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Mi “buena” suerte

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Una vez leí que si en otoño cogemos al vuelo la hoja de un árbol, ese es un signo inequívoco de buena suerte. Y yo me pregunto ¿qué papel juega el factor suerte en nuestras vidas? Yo misma debo confesar que sin ser verdaderamente consciente de ello, en el fondo he creído que en premio a ser una buena persona (porque todos creemos ser buenísimas personas) un día mágico me despertaré y mi vida será como siempre la he soñado: de la nada se materializarán un esposo guapo, protector  y divertido-por eso del payaso/ninja con que todas soñamos como marido- y un par de niños de bucles rubios jugarán en el jardín de mi casa perfecta al pie de una colina. Mi celulitis será historia pasada y un vientre firme y plano habrá sustituido esta tripa que me da los buenos días cada mañana frente al espejo y que me recuerda  que en mi caso el gimnasio no es un pasatiempo si no una obligación. La novela mas hermosa jamás escrita figurará en las estanterías de las librerías donde mi foto  mostrando una sonrisa distante aparecerá en la solapa, y yo finalmente, como Dios al séptimo día, me deleitaré en lo bueno y podré descansar y ser feliz por el resto de mi vida.

No sé si existe la suerte, pero lo que sí he aprendido, especialmente en los últimos 7 años, es que la buena suerte se crea,  se construye con planificación, trabajo y mucha, mucha perseverancia.

Miro atrás y me doy cuenta que solo lo que me ha costado esfuerzo es lo que verdaderamente me ha dado satisfacción. Lo que he atribuido a la suerte  me deja el regusto de las espumillas que hacía mi abuela: una explosión dulce en la boca que dos segundos después moría aplastada entre mi lengua y el paladar a falta de consistencia. Pero esa no es novedad. Creo que mi madre hace ya mucho tiempo se dio cuenta que parió una testaruda de pura cepa que llegó tarde al colegio el día que enseñaron lo de elegir el camino fácil. Sin embargo, hace un par de días sentada en el banco del parque cayó en mi mano sin previo aviso una hoja del otoño. No pude evitar acordarme de lo que leí aquella vez y decidí conservarla solo por si acaso.

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Un real de jacintos para el alma.

“[…]Hay libros tan hermosos que al acabarlos uno siente el íntimo deber de escribir; hay libros tan profundos que al acabarlos uno siente el íntimo deber de escribirse a si mismo. Hay libros que nos impulsan a encontrar nuestro más íntimo lenguaje poético; hay libros que nos impulsan a encontrar nuestro más íntimo lenguaje vital.”

Quisiera poder darme el crédito de semejante frase, pero no es mía. La copié de la introducción que Félix Grande le hace al libro de las obras completas del poeta Luis Rosales, y me la guardé porque son innumerables las veces que me he quedado con esa sensación imprecisa en la boca del estómago al voltear la última página de un libro.

Hay ocasiones en que, al terminar alguno, me cuesta desprenderme del desasosiego que se instala en mi pecho, no por el final triste de la historia(me gustan los libros sin final feliz), sino porque hay historias que da pena terminar; hay personajes que se resisten a morir en la complacida pirueta  con que la mano de su creador pone el punto  final, y así, la Kitty Wu de Auster me guiña el ojo desde la penumbra de su irrevocable decisión, el Fermín Romero de Torres de Ruíz Zafón, me hace sonreír  susurrándome al oído la hilarante hipérbole de su retórica y el Rolf Carlé de Isabel Allende, con su triste pasado, sigue siendo el hombre que secretamente quiero para mí.

Vine a España a aprender a vivir como adulta, lo que en  mi caso específico conlleva vivir muy frugalmente, quitando del diario vivir todo abalorio innecesario y la única extravagancia que me he permitido durante estos casi tres años ha sido mi suscripción a Círculo de Lectores, una revista bimensual de libros, que espero en el buzón con la misma ilusión con que antes, en mi época de adolescencia y efímeras vanidades, esperaba la revista Cosmopolitan.

Tengo mi íntimo y doloroso ritual para  escoger, de cada edición, un solo libro de entre todos:  voy doblando la esquina superior de cada página donde encuentro un libro que me gustaría comprar; al final descubro que he marcado tantas que me toca volver a cribar mi elección e ir desdoblando páginas hasta que me quedo con 2 ó 3 y luego, lo más dificultoso: elegir un solo ejemplar.

En este mundo globalizado, donde un gato se orina en Canadá y causa una inundación en Tombuctú, la crisis y los reajustes económicos llegan para la mayoría de los mortales y yo no soy la excepción.

Estaba planificando un nuevo recorte en mi casi irrecortable presupuesto para poder hacer frente a mis planes a mediano plazo, y cancelar mi suscripción a Círculo de Lectores iba siendo relegada una y otra vez hasta el final de la lista de cosas de las que podría prescindir, incluso después del tinte para mis-ya no tan incipientes- canas o el dentífrico para dientes sensibles (un buen calambre en la dentadura con el café de la mañana puede servir para terminar de despertarte, digo yo), pero concluí que si se toma la decisión de hacer sacrificios, hay que hacerlos a fondo, y tragándome la sensiblería y la autocompasión, me empecé a despedir de mi suscripción.

Iba rumbo al supermercado a hacer la compra, calculando en mi cabeza como acomodar la economía doméstica al dinero que llevaba en el bolsillo y me topé con una placa pintada en la fachada de un edificio abandonado que rezaba así: “Si tienes dos reales, cómprate un real de pan para tu cuerpo y un real de jacintos para tu alma”

La suscripción se queda.

Papá-roflexia.

Es un hecho científicamente comprobado que en parte somos producto de los genes caprichosos que nos transmiten nuestros padres y en parte del ambiente en que nos desenvolvemos. La pregunta que yo me hago es, en qué porcentaje nuestro carácter se ve condicionado por uno u otro factor.

En estos tiempo donde todo se cuantifica, desde la específica cantidad de millones de palabras que son escritas en wordpress a diario, pasando por la precisa cantidad de agua que sueltan las nubes,  hasta  el inútil porcentaje de mujeres que prefieren usar labial rojo, ¿podríamos determinar qué tanto somos producto del caprichoso azar genético y qué tanto de lo que nos rodea? Aunque yo, una pesimista crónica acostumbrada a ver el vaso medio vacío me pregunto mejor, qué tanto somos producto de lo que carecemos.

El viernes fue día del padre, y en una sutil señal de rebeldía nos reunimos 3 amigas sin padre. No en el sentido literal de la expresión, ya que obviamente todos  tenemos un padre, pero en nuestro caso particular el factor común era el padre ausente; ese que a pesar de vivir contigo en la misma casa, no conoces de nada, sencillamente es un completo extraño; o aquel, que apenas supo que eras un proyecto de vida, una nuez insignificante en las entrañas de tu madre, decidió que con dejarte llevar su apellido cumplía con su parte; o aquel otro, que de niña te prometió quererte siempre porque tú eras su princesa y de repente un día se fue a por tabaco y no volvió más…¿Alguna vez se preguntaron estos señores qué consecuencias supuso su ausencia en nuestras vidas? ¿Tendrían siquiera la curiosidad de saber cómo llenamos ese vacío insondable que nos dejó su abandono?claro,en el hipotético caso de que haya algo que lo pueda llenar.

Soy una mujer adulta, independiente, con mucho mundo recorrido, pero a la vez con un miedo inexplicable y pertinaz prensado  en las entrañas que,  por instinto,  baja la mirada al encontrarse por la calle a un padre prodigando cariño a un hijo. Me duele verlo, por ese mismo motivo evito los parques en horas de la tarde, especialmente en las soleadas tardes de verano donde encontrarse con esas escenas es muy común…Nunca lo he comentado con nadie, ni siquiera con mi madre. No creo que lo entendería

En fin, que el viernes lejos de llorar por nuestra suerte, escuchábamos música mientras  cocinábamos, comíamos y hasta repetíamos postre…Ninguna mencionó lo obvio porque tácitamente era el tema prohibido, pero estoy segura que  ellas al igual que yo en algún momento pensaron en esa palabra, esa que hasta suena axtraña pronunciada en nuestros labios.

Las cosas que ya no serán.

Aunque tengo mis favoritos ,no le hago ascos a ningún género musical. Últimamente he descubierto que me gusta la música country ,y en particular un grupo llamado Rascal Flatts. Entre sus canciones se encuentra una en especial que yo llamo el Soundtrack de mi vida. Se llama I’m movin on y habla de esa vez en que la vida nos sorprende con la certeza de que si no hacemos algo pronto, nos  quedaremos atascados para siempre. Del día que volvemos la vista atrás para descubrir que hemos existido ,pero que no hemos vivido. Del día que comprendemos que flagelarnos hasta sangrar por los errores del pasado es una absoluta pérdida de tiempo ,y decidimos que ya basta , que ya es hora de perdonarnos y pasar página. Del día que admitimos que nuestro único camino es dejar atrás el lugar donde hemos crecido ,y con ello a la gente que hace que llamemos a ese lugar nuestro hogar, porque por primera vez somos concientes de que aunque esas personas nos quieren bien, sin quererlo son un lastre que no nos deja avanzar, ya sea porque saber que siempre están allí para nosotros nos hace aletargarnos en la comodidad, o porque tontamente presentimos que si tomamos la decisión de cambiar se sentirán heridos, o cambiaran la buena opinión que tienen de nosotros ,o por los motivos que a nuestra retorcida razon le apetezcan.

Repaso en mi cabeza cada uno de esos seres que un día dejé en el camino, con el dolor y la pena que supuso para mí, al tener la certeza en mi corazón que mi único lugar en el mundo no podía ser otro, sino junto a ellos. Me marché confiando que la vida  me devolvería a ellos algun día ,para continuarla  donde la habíamos dejado…

Para rematar , una frase de la canción dice:”Nunca soñé que mi hogar terminaría siendo un lugar al cual no pertenezco”…No sé si este es mi hogar, el lugar donde finalmente plantaré mis raices, pero si sé que aquel ya no lo es.