca de su vida entre los muslos de una desconocida y despampanante rubia o, en el caso de las chicas, en los brazos de un bombón con acento extranjero, y así puedo seguir y seguir enumerando los tópicos típicos de la temporada, pero la verdad es que estoy con el Dr. House: el hombre no cambia y me darán la razón el próximo verano cuando nos encontremos indefectiblemente haciendo las mismas promesas con la misma falsa convicción.
Se acaba el verano, sí, y con él mis vacaciones y las de muchos. No me puedo quejar, me lo he pasado bien. He viajado, he conocido lugares nuevos y he tomado fotos, muchas fotos, para que sean testigos y guardianes de estos recuerdos que, a pesar de ser tan frescos, ya empiezan a diluirse de mi memoria.
No me lamentaré porque Don Verano se acabe ya que sinceramente- y sé que muchos me odiarán por decir esto- estoy deseando que venga el otoño; quiero dormir escuchando la lluvia golpeando mi ventana, sentir el crujir de las hojas secas bajo mis pies, maldecir el viento rebelde que alborota mi pelo, disfrutar tomando una taza de chocolate caliente, dormir con calcetines, y añorar volver al nido cálido de mi cama cuando, por las mañanas, me dirijo somnolienta al cuarto de baño.
Tampoco me lamentaré por volver al trabajo. Como siempre digo, en los tiempos que corren es bueno saber que se tiene un trabajo al cual volver y para ser honesta, hasta de las vacaciones se cansa una.

Sueño de una noche de verano

La Marie (Marc Chagall)

Un verano rabioso nos está diciendo adiós y quiere cerrar agosto con broche de oro. Los meteorólogos nos intimidan con que este fin de semana viviremos la peor ola de calor que se ha vivido en años y nos amenazan con que debido a la humedad tendremos una sensación térmica que rozará los 50ºC; en una frase: ¡Estoy acojonada!…Yo me pregunto, ¿habrá algo más delicioso que despertarse sediento en mitad de una noche de verano y levantarse a beber agua fresca de la nevera?( Mientras escribo esto se me acaban de ocurrir un par de cosas, pero tampoco se trata de hacer este blog “Rated R”).

En fin, que por motivo de una cita con el médico me tocaba madrugar, así que  me fui a la cama temprano. Bien me hubiese ahorrado el esfuerzo porque a Morfeo no se le ocurrió aparecer sino hasta la hora que, por motivo de las vacaciones, tenemos pactada, es decir, alrededor de las 3:00AM. Ese es otro que mejor se hubiera ahorrado el viaje porque más que dormir me debatí en un duermevela agitado, caluroso y casi asfixiante; uno de esos sueños en los que te levantas más cansado aún de lo que te acostaste.

Mi cuerpo sentía tanta necesidad de agua que soñaba con ella. Las imágenes de mis pies sumergidos en las aguas frescas de una laguna perdida en alguna montaña extremadamente verde de mis subconsciente, se mezclaban con los recuerdos conscientes de una guerra de botes de ketchup vacios convertidos en improvisadas pistolas de agua que libré una vez hace muchos, muchos veranos, para luego volver a hundirme en un sueño inquieto donde sentía manar un río caudaloso desde el mero centro de mi pecho.
Dicen los expertos que los sueños son el desahogo del subconsciente, la manera natural que tiene la mente de purgar los fantasmas escurridizos que la acechan, y curiosamente mis sueños tienen la consistencia etérea de los espectros. Los míos son, por ejemplo, como una pintura de Chagall, con imágenes concretas pero brumosas e inconexas, donde es perfectamente probable encontrarme una cabra tocando el chelo junto a una novia vestida de rojo, mientras ambos parecen levitar en una noche azul.

Finalmente me desperté casi al alba con el pijama húmedo de sudor y la lengua pastosa por la sed. Con los pies descalzos y sin encender la luz adiviné el camino a la nevera dejándome guiar por el ronroneo lastimero del viejo trasto. A tientas, porque la bombilla del cacharro enciende cuando le da la gana, cogí la primera botella de agua que encontré y me la empiné vaciándola en el acto; estaba tan fría que me quedó en el pecho la sensación del río caudaloso de mi sueño.

Me volví a la cama resignada a pasar el resto de la noche en vela, pero curiosamente me dormí en el acto y empecé a soñar otra vez. Esta vez discutía con alguien por la manera correcta de escribir difícilmente. Yo insistía una y otra vez que el acento de la í era innecesario y, con toda razón, mi adversario no se cansaba de repetirme que yo estaba equivocada mientras me daba la misma cátedra de ortografía que alguna vez le impartí a mis alumnos. Me desperté un minuto antes de que sonará el despertador, cuando en mis sueño pude comprender que había estado equivocada. Supongo que a mi subconsciente no le dio la gana darle el gusto a mi adversario de ver mi cara de derrota, pero a la vez creo que fue la manera sutil y premonitoria de mi subconsciente de notificarme que difícilmente iba a llegar a mi cita médica; me confundí con el horario del autobús y no llegué a tiempo…¡Vaya mierda de noche!

Dos insípidas comas

Agosto no está siendo lo productivo que yo esperaba. Se suponía que me iba a pasar los días con sus noches escribiendo sin parar hasta que se me partiera la espalda, me salieran ampollas en las yemas de los dedos y me sangraran los ojos si era preciso, y heme aquí procrastinando(palabra muy fea, pero muy acertada) una y otra vez.

Mi problema no es quedarme en blanco; mi problema es el torrente de pensamientos que hacen conexión en mi cabeza al unísono sin detenerse nunca, lo cual me impide centrarme en una cosa en específico y así me encuentro que cuando he tronado mis dedos frente al ordenador decidida a tirar de un hilo de mi historia, empiezo a tararear una canción, me distrae el chillido de un niño por la calle, me hipnotizan las motas de polvo suspendidas en el aire o la imprevista cortina de lluvia que pasa frente a mi ventana inundándolo todo con ese delicioso olor a tierra mojada que de súbito me envía a miles de kilómetros de aquí, y de repente descubro que han pasado dos horas y que lejos de escribir algo nuevo, me he limitado a borrar dos comas de mi antiguo texto.

Me levanto y preparo café segura de que a mi cerebro le vendrá bien un chute de cafeína, y mientras espero el borboteo de la cafetera apoyada en la encimera, me muerdo las uñas y recuerdo las pupilas dilatadas de Benítez  disfrutando como un enano en la quema de fuegos artificiales de ayer y me sonrío. Distraída me paso la mano por el cuello y me doy cuenta de que me duele la espalda y las posaderas, dolores inútiles ambos porque no he producido nada, sólo he quitado dos antiguas e insípidas comas.

Mientras sorbo mi café con desgana todavía de pie apoyada en la encimera, me invade una sensación de fracaso, pero lejos de hundirme en ella como suelo hacer, me dirijo al ordenador de nuevo con paso firme y decidido, tomo posición, empiezo a teclear y hasta puedo sentir el regusto de la rabia en mi lengua. La siguiente hora el mundo a mi alrededor se desvanece y soy productiva, hasta que cometo la torpeza de detenerme a pensar si poner o no una maldita coma. Error. Inmediatamente me desconecto y me descubro tratando de rimar un viejo poema de Buesa que me aprendí en el colegio. La memoria ya no es lo que era, pero San Google bendito que nunca me falla me ayuda a encontrarlo:

Mi corazón, un día, tuvo un ansia suprema,

que aún hoy lo embriaga cual lo embriagara ayer;

Quería aprisionar un alma en un poema,

y que viviera siempre… Pero no pudo ser.

Mi corazón, un día, silenció su latido,

y en plena lozanía se sintió envejecer;

Quiso amar un recuerdo más fuerte que el olvido

y morir recordando… Pero no pudo ser.

Cuando me aburro de repetirlo una y otra vez, con un suspiro me declaro vencida por la procrastinación. Me limito a leer lo escrito desde el principio y con toda la humildad de la que soy capaz, devuelvo mis antiguas e insípidas comas a su lugar original mientras mi estómago me avisa que es hora de comer.