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Ser hondureña ¿un defecto?

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Soy hondureña y por lo tanto latina con todo lo que eso conlleva. Soy mitad de pueblo, mitad costeña y criada en la ciudad. Por mis venas corre sangre india, negra y europea. Mi padre fue un proletario desde sus orígenes y mi madre es hija de un comerciante burgués venido a menos por azares de la vida. Mi infancia fue muy pobre, mi adolescencia un barco sin timón y mi juventud un empezar desde cero. Está claro que esos son mis antecedentes genético-socio-culturales, pero no son ellos lo que definen lo que soy como ser humano, que es lo que a la larga de verdad importa.
No puedo renegar de mis antecedentes. Ellos me han hecho la persona que soy hoy y de la cual me siento muy orgullosa. Renegar de mis ascendencia india es renegar de la herencia genética de mi abuela que fue el ser más luminoso que he conocido. Negar mis rasgos negros es una idiotez, están a la vista. Ocultar mi humilde origen latino es querer borrar mi pasado, y si no tienes claro de dónde vienes ¿cómo vas a saber hacia dónde vas?
El valor que tienes como ser humano no lo definen los masters que tienes, los viajes que has hecho, lo gordo de tu cuenta corriente o la gente que conoces; tus valores se reflejan en lo que compartes de ti mismo y en la gente que te rodea no por ser quién eres, sino por ser cómo eres.
Todo esto viene a cuento a raíz del comentario desafortunado de una amiga. Su comentario me hizo pensar que ella percibía el hecho de ser hondureña como un defecto, y que por mis antecedentes yo no estaba a la altura de compartir mesa con cierto personaje que viene de visita a la ciudad. Valga aclarar que se ha disculpado de todas las maneras posibles(al final no somos responsables de lo que los demás interpretan), pero lejos de enfadarme, sus palabras me hicieron darme cuenta que he llegado a un punto en mi vida en que quiero estar rodeada de gente genuina, sin dobleces , y que dar explicaciones de quién soy y porqué soy así me da una infinita pereza.
Y como dijo Forrest Gump “…and that’s all I have to say about that.”

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Mentiras y gordas

Mi cínico favorito de la televisión, el Dr. House, parte de una premisa básica para diagnosticar a sus pacientes sin importar edad, raza, credo, ideología política o, incluso, grado de consanguinidad: Todo el mundo miente, esa es la simple constante del género humano. La variable, ya no tan simple, de la ecuación sería sobre qué miente.
Nos enseñan desde pequeños que mentir es malo y  tradicionalmente nos educaban con el método del pecado y penitencia, es decir, sabiendo que cada cosa mala que hacemos merece un castigo.
Los que profesan la doctrina cristiana estarán de acuerdo conmigo en que las leyes divinas no distinguen entre pecados grandes y pequeños. Tan condenable es robar, matar y codiciar el bien ajeno, como lo es mentir. Sin embargo, al margen de las leyes divinas, la humanidad tiene sus propios estándares, y, aunque los tres primeros sean más o menos condenables, mentir, en algunos casos, hasta se considera políticamente correcto.
Lo que muchos no se han detenido a pensar es que las mentiras tienen su propia ley natural y ésta reza así: No importa cuánto las maquilles, dónde las escondas, cuan profundo las sepultes, las mentiras que salen de tu boca, más tarde o más temprano y de forma inevitable, se te darán la vuelta y te morderán el culo.
En fin, que podemos tener razones más o menos válidas para engañar a los demás (allá cada quien con su conciencia), pero lo realmente retorcido es cuando nos mentimos a nosotros mismos, y en eso, déjenme decirles, los gordos nos llevamos la palma.
No estoy gorda, es que tengo huesos grandes ¿les suena? O, no es que esté gorda, es que retengo líquidos. ¡Ja!
Recuerdo la última vez que bajar de peso estuvo en mi lista de propósitos de año nuevo; era diciembre y mi amiga O y yo estábamos degustando un típico plato navideño, sí, uno de esos cuya etiqueta nitricional pondría: chorrocientas calorías por cada 100 gramos. A la vez, hablábamos de lo rotundas que nos habíamos puesto y trazábamos planes, entre un bocado y otro, para poner remedio al asunto, eso sí, en cuanto acabaran los festejos. Entre plática y bocado hicimos un alto y en ese momento tuve una visión profética: mirémonos bien, le dije, porque nunca más nos volveremos a ver así. Tan profética fue mi visión que para la navidad siguiente, entre las dos le habíamos agregado unos 20 kilos más a nuestros huesos.
Muy a mi pesar me declaré caso perdido y no volví a poner adelgazar en mi lista de objetivos de año nuevo, hasta ahora. Valga aclarar que la idea partió de una amiga al otro lado del mundo. Ella, que siempre ha sido más bien delgaducha, de repente se encontró con que había subido varias tallas y ha decidido ponerle un alto al asunto con dieta y gimnasio incluido. Yo, de envidiosa, le propuse hacerlo juntas, pero a la distancia. Mis kilos contra sus libras. Pero esta vez de verdad, sin auto engaños.
Para que vean que voy en serio, empezaré confesando que quiero hacer esto por pura y simple vanidad, así que me ahorraré el discurso-cliché de quiero adelgazar por salud. Mi último chequeo médico me afirma que estoy como una rosa y ya puestos a ser honestos, lo que verdaderamente me mueve es la imagen de un vestido ibicenco de hombros descubiertos deslizándose grácilmente por mis piernas mientras camino con aire despreocupado por Madrid una calurosa tarde de verano. ¡Se puede ser más frívola!
Como dije antes, me educaron creyendo que todo pecado merece su penitencia, y por lo tanto toda redención, su recompensa. Ese vestido será mi premio si no olvido que las dieta también tiene su propia ley natural: No importa cuánto te engañes, esas calorías de más, tarde o temprano e inevitablemente se te notan en el culo.

Limpia la casa Juanita

Solemos desdeñar las tareas domésticas porque, quién prefiere fregar los platos de la cena, a sentarse tranquilamente a disfrutar de los programas del prime time. O quitar las telarañas de esa esquina que se nos resiste, a salir a dar un paseo para disfrutar del escaso sol de la temporada. Pero las tareas domésticas nos ofrecen algo más, o por lo menos es mi caso. No sé ustedes, pero yo, en lo particular, cuando tengo un problema no me siento a pensar cómo resolverlo, ni me acuesto por las noches rumiando el asunto en mi cabeza. Cierto es que lo he intentado, pero admito que el fracaso ha sido inminente. Cuando más pretendo centrar mi atención en algo, más divago. En cambio, es en esos momentos en que me afano sacándole brillo a la grifería del baño, o cuando ordeno la pirámide de libros de mi escritorio, o cuando estoy a punto de acallar el bramido de la aspiradora de un certero tirón, que las ideas de mi cabeza se ordenan y las cosas adquieren una claridad pasmosa.
Si me siento a escribir partiendo de cero, con la simple intención de escribir lo que salga de mi cabeza, lo más probable es que dos horas después siga con la pantalla en blanco porque no he podido hilvanar dos ideas con sentido. Mis historias se gestan mientras tiendo la ropa y el aroma de Ariel (esta publicidad es gratuita) adormece mi olfato, o mientras aliso las sábanas de mi cama por las mañanas. Ponerme a hacer alquimia en la cocina me hace llegar a cotas muy altas de lucidez…que después le toca pagar a mi cintura porque, al fin y al cabo, alguien tiene que comerse las galletas y bizcochos que salen del horno(aunque debo reconocer que Benítez colabora con la causa).
He descubierto que cuando estoy enojada, limpio, así que a las tareas domésticas también debo reconocerles cualidades terapéuticas. El día que lleguen a mi casa y la tenga como una patena, no se vayan a creer que soy una obsesiva de la limpieza (ya quisiera yo); lo más seguro es que alguien me haya hecho rabiar tanto que,  para sacarme la furia del cuerpo y no armar un berrinche, la escoba y el estropajo hayan tenido que hacer horas extras. Lastimosamente no me pasa muy a menudo.
Pero no crean, esos flashes de iluminación son escurridizos; en un abrir y cerrar de ojos me puedo quedar con la sensación de que había un punto al que yo quería llegar y sencillamente no saber cuál era…como ahora.

Publicado con WordPress para BlackBerry.
 

 

 

El jardinero ¿fiel?

Será porque soy de la vieja escuela pero siempre he creído que a la hora de ligar las mujeres lo teníamos más cuesta arriba que los hombres. Hoy, viendo a uno traicionado por sus palabras tartamudeando frente a mí y conjugando los verbos en tiempos erróneos, me he convencido de que he estado equivocada. Tuve que salir a su rescate terminando las oraciones por él y reprimir una pena casi maternal que me empujaba a darle unas palmaditas en la espalda y a decirle que no se preocupara, que todo iba a estar bien.
El individuo en cuestión es el jardinero del edificio de enfrente. Lleva rondándome dos años y lo más que ha conseguido han sido sonrisas claramente fingidas, malas miradas y respuestas mordaces de mi parte, sin olvidar la oferta de un bastonazo letal por parte de Manola, pero por lo visto hay gente impermeable a las calabazas.
La verdad es que conmigo empezó mal. Quiso llamar mi atención como lo haría la mayoría del colectivo macho-latino, es decir, con piropos y frases hechas:
1.- ¡Adiós guapa! – cada vez que pasaba frente al edificio en que trabaja, que es unas 6 veces al día.
2.-“Qué bonitos ojos tienes”- ¡Pero si llevo gafas y me estás viendo a tres metros de distancia, so bruto!
3.-“¿Cómo te llamas, bonita?”- Se lo hubiese dicho si no hubiera agregado el “bonita”
4.- “¡Adiós preciosa! Que Dios te guarde y me de la llave”- …Bueno, vale, admito que ese no estuvo mal.
Se lo conté a una buena amiga y crueles, como sólo podemos serlo las mujeres, nos reímos un buen rato a su costa, aunque ésta terminó sugiriéndome que le diera una oportunidad. Si es jardinero, debe ser un hombre tierno y delicado, fue su razonamiento, pero por fortuna, antes de que tal idea echara raíces en mi cabeza, descubrí por casualidad que el susodicho está casado y tiene 3 hijos. Típico. Ahí fue cuando Manola le ofreció un bastonazo si no me dejaba en paz y lo hizo con tal virulencia que a partir de ese día, el casanova dejó de esperarme en el portal de su edificio y si por un casual nos encontrábamos, agachaba la cabeza o desviaba la mirada… Hasta ayer que con un shh, shh, shh quiso llamar mi atención desde su portal y yo, sabiendo sin ninguna duda que era él, pretendí no escuchar y empecé a tararear una canción fingiendo llevar mis auriculares a mucho volumen. Aún así, no se dio por vencido y hoy por la mañana me llamó a voces desde el otro extremo de la calle. No quise ser mal educada y me detuve. Quería comentarme una nadería sobre el día de la Hispanidad y se enredó tanto el pobrecito que me embargó una mezcla de vergüenza ajena y simpatía hasta el punto de despedirme de él con una sonrisa. Mal hecho.
-¡Adiós guapa!- escuché hoy por la tarde desde su portal.
La verdad es que las leyes de la atracción son una ciencia ignota.

El placer de miccionar

 Sé que la presente publicación puede herir susceptibilidades, pero no pienso pedir disculpas porque hoy es el día que reivindico el disfrute de los placeres simples de la vida, hoy cotizan al alza la libre elección de cómo, cuándo y dónde, hoy creo firmemente que no necesito peregrinar hasta Santiago para sentir paz en mi interior, un día como hoy comprendo que no es necesario ir a Roma y sumergirme en la Fontana de Trevi para sentir que vivo La Dolce Vita,  hoy vislumbro que la felicidad  puede llegar envuelta en porcelana, porque hoy,  señoras y señores, hoy descubrí el secreto placer de mear, hacer pis, hacer del 1, o hacer aguas menores- ustedes elijan el término que menos hiera sus escrúpulos-.

Me explico:

Sin saber cómo, un chequeo médico de rutina me hizo aterrizar en la sala de Diagnóstico por imágenes del hospital para una ecografía abdomino-pélvica. Las instrucciones previas a dicho escrutinio eran breves y concisas: llegar con la vejiga llena.

Como paciente obediente que soy me presenté una hora antes de lo previsto pertrechada con una garrafa de dos litros de agua de la cual empecé a beber sin sed y con resignación.  Media hora después me pesaba la vejiga y quince minutos más tarde comenzaba a pasearme nerviosamente por los pasillos.

Por una vez en una cita médica mi nombre sonó con puntualidad inglesa y a punto estuve de asaltar a besos a la enfermera.

La técnico se presentó como Susana y con una sonrisa  amable me pidió que me quitara la ropa y me tumbara en la camilla, a la vez que me preguntaba si tenía ganas de hacer pis.

-Muchas, muchas, muchas-contesté por triplicado , pensando ingenuamente que mi contundente respuesta la alertaría de lo mucho que yo quería hacer pis, y hacerlo ya.

Un chico de ojos azules y granos en la cara que había permanecido calladamente sentado en un escritorio se acercó y,  poniéndose unos guantes tan azules como sus ojos,  procedió a untar mi barriga con ese líquido frío y viscoso que se utiliza en estos casos.

Yo creía que era el médico, pero resultó ser un estudiante. No me lo tomen a mal, no estoy en contra de que mi cuerpo sirva para impulsar el aprendizaje de las futuras generaciones , pero la cosa cambia cuando mi vejiga a punto de explotar está de por medio,  ya que debido a su condición de aprendiz, el análisis de cada imagen tomaba el doble o el triple de tiempo, en resumen , una eternidad.

Comenzaron con mi páncreas. Lo midieron, le sacaron fotografías desde tres ángulos diferentes y se explayaron en halagos sobre lo hermoso y definido que se veía en el monitor, hasta el punto que  empezó a arderme la cara de vergüenza. Como comprenderán no estoy acostumbrada a que le lancen piropos a mis vísceras. Otro tanto pasó con mi bazo, mis riñones, y mi vesícula.  Mi hígado, por otra parte, fue el niño feo. Algo indefinido se apreciaba , dijeron, por lo cual debían llamar al médico a que corroborará.

-Falta mucho- pregunté con un hilillo de voz. A estas alturas, sentía mi vejiga del tamaño de un balón de playa, tenía las manos gélidas y un sudor frío me bañaba entera.

-Ya casi acabamos -me contestó la técnico con su imborrable sonrisa-. Sólo nos faltan los ovarios. Por lo que puedo observar de tu vejiga, sé que tienes muchas ganas de hacer pis-agregó, a la vez que me señalaba el monitor, donde pude apreciar una pelota tensa que parecía un eclipse de sol-.  Lo que te voy a hacer ahora es muy desagradable y te vas a acordar de mí y de toda mi familia y yo lo comprenderé, pero es lo último y será rápido.

-Dígame que hay un baño cerca, por favor- le supliqué.

-Esa puerta frente a ti es el baño. Relájate que ya casi acabamos.

Dicho esto, hundió la sonda convexa del ecógrafo en mi vientre y yo ahogué el grito  metiéndome la mano hecha un puño en la boca, no fueran a creer que era yo una de esas pacientes pusilánimes que saltan a la mínima incomodidad. Cinco minutos después, conmigo a punto de dejar de hacerme la valiente y echarme a llorar, mi ovario derecho jugaba al escondite.

No sé que cara tendría yo, pero la técnico le pidió a Tony, el aprendiz,  que fuera a por el médico. Por fortuna el susodicho apareció en ese momento por la puerta y, con una paciencia que me pareció infinita, procedió a repasar las imágenes de mis vísceras mágicamente congeladas en el monitor.

-Tiene unos pequeños quistes en el hígado-me dijo- pero eso es normal. La mayoría los tenemos. Su ovario derecho, por otro lado, no se ve por ningún lado. ¿Está usted segura que siempre lo ha tenido?

-A menos que se me  haya escapado sin darme cuenta, la última vez que chequeé estaba ahí- contesté , con la más falsa de mis sonrisas.

– Bueno, ya no busquemos más. Ya puede ir al …

No lo dejé acabar la frase. Con los pantalones por las rodillas me tiré de la camilla y sin detenerme a ponerme los zapatos me lancé rumbo a la puerta del baño.

Sentada en esa diosa de porcelana el mundo se me reveló como un lugar hermoso donde, aunque todo se desplomara a mi alrededor, nada más importaba. Mi vejiga era una fuente inagotable y por casi cinco minutos, con los ojos entornados y una sonrisa idiota, fui la mujer más feliz del mundo.

 

PD. Si ven un ovario sin dueño por ahí, háganmelo saber por este medio. Se agradecerá.

Muerte por pirueta propia

La comidilla del barrio es la muerte de la vecina del segundo piso, mujer de sonrisa tímida y cantarina voz  de soprano con la que intercambié más de alguna vez algún buenos días.

Escuchar sirenas no es ninguna novedad, la novedad es cuando las sirenas suenan al pie de mi balcón y, ante esa situación, no asomar la nariz por la ventana no es una opción.

Lo que vi por la ventana, al sucumbir a mi curiosidad, poco me ayudó para enterarme de lo sucedido. Los curiosos rodeaban el lugar a pesar de los gritos de despejen el área de la policía, pero lo que realmente llamó mi atención fue el número de personas que rodeaban a la vecina del cuarto piso que lloraba desconsolada negando enérgicamente con la cabeza y llevándose las manos al rostro. Supuse, como es lógico, que lo que ocurría estaba relacionado con ella y, por su manera de llorar, con algún familiar, por lo que no pude evitar sentir vergüenza de estar espiando a hurtadillas las penas ajenas y me obligué a retirarme de la ventana.

Al bajar por la mañana a hacer mi compra cotidiana, mi asombro fue que a lo largo de la calle se formaban corrillos que debatían animadamente sobre el asunto, y hasta en la cola del supermercado no se hablaba de otra cosa que del suicidio de la vecina del segundo en casa de la vecina del cuarto.

Esta es la historia que pude reconstruir a partir de lo que escuche:

La del segundo y el cuarto no son amigas pero se conocen desde hace muchos años.

La del segundo es una ama de casa viuda, relativamente joven que vive sola. Tiene dos hijos, dos nietos y otro más que viene en camino. Sus hijos son muy cariñosos y la visitan cada fin de semana. Es una mujer saludable, de conversación amena  que nunca ha tenido problema alguno con los vecinos.

La del cuarto también es viuda y vive sola. Su afición es coleccionar y cultivar bonsáis, plantas éstas que son su orgullo y que cuida con mucho mimo.

De repente un día y sin previo aviso la del segundo llama a la puerta de la del cuarto y ante el asombro de esta última, la primera le dice que le han hablado de su colección de bonsáis y que le gustaría verlos, que si no es molestia, que se los muestre.

La otra no ve nada extraño en eso y le permite pasar.

La del segundo se toma su tiempo y con paciente y aparentemente sincera curiosidad le pregunta por los nombres de los ejemplares, la interroga sobre cómo descubrió su pasión por tan rara actividad, elogia algunas de estas miniaturas que están en flor, con lo cual la del cuarto se va sintiendo más a gusto y más relajada ante la inesperada visita. Por cortesía le ofrece un café, pero la del segundo declina la invitación a menos que tenga té , le dice.

 La otra le ofrece una manzanilla a lo que la del segundo asiente.

La dueña de casa se dirige a la cocina y está ausente dos minutos exactos, lo que tarda el agua en hacer ebullición en el microondas. Vuelve con una bandeja de pastas y la infusión servida en su mejor vajilla para descubrir que su visita ya no está. No ha escuchado la puerta, así que no es posible que se haya marchado. Supone que debe estar en el cuarto de baño y mientras acomoda la bandeja en la mesa del salón unos gritos procedente de la calle llaman su atención. Se asoma a la terraza y  con espanto descubre  a su visita desmadejada sobre la hierba del jardín.

Nadie se explica cómo, nadie entiende por qué y la del cuarto menos que ninguno.

Adiós, veranito adiós

El fin del verano es como el fin de año, es decir, nos da por hacer balance y proponernos metas jurando solemnemente que las cumpliremos; los que empiezan un nuevo curso se prometen que esta vez si estudiarán y no se irán de juerga entre semana; los que empiezan un nuevo trabajo, se juran que esta vez si serán responsables, cumplirán los horarios y tampoco se irán de juerga entre semana; los que han mandado la dieta al carajo-como yo-se prometen mandar al carajo los helados y, por lo menos intentar, descubrir el secreto encanto de la berenjena; los ilusos románticos que han encontrado pareja en la playa, se juran mantener viva la llama del amor así sea por medios desesperados como el messenger o Skype; los que se lamentan por sus excesos etílicos, se prometen que será la última vez; los que se reconcomen de la envidia por los excesos ajenos, se prometen que el próximo verano serán ellos los que despertarán con la peor resaca de su vida entre los muslos de una desconocida y despampanante rubia o, en el caso de las chicas, en los brazos de un bombón con acento extranjero, y así puedo seguir y seguir enumerando los tópicos típicos de la temporada, pero la verdad es que estoy con el Dr. House: el hombre no cambia y me darán la razón el próximo verano cuando nos encontremos indefectiblemente haciendo las mismas promesas con la misma falsa convicción.
Se acaba el verano, sí, y con él mis vacaciones y las de muchos. No me puedo quejar, me lo he pasado bien. He viajado, he conocido lugares nuevos y he tomado fotos, muchas fotos, para que sean testigos y guardianes de estos recuerdos que, a pesar de ser tan frescos, ya empiezan a diluirse de mi memoria.
No me lamentaré porque Don Verano se acabe ya que sinceramente- y sé que muchos me odiarán por decir esto- estoy deseando que venga el otoño; quiero dormir escuchando la lluvia golpeando mi ventana, sentir el crujir de las hojas secas bajo mis pies, maldecir el viento rebelde que alborota mi pelo, disfrutar tomando una taza de chocolate caliente, dormir con calcetines, y añorar volver al nido cálido de mi cama cuando, por las mañanas, me dirijo somnolienta al cuarto de baño.
Tampoco me lamentaré por volver al trabajo. Como siempre digo, en los tiempos que corren es bueno saber que se tiene un trabajo al cual volver y para ser honesta, hasta de las vacaciones se cansa una.

Fantasmas en el metro

Como cada domingo camino a mi trabajo tomé el metro en el lugar de costumbre. Curiosamente no venía lleno y hasta me dí el lujo de escoger donde sentarme. Llevaba puestos los auriculares , cosa nada inusual en estos tiempos que corren, donde evitar el contacto con humanoides desconocidos es lo que se estila , y así, mientras escuchaba y tarareaba para mí una canción de The fray me acomodé a mis anchas en el asiento.

Por inercia deslicé la mirada por los pasajeros sentados frente a mí y lo descubrí tres asientos a mi derecha. Leía al descuido la solapa de un libro mientras la pálida luz artificial del metro le robaba destellos rojizos a su pelo castaño. Tenía la cabeza inclinada lo que impedía que su melena larga hasta los hombros me permitiera verle el rostro. Sin saber porqué me puse nerviosa, temerosa talvez que me descubriera observándolo. Dos segundos después con una vaga sensación de familiaridad volví a fijar mis ojos en él y no sé cuál sería mi expresión pero con el rabillo del ojo me di cuenta que la señora sentada a su lado comenzaba a incomodarse. Él cerró el libro, se acomodó en el asiento e hizo el gesto que yo estaba esperando: se recogió el pelo con la mano y se lo acomodó detrás de la oreja. Un remedo de sonrisa se dibujó en su cara y comenzo a tamborilear sus dedos largos y pálidos en su pierna  derecha, mientras su mirada se perdía en el paisaje mortecino que ofrece la vía subterránea del metro…¿En qué pensaría?

Llevaba una barba como de dos días,  y unas cejas muy perfiladas enmaracaban sus ojos marrones acompañados de una nariz perfectamente simétrica. Era alto y delgado…diría mejor desgarbado y vestía jeans, camiseta azul y una chaqueta roja a juego con unas ridículas zapatillas.

Yo lo detallaba conciente de que estaba siendo demasiado obvia, pero la única que se enteraba de mi inspección era su vecina en el asiento de al lado , que a estas alturas me miraba especulativa y desconfiada.

Inesperadamente se puso de pie con el libro bajo el brazo y me percaté  que era incluso más alto de lo que yo había supuesto. Por un breve segundo , en su camino a la salida, nuestras miradas se encontraron , pero me vió sin verme. Ni siquiera estoy segura en que estación se bajó, sólo recuerdo haberme quedado allí , atragantada con una absurda melancolía sin razón  de ser. Concluí que seguramente todas las mujeres fantaseamos con nuestro hombre ideal y que más guapos y de mejor porte que el que yo ví el domingo en el metro, los habrá a puñados, pero es ese, exactamente ese tipo de hombre el que llama mi atención.

Todo se hubiera quedado como un esporádico déjà vu en el metro sino fuera porque anoche me desperté pensando en ÉL y comprendí el por qué de aquella imprecisa sensación de familiaridad con el chico del metro…Tienen el mismo pelo largo y castaño y el mismo porte flaco , desgarbado e informal…Me di cuenta que que de forma inconciente es a ÉL a quien busco en cada hombre que pasa por mi lado.

En la oscuridad de mi habitación recordé nuestros momentos juntos y por un instante fue tan evidente para mi el significado de sus gestos,sus miradas…sus palabras a media voz, sus frases inconclusas…

Nos despedimos una tarde lluviosa en un portal con una promesa que no cumplí: Nunca le escribí.

Dice un dicho muy sabio y popular que el que no se consuela es porque no quiere, y quizás todo esto sólo sean los ecos difusos de un pasado que quiero reinventar, porque el que me tocó en suerte se me antoja demasiado insulso…o sencillamente Valle Inclán debe ser elevado a  la categoría de sabio por aquella frase de : “Las cosas no son como las vemos, sino como las recordamos”.