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¡La Madre que me parió!

No soy pesimista…Solía serlo, pero mi madre, a punta de tirones de oreja, me hizo darme cuenta que me estaba perdiendo lo divertido de esto que llamamos vida. Tampoco los voy a engañar, no soy de las que va por ahí entornando los ojos mientras olisquea las flores, amando a todo el mundo.  Digamos, mejor, que soy una optimista cauta.
¿En que consiste mi teoría? Pues en que, aunque en el fondo, espero que ocurra lo mejor, opto por aparcar las expectativas, porque- lo admito- la imaginación fácilmente se me desboca y las cosas nunca suceden como las proyecto en mi cabeza.
Teniendo eso muy claro, decidí emprender mis vacaciones en la playa por primera vez en años.
Valga hacer notar que el calor me pone de mal humor, el agua salada del mar me escuece en la cara, la arena, que inevitablemente se me cuela en los calzones, me resulta irritante y las hordas de bañistas me enervan.
¿Por qué, entonces, decidí embarcarme en este viaje? La respuesta es muy simple: La madre que me parió.
Mi madre, bendita ella, decidió reunirnos a todos para una semana familiar en la playa como no lo habíamos hecho en mucho tiempo. Viajamos desde 4 puntos diferentes del planeta para estar ahí y celebrar su 57 cumpleaños, y así, sin planearlo, casi sin creerlo, acabé dejándome  la garganta en un concierto deTom Jones, tomando mojitos a media noche descalza en la orilla del mar, bañándome en el tibio mediterráneo a la luz de la luna, achuchando a mi madre sin motivo ni pudor cada vez que me daba la gana, comiendo leche merengada cada vez que antojaba, y corriendo como loca por la Ciudad de las Artes y las Ciencias en un afán imposible por conocerlo todo.  Pero lo que nunca voy a olvidar es el  breve instante en que viendo  a mi madre y a mis tías retozar en el mar como las niñas que una vez fueron, 50 años se hicieron humo y mis primos y yo nos desvanecimos en el tiempo como pompas de jabón.
PD. Si bien es cierto que intenté empezar este viaje sin expectativa ninguna, había 3 cosas que no estaba dispuesta a dejar de disfrutar:
1.-Bailar hasta que me sangraran los pies: No sucedió.
2.-Tomarme una foto con la ballena beluga del acuario: La ballena no quiso.
3.-Comerme un buen trozo de tarta en la celebración del cumpleaños de mi madre: Nadie se acordó de comprarla.

¿Por qué escribo?

El País Semanal reseñó en el primer número del año, las razones que aducen unos cuantos escritores para abandonarse al, a veces absurdo, muchas veces temerario, siempre solitario, oficio de escribir.
Respuestas las hay muy variadas, desde el obsesivo que declara imposible vivir sin las palabras y sus manías, hasta el que, simple y llanamente, prescindiendo de toda floritura literaria, acepta que escribe por dinero.
A mí los extremos no me van, así que no me creo ni una cosa ni la otra. Aún así, no puedo negar que dicho artículo me puso a pensar por qué escribo yo.
No escribo por dinero, en la vida me han pagado por mis chorradas “literarias”, pero tampoco soy una obsesa de las letras.
Entonces, ¿por qué escribo?…Trato de buscarle un poco de altruismo a mi respuesta pero me doy de bruces con el hecho innegable de que escribo por razones puramente egoístas: escribo por mí y para mí. Escribo porque soy un ser extremadamente inseguro e indeciso y sólo escribiendo se esclarecen mis fondos, se transparentan mis motivos y se revelan mis sentimientos. Escribo porque asumí que no es sano vivir encerrado en uno mismo y, a falta de una mejor opción, decidí hacer de la pluma mi confesor y de las palabras mi penitencia. Escribo por aburrimiento, por rabia, por hastío. Escribo para espantar el olvido, para evitar que me engulla la soledad y para tratar de refrenar la anarquía que gobierna mi cabeza (no siempre lo consigo). Escribo porque la urgencia de honestidad que yace en mi interior puede ser fácilmente traicionada por mi boca, pero nunca por mis dedos. Escribo, en fin, porque a pesar de poder vivir sin escribir, elijo no hacerlo.

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El último de 2010

Hace un año, mientras mataba las horas curioseando en internet, se me ocurrió escribir un blog. No es que la idea en sí fuera brillante. A millones de personas antes que a mí se les ha ocurrido lo mismo. Lo extraordinario lo constituía el hecho de que, en un repentino arranque, decidí hacer a un lado mi timidez literaria crónica para compartir cosas muy íntimas, muy mías, con cualquier conocido o desconocido que tuviera acceso a internet.
No era mi intención, pero al final mi blog terminó convirtiéndose en una especie de diario.
Como muchas, en mi adolescencia, solía escribir un diario. Llegué a completar 3 cuadernos en un período de 4 años. Sin saber realmente porqué, los guardaba celosamente, ya fuera en el rincón más inaccesible de mi desordenado armario, en el fondo de una maleta o de una caja de libros, o los aseguraba bajo llave en el único cajón de mi cómoda que tenía cerradura. Ahora que lo pienso, no es que yo tuviera grandes secretos que ocultar, pero sí recuerdo con nitidez que me aterrorizaba imaginar que alguien pudiera leer lo que yo, en mis momentos más íntimos, pensaba, que era, al fin y al cabo, lo que contenían esos diarios.
Soy migrante por naturaleza y cada vez que emprendía una nueva aventura con rumbo a ninguna parte, lo primero que metía en mi maleta eran esos 3 cuadernos. Solía pasar que, buscando otras cosas, me tropezaba con ellos, e invariablemente me detenía a leer al azar algunos de mis escritos. Al hacerlo me embargaba una exquisita nostalgia al recordar personas que se habían ido para siempre de mi vida, o lugares que sabía volvería a visitar, pero que a mis ojos jamás serían los mismos.
Acostumbraba reírme del tono grave que solía usar para describir sucesos que el paso del tiempo se había ocupado en descurtir para convertirlos en anécdotas, algunas de ellas hasta graciosas, o de mis absurdos sueños de adolescente que, ahora vengo a descubrir, no lo eran tanto. Aún así, la aprensión que me provocaba que alguien pudiera leerlos no me abandonaba.
Un día me tropecé con ellos en muy mal momento. Estaba enojada por un motivo que ya ni siquiera recuerdo, y en un súbito arrebato me desquité la furia rociándolos de gasolina y prendiéndoles fuego. Los vi arder sin inmutarme. Ahora, claro está, me arrepiento.
Pocas cosas recuerdo de lo que en ellos escribí, porque aunque el tango aquel diga que “veinte años no es nada”, veinte años son muchos años, pero lo que sí me causa risa es recordar las horas que pasé maquinando cuál sería el próximo escondite para mis diarios.
Finalmente el secreto que inconscientemente yo quería proteger, dejó de ser secreto desde el momento mismo que decidí escribir un blog, y sólo por eso vale decir que para mí el 2010 fue un buen año.
 
 

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De metáforas y epifanías

Me reinvento cada día, a cada hora. En un momento pierdo totalmente la fe en mí misma y en lo que me rodea y me prometo no volver a desear nada nunca más, porque desear, me digo, sólo sirve para acumular frustraciones. Al final nunca nada es como lo imaginamos.
Me pongo en plan drama shakesperiano y me reafirmo en que, de ahora en adelante, voy a vivir como la hierba del campo, que simplemente vive resignada a su suerte: me encogeré cuando me pisen, me quedaré desnuda cuando el viento caprichoso me despoje de mi abrigo, me plegaré en mis raíces cuando me golpee el crudo invierno y reverdeceré cuando el tiempo sea benigno. Iré con la corriente. Renunciaré a las esperanzas. Me limitaré a anhelar tan poco como sea humanamente posible. Sencillo. Práctico. Indoloro.
Al momento siguiente, puedo sentir una especie de corrientazo eléctrico bajando por mi columna vertebral llamándome al orden y, casi sin darme cuenta, estoy en plan discurso-de-graduación, asaltada por la sensación de que cualquier obstáculo puede ser derribado, cualquier montaña puede ser escalada y que me basto yo sola para llegar al final de cualquier camino, por escarpado que éste sea. Hasta puedo escuchar las notas de The Climb de Miley Cyrus como banda sonora de esta epifanía. Patético, lo sé.
Hay ocasiones en que siento la resignación intentando colarse disfrazada de así-es-la-vida, buscando dentro de mí un sitio donde acampar, decidida a doblegar mi espíritu, pero instintivamente la expulso y me permito soñar, me permito creer que no todo está perdido y, así como momentos antes era un ruin hierbajo a merced del tiempo, ahora, con una claridad pasmosa, se me revela el camino para llegar exactamente a donde quiero llegar.
Supongo que en eso radica la excepcionalidad del ser humano. Nuestra naturaleza nos impele a querer mas siempre, a no rendirnos nunca, a descubrir cada día que dentro de nosotros hay un poco de ese David intrépido que, aún a sabiendas de su insignificancia, con un tiro certero de fe venció a Goliat.
Al final me doy cuenta de que la metáfora de la hierba, quitándole el drama, no está tan desencaminada. Esta humilde variedad de planta guarda en su ordinariez y tosquedad una potente fuerza vital y aunque la arranquen de raíz, sus semillas diminutas se esparcen silenciosas por el campo, y por muy crudo que haya sido el invierno, brota resuelta cada primavera.

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De cómo Santa me echó a perder la navidad

Soy de la generación obtusa que defendía la existencia incuestionable de Santa Claus; de esas que le escribía cartas cuidando la ortografía porque, como comprenderán, no podía pretender que se creyera mis embustes de buena estudiante, si mi pésima gramática me delataba; de esas que se tiraba los trastos a la cabeza con cualquiera que se atreviera a poner en tela de juicio quién era realmente el que dejaba los regalos al pie de mi cama. Aún así, puedo precisar el día en que la magia de la navidad se evaporó, el momento exacto en que, teniendo a Santa al alcance de mi mano, dejé de creer.
Ese año las rutinas cambiaron. A pesar de la insistencia de mi abuela, no me dejé llevar por el entusiasmo de escribir la consabida carta con la lista de mis deseos. Y no es que no quisiera hacerla. Sencillamente me daba vergüenza poner por escrito lo único que mi corazón, ya no tan infantil, deseaba. Un deseo tan simple como quimérico: que con la vuelta a clases después de vacaciones, el objeto de mi afecto, es decir, Marlon Mejía, se dignara a poner sus ojos en mí. Que comprendiera que yo no era una irremediable idiota, sino que su sola presencia me dejaba lívida, incapaz de reaccionar a cualquier estímulo. Supongo que no escribí esa carta porque mi, ya no tan inocente, corazón, intuyó que en los asuntos del amor Santa carecía de jurisdicción.
Ese año la puesta en escena fue impecable. Ni siquiera nos tuvimos que esperar a la mañana de navidad para abrir los regalos. Como todos los años nos reunieron a todos los chiquillos en la sala, sólo que esta vez, en el momento menos esperado, se fue la luz. La reacción inmediata fue el silencio, momento que aprovecho el viejo barrigón para soltar su famoso jo jo jo por la ventana. Se hizo la luz de nuevo y nuestras caras eran de estupefacción. No reaccionamos hasta que uno de nosotros empezó a chillar de emoción y el resto le seguimos en una algarabía que rozaba la locura. Los adultos nos animaron a ir a ver de dónde procedía la risa, y salimos en tropel sin esperar que nos repitieran la orden. Santa no estaba, pero una luna plateada iluminaba un arsenal de paquetes primorosamente envueltos y etiquetados junto a la fuente del patio. Los adultos nos ayudaron a llevar los nuevos tesoros a buen recaudo dentro de la casa y sin esperar la orden, nuestras codiciosas manos destrozaron lazos y envoltorios descubriendo bicicletas, muñecas, robots, pistolas, espadas, coches de carrera, juegos de mesa, cocinas y todo cuanto un niño puede desear una Nochebuena.
Cuando mas distraídos estábamos probando, comparando y presumiendo nuestros nuevos cacharros, Santa se presentó en la sala con su inseparable saco blanco sobre el hombro y su jo jo jo característico. Nos abalanzamos sobre él y pude percibir en su ropa un ligero olor a la cocina de mi abuela. Supuse que ni Santa se había librado de la manía de mi Nana de ofrecer tamales a todo ser viviente que se pasara por su cocina.
Por turnos nos sentamos en su regazo y mientras nos preguntaba si habíamos sido buenos niños, sacaba del saco los regalos más clásicos: cuentos, libros de colorear y crayones.
No era un Santa de pacotilla. Su disfraz era pulcro, su barriga era auténtica y su barba no era de esas de quita y pon como las que llevan los Santas de los centros comerciales. Cuando me tocó mi turno, me percaté de que bajo las gafas Santa tenía la mirada bondadosa que siempre me había imaginado, y de que Santa, señoras y señores, sudaba como un cerdo. Supongo que sus mofletes sonrosados eran debido a llevar, así fuera en diciembre, un traje polar rojo en pleno trópico. ¡Pobre hombre!
Se fue como vino deseándonos las mejores fiestas y dejándome, como recuerdo de ese día, una foto y la certeza de que la magia se había roto para siempre.
A la mañana siguiente mientras, desparramada por el suelo, coloreaba las mejillas de un enano de Blanca nieves en color Carnation pink, me di cuenta de dos cosas: que no era tanto que me gustara colorear, como los preciosos nombres de los crayones Crayola, y que cuando el acné y las hormonas entran como un torbellino por la puerta, la inocencia se esfuma discretamente por la ventana.

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Furor otoñal

El final del laberinto by Sae Lin®

Del otoño me gusta respirar el aire frío y ese errático soplo que se cuela en mi ropa y alborota mi pelo. Me fascina el sutil murmullo de las hojas secas y el perfume intenso de las mandarinas; los cielos plomizos, los bucles de nubes lechosas y el sol que calienta pero que no abrasa. Me seducen los árboles desvistiéndose al son de la impúdica danza de las hojas, dormir con calcetines y despertar como una oruga envuelta entre las mantas; pecar de pereza un domingo lluvioso y sumergirme sin culpa en su melancolía; tropezar con el espejo tembloroso de los charcos y saborear distraída una manzana; sentirme cautivada por su luz y por la lluvia murmurando en mi ventana.

PD. La poesía no es lo mío(para muestra un botón). Las rimas no sólo se me resisten sino que me rehúyen despavoridas.
Mi tímida intención era escribir sobre lo mucho que me gusta el otoño(es mi estación favorita) y aunque reescribí el texto una y otra vez, resultó inevitable que me saliera en una imposible y disonante rima, es decir, una burda prosa con ínfulas líricas…Una de dos: o el espíritu errante de un nefasto pero persistente poeta me soplaba al oído, o es que el otoño, por donde lo veas, es simplemente poesía.

¿Será que ya no está aquí?

Por soporíferos que puedan llegar a ser me obligo a ver los noticieros todos los días por dos motivos:

 1.- Me mantienen vagamente informada de lo que pasa en el mundo.

 2.- Me hacen ubicarme en el tiempo, si no,  es posible que no sabría ni en qué día de la semana estoy.

El buffet de noticias es limitado y el menú varía muy poco de un día para otro, incluso de un mes a otro.

“Zapatero, dimisión” es el grito de guerra de la Derecha día sí y día también; las víctimas mortales de los hombres que no aman a las mujeres asciende a 45 ó 46 en lo que va de año según el noticiero que se mire; la naturaleza  toma venganza con un terremoto por aquí, una mortal inundación por allá  y en Oriente todos los días-léase de nuevo- todos los días explota, como mínimo, una bomba.

Son bombas que explotan en lugares que se me antojan lejanos y por discordias  fuera de mi comprensión.  Deduzco que desde el cómodo sillón de casa  es totalmente inverosímil que a alguien se le ocurra poner un coche bomba en la entrada principal de un mercado  por una simple diferencia ideológica o religiosa.

 Al ver las imágenes de la tragedia, no importa si ésta tuvo lugar en Bagdad, Pakistán, Afganistán o,  en el caso que me ocupa hoy, Osetia ,  da la impresión de estar viendo la  misma noticia una y otra vez . Siempre es el mismo paisaje bélico de vehículos y edificios destrozados, de cuerpos mutilados,  de miembros desperdigados, de desolación, de sangre y de muerte. Da pena ver la muda chispa de esperanza en los ojos  de los que buscan entre los escombros a sus seres queridos deseando no encontrar o escuchar los gritos de dolor y de impotencia de los que se rasgan las ropas en señal de duelo; da rabia ser espectador del horror manifiesto en los rostros de los que tuvieron la suerte o la desgracia de sobrevivir al espanto, con lesiones que les marcarán el cuerpo y el alma para siempre… Todavía no sé si soy una optimista disfrazada o una pesimista infiltrada, por la misma razón que todavía no sé si mi vaso está medio lleno o medio vacío, pero realmente dudo que esta situación tenga algún día, por muy lejano que sea, un final feliz. Presumo que como en la canción de John Lennon, lo único que podemos hacer es imaginarlo.

Se me viene a la mente una deprimente frase de Leonardo DiCaprio en Blood Diamonds:

  “A veces me pregunto si Dios perdonará algún día el daño que nos hacemos los unos a los otros . Luego me doy cuenta que Dios abandonó este sitio hace muchos años…”

Sueño de una noche de verano

La Marie (Marc Chagall)

Un verano rabioso nos está diciendo adiós y quiere cerrar agosto con broche de oro. Los meteorólogos nos intimidan con que este fin de semana viviremos la peor ola de calor que se ha vivido en años y nos amenazan con que debido a la humedad tendremos una sensación térmica que rozará los 50ºC; en una frase: ¡Estoy acojonada!…Yo me pregunto, ¿habrá algo más delicioso que despertarse sediento en mitad de una noche de verano y levantarse a beber agua fresca de la nevera?( Mientras escribo esto se me acaban de ocurrir un par de cosas, pero tampoco se trata de hacer este blog “Rated R”).

En fin, que por motivo de una cita con el médico me tocaba madrugar, así que  me fui a la cama temprano. Bien me hubiese ahorrado el esfuerzo porque a Morfeo no se le ocurrió aparecer sino hasta la hora que, por motivo de las vacaciones, tenemos pactada, es decir, alrededor de las 3:00AM. Ese es otro que mejor se hubiera ahorrado el viaje porque más que dormir me debatí en un duermevela agitado, caluroso y casi asfixiante; uno de esos sueños en los que te levantas más cansado aún de lo que te acostaste.

Mi cuerpo sentía tanta necesidad de agua que soñaba con ella. Las imágenes de mis pies sumergidos en las aguas frescas de una laguna perdida en alguna montaña extremadamente verde de mis subconsciente, se mezclaban con los recuerdos conscientes de una guerra de botes de ketchup vacios convertidos en improvisadas pistolas de agua que libré una vez hace muchos, muchos veranos, para luego volver a hundirme en un sueño inquieto donde sentía manar un río caudaloso desde el mero centro de mi pecho.
Dicen los expertos que los sueños son el desahogo del subconsciente, la manera natural que tiene la mente de purgar los fantasmas escurridizos que la acechan, y curiosamente mis sueños tienen la consistencia etérea de los espectros. Los míos son, por ejemplo, como una pintura de Chagall, con imágenes concretas pero brumosas e inconexas, donde es perfectamente probable encontrarme una cabra tocando el chelo junto a una novia vestida de rojo, mientras ambos parecen levitar en una noche azul.

Finalmente me desperté casi al alba con el pijama húmedo de sudor y la lengua pastosa por la sed. Con los pies descalzos y sin encender la luz adiviné el camino a la nevera dejándome guiar por el ronroneo lastimero del viejo trasto. A tientas, porque la bombilla del cacharro enciende cuando le da la gana, cogí la primera botella de agua que encontré y me la empiné vaciándola en el acto; estaba tan fría que me quedó en el pecho la sensación del río caudaloso de mi sueño.

Me volví a la cama resignada a pasar el resto de la noche en vela, pero curiosamente me dormí en el acto y empecé a soñar otra vez. Esta vez discutía con alguien por la manera correcta de escribir difícilmente. Yo insistía una y otra vez que el acento de la í era innecesario y, con toda razón, mi adversario no se cansaba de repetirme que yo estaba equivocada mientras me daba la misma cátedra de ortografía que alguna vez le impartí a mis alumnos. Me desperté un minuto antes de que sonará el despertador, cuando en mis sueño pude comprender que había estado equivocada. Supongo que a mi subconsciente no le dio la gana darle el gusto a mi adversario de ver mi cara de derrota, pero a la vez creo que fue la manera sutil y premonitoria de mi subconsciente de notificarme que difícilmente iba a llegar a mi cita médica; me confundí con el horario del autobús y no llegué a tiempo…¡Vaya mierda de noche!

Dos insípidas comas

Agosto no está siendo lo productivo que yo esperaba. Se suponía que me iba a pasar los días con sus noches escribiendo sin parar hasta que se me partiera la espalda, me salieran ampollas en las yemas de los dedos y me sangraran los ojos si era preciso, y heme aquí procrastinando(palabra muy fea, pero muy acertada) una y otra vez.

Mi problema no es quedarme en blanco; mi problema es el torrente de pensamientos que hacen conexión en mi cabeza al unísono sin detenerse nunca, lo cual me impide centrarme en una cosa en específico y así me encuentro que cuando he tronado mis dedos frente al ordenador decidida a tirar de un hilo de mi historia, empiezo a tararear una canción, me distrae el chillido de un niño por la calle, me hipnotizan las motas de polvo suspendidas en el aire o la imprevista cortina de lluvia que pasa frente a mi ventana inundándolo todo con ese delicioso olor a tierra mojada que de súbito me envía a miles de kilómetros de aquí, y de repente descubro que han pasado dos horas y que lejos de escribir algo nuevo, me he limitado a borrar dos comas de mi antiguo texto.

Me levanto y preparo café segura de que a mi cerebro le vendrá bien un chute de cafeína, y mientras espero el borboteo de la cafetera apoyada en la encimera, me muerdo las uñas y recuerdo las pupilas dilatadas de Benítez  disfrutando como un enano en la quema de fuegos artificiales de ayer y me sonrío. Distraída me paso la mano por el cuello y me doy cuenta de que me duele la espalda y las posaderas, dolores inútiles ambos porque no he producido nada, sólo he quitado dos antiguas e insípidas comas.

Mientras sorbo mi café con desgana todavía de pie apoyada en la encimera, me invade una sensación de fracaso, pero lejos de hundirme en ella como suelo hacer, me dirijo al ordenador de nuevo con paso firme y decidido, tomo posición, empiezo a teclear y hasta puedo sentir el regusto de la rabia en mi lengua. La siguiente hora el mundo a mi alrededor se desvanece y soy productiva, hasta que cometo la torpeza de detenerme a pensar si poner o no una maldita coma. Error. Inmediatamente me desconecto y me descubro tratando de rimar un viejo poema de Buesa que me aprendí en el colegio. La memoria ya no es lo que era, pero San Google bendito que nunca me falla me ayuda a encontrarlo:

Mi corazón, un día, tuvo un ansia suprema,

que aún hoy lo embriaga cual lo embriagara ayer;

Quería aprisionar un alma en un poema,

y que viviera siempre… Pero no pudo ser.

Mi corazón, un día, silenció su latido,

y en plena lozanía se sintió envejecer;

Quiso amar un recuerdo más fuerte que el olvido

y morir recordando… Pero no pudo ser.

Cuando me aburro de repetirlo una y otra vez, con un suspiro me declaro vencida por la procrastinación. Me limito a leer lo escrito desde el principio y con toda la humildad de la que soy capaz, devuelvo mis antiguas e insípidas comas a su lugar original mientras mi estómago me avisa que es hora de comer.

Madrid-Alicante-Madrid

Hay dos cosas que detesto hacer sola: comer en un restaurante e irme de compras.

Hay dos cosas que amo hacer sola: ir al cine y viajar.

Lo del cine tiene su razón de ser en el hecho de que generalmente me gusta ver dramas o romances y como tengo un pronto lacrimógeno automático, me da vergüenza que me vean llorar por dramas y cursilerías ajenas, así que mejor sola para no tener que justificar mi lloriqueo ante nadie. Lo de viajar sola no significa  que sea yo una ermitaña; me gusta la compañía, pero una vez en mi lugar de destino. Es muy difícil de explicar, pero el hecho de ir sola en un avión, un autobús o un tren tiene un encanto especial para mi.

Oficialmente mis vacaciones no empiezan hasta dentro de unos días, aunque la verdad es que me siento de vacaciones desde finales de junio cuando, por fortuna, nos trasladamos a Ávila huyendo del sofocante Madrid, por lo que al proponerme mi madre encontrarnos en Alicante un fin de semana, pensé que cambiar las montañas por la playa no me vendría nada mal.

Quería vivir este viaje momento a momento, quería conectarme más que desconectar así que contrario a lo que suelo hacer, esta vez no me llevé ningún libro, pero fue inútil, no pude evitar  sucumbir a la tentación de la lectura comprándome, según yo, literatura light y, así pues, con la revista  Fotogramas bajo el brazo y el móvil con música recién bajada, abordé el tren en Chamartín.

Resultó que mi compañera de viaje era una sexagenaria muy inquieta que se levantó de su asiento por lo menos 10 veces y que  confundía el dial de su asiento con el mío dejándome sin enterarme de la mitad de la película, donde Sara Jessica Parker  y Hugh Grant jugaban  a quererse con nefastos resultados.

Intenté distraerme con el paisaje, pero el panorama de las grandes industrias  a las afueras de Madrid no es lo mío así que me decanté por hojear la revista. Llegué hasta la página 14 decidida a someterme a mi primera experiencia IMAX 3D con Toy Story 3; Ella, una joven china no suena a título prometedor, me dije, pero igualmente leí la crítica y aunque es probable que sea una película que nunca veré , esa pequeña reseña de menos de 250 palabras me mantuvo con la cabeza ocupada por lo menos 2 horas.

Opté de  nuevo por ver el paisaje acompañado, esta vez, con un poco de música. Afortunadamente las vistas habían cambiado y un ceniciento cielo azul como telón de fondo de unas escarpadas montañas prometía calidez, mucha calidez, por lo que no pude evitar encogerme en el asiento. Advertí que las ganas de encontrarme con mi madre, a la que no veo desde noviembre pasado, crecían en la misma medida que mi pánico al calor.

Ron Pope rasgaba la voz y la guitarra en mis auriculares mientras yo trataba de adivinar formas en las paredes rocosas de los cerros. En uno de ellos juraría que vi a Tutankamon y en otro a Winnie the Pooh( si mi subconsciente me está tratando de decir algo, no tengo la más puñetera idea de lo que puede ser). Yolanda Be Cool me tenía a punto de empezar a balancearme en el asiento al ritmo de We don’t speak americano, cuando una voz altamente nasal anunciaba nuestra llegada a la estación de Alicante.

Fui la última en bajarme del tren. Temía salir de la burbuja placentera del aire acondicionado a enfrentar el apabullante calor que amenazaba con achicharrarme, pero al final resultó que aunque hacía calor, éste no era tan sofocante.

La divisé buscándome con los ojos en la dirección opuesta a la que yo venía y de repente fue como si mis pies tuvieran propulsión a chorro. No me vio hasta que estuve frente a ella y la abracé  por sorpresa hasta casi asfixiarla intentando, con éxito, contener mis lágrimas. 

Luego, dos días que se me pasaron volando y de nuevo en el tren de vuelta a Madrid. Esta vez no leí, no escuché música, no intenté ver la película y hasta bajé la persiana para que el sol no me diera en la cara. Sólo cerré los ojos y me dormí pensando lo que siempre pienso cuando me despido de mi madre: Dios, que no sea la última vez.

En resumen:

Boleto de tren: 74 euros

Café calientísimo para desayunar acompañado de una horrorosa magdalena: 3.50 euros

Taxi: 8.35 euros

Compras mínimas en el supermercado: 12.35 euros

Sandalias de verano: 10 euros

Peaje en la carretera hacia La Manga: 3.20 euros

Darle a mi madre un abrazo de oso: no tiene precio.

Poner al maleducado taxista en su lugar: no tiene precio.

Descubrir lo mucho que te has equivocado prejuzgando a los demás: no tiene precio.

Cena y conversación entre risas y buena compañía hasta la madrugada: no tiene precio.

Saberte afortunada de contemplar el mar Menor a tu izquierda y el Mediterráneo a tu derecha: no tiene precio.

Sentirte parte del mundo caminando por el babel que es el paseo marítimo de Torrevieja: no tiene precio.

Contemplar la luna llena reflejada en la negrura del mar mediterráneo: no tiene precio.