El pulgar no miente

 Cuando presento a mi madre como mi madre (y no puede ser de otra manera ya que es mi madre) suele suceder lo siguiente: La gente entorna los ojos, me mira con suspicacia y no puede evitar la siguiente afirmación “Entonces te pareces a tu padre”. Cuando contesto que no,  que tampoco me parezco a mi padre, la mirada de suspicacia se traslada a mi madre que, debo decirlo, se lo toma con mucha deportividad.

Es éste un hecho recurrente en mi vida. Lo vengo viviendo desde que mi madre me llevaba en brazos,  y cualquiera podría pensar, sin equivocarse, que más de algún trauma arrastro por ello.

Poéticamente al momento de la concepción lo llaman “el milagro de la vida”, aunque, para llamar a las cosas por su nombre, lo que está teniendo lugar en ese preciso momento es, más bien, una lotería genética. El orgasmo que catapulta a un puñado de espermatozoides a las  entrañas de nuestra madre -aunque nos dé repelús imaginarlo siquiera-, culmina cuando el más listo y rápido de todos los renacuajos, “se cuela”. Es entonces cuando, incluso en aspectos que van más allá de nuestra comprensión,  nuestra suerte está echada.

En mi caso particular, de mi madre no heredé su piel blanca, casi traslúcida, ni sus pómulos altivos que nada tienen que envidiar a cualquier chica de portada. De mi padre no heredé su nariz respingada, ni su figura estilizada. Qué lástima. Podría haber sido yo un bombón.

En mi afán por encontrar esas características que despejaran cualquier duda de que yo era quien se suponía era,  me pasé mi infancia y parte de la adolescencia tratando de detectar  esos rasgos comunes con mis progenitores, observando sus gestos más peculiares e intentando verme reflejada en ellos.

Con mi padre fue difícil. Soy hija de padre ausente y lo más a mano que tenía era un puñado de fotografías suyas, deslucidas por el paso del tiempo. Repasarlas una y otra vez era un juego cruel que me dejaba frustrada y con una sensación muy parecida a la rabia aposentada en la boca del estómago. Con mi madre fue diferente. Tuve tiempo de observarla y descubrí que ponemos las manos en la misma posición al dormir y que los trazos de nuestra caligrafía son sospechosamente parecidos. Pero a la vez era consciente de que eso no era ninguna garantía, ya que esos pueden ser hábitos que se aprenden por imitación. La verdad es que todas esas similitudes que construía en mi cabeza se me venían abajo cuando, en mi adolescencia, mi madre, y con razón, me recriminaba lo desordenada, irresponsable y desconsiderada que yo era, rematando la regañina con la frase “Es que no parece hija mía”.

Cuando había dado el asunto por olvidado, alguien me hizo notar que tengo el andar característico de mi abuela paterna, pero, aún así, tuvo que volver a entrar mi padre en mi vida para que me diera cuenta de que  los rasgos que me delatan como hija de mis progenitores están, más bien,  ocultos o pasan desapercibidos.

En conclusión, de mi padre heredé la melomanía y la obsesión compulsiva por las cosas que me gustan, aunque hubiese preferido heredar su capacidad de dejarlo todo sin mirar atrás…lo que me lleva a pensar que lo “desordenada, irresponsable y desconsiderada” también lo saqué  de él.

De mi madre, por desgracia, poco tengo. Hubiese preferido que por vía genética me trasfundiera esa tenacidad que la  caracteriza, pero me identifico más con su ingenuidad.

Un día descubrí que mi tía, mi prima, mi madre y yo tenemos idénticos  pulgares en los pies. Al parecer es la marca de la casa.

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Acerca de nesty28

¿Quién soy?...Pregunta inútil , donde las haya. ¿De dónde vengo?...¿Importa?

Publicado el julio 27, 2011 en La neurona ociosa. Añade a favoritos el enlace permanente. 5 comentarios.

  1. Esos pequeños detalles son los que hacen realmente grande el milagro de la vida, todos heredamos cosas de nuestros padres, a veces son cosas que nos gustan tener y en otras ocasiones cosas que nos desagradan, pero nadie elige que si darle y que no a sus hijos, solo nos queda esforzarnos por sacar lo mejor de todo lo que la vida nos dio por medio de nuestros padres.

    Un saludo desde http://lunare.wordpress.com/ ojala pueda pasar a dejar un comentario en mi blog, gracias de antemano.

  2. Si, la verdad es que no te pareces mucho a tu madre, pero tengo que decirte que tienes un encanto especial, a mi me gusta tu sonrisa y tu naricilla, especialmente 🙂 claro, que eso es porque no he visto tus pulgares, jejeje
    Yo tampoco me parezco mucho a mi madre. Aunque soy un clon casi exacto de una de sus hermanas, por decirte… que ella tenía el mismo lunar junto a la boca que yo!!!!
    Pero ahhh!! Si tengo algo en común con mi madre, y es su tono de voz. El otro día me escuché allí en su casa y pensé que era igual. ¡qué cosas!

  3. Antes que nada debo decirte que me encanta tu forma de escribir, tienes un gran talento en este arte, algo que no mencionas en tu post pero no es necesario porque va implícito.
    Sabes que yo tampoco heredé tantos rasgos genéticos de mis padres, pero estoy lleno de comportamientos, actitudes y hasta fobias que tengo y que recién caigo en razón que son mi herencia. Pero más allá que los rasgos genéticos creo que hay cosas más importantes. Esos buenos recuerdos de un hogar, y si por cuestiones de la vida falta uno de los padres, creo que es admirable cómo el que se queda con nosotros asume el rol de padre y madre. Hay que tomar lo bueno de la vida. Lo demás deja de ser importante por el peso del amor. Un gusto leerte.

    • Mi madre asumió los dos roles, tal como les toca hacer a muchas y lo hizo fenomenal. Qué más puedo decir? Soy su hija!
      Gracias por el elogio…Todavía soy algo timida con esto de la escritura. Cuando me dicen que lo hago bien, siento como que me ha entrado una basurilla en el ojo…

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