Archivos Mensuales: julio 2011

El pulgar no miente

 Cuando presento a mi madre como mi madre (y no puede ser de otra manera ya que es mi madre) suele suceder lo siguiente: La gente entorna los ojos, me mira con suspicacia y no puede evitar la siguiente afirmación “Entonces te pareces a tu padre”. Cuando contesto que no,  que tampoco me parezco a mi padre, la mirada de suspicacia se traslada a mi madre que, debo decirlo, se lo toma con mucha deportividad.

Es éste un hecho recurrente en mi vida. Lo vengo viviendo desde que mi madre me llevaba en brazos,  y cualquiera podría pensar, sin equivocarse, que más de algún trauma arrastro por ello.

Poéticamente al momento de la concepción lo llaman “el milagro de la vida”, aunque, para llamar a las cosas por su nombre, lo que está teniendo lugar en ese preciso momento es, más bien, una lotería genética. El orgasmo que catapulta a un puñado de espermatozoides a las  entrañas de nuestra madre -aunque nos dé repelús imaginarlo siquiera-, culmina cuando el más listo y rápido de todos los renacuajos, “se cuela”. Es entonces cuando, incluso en aspectos que van más allá de nuestra comprensión,  nuestra suerte está echada.

En mi caso particular, de mi madre no heredé su piel blanca, casi traslúcida, ni sus pómulos altivos que nada tienen que envidiar a cualquier chica de portada. De mi padre no heredé su nariz respingada, ni su figura estilizada. Qué lástima. Podría haber sido yo un bombón.

En mi afán por encontrar esas características que despejaran cualquier duda de que yo era quien se suponía era,  me pasé mi infancia y parte de la adolescencia tratando de detectar  esos rasgos comunes con mis progenitores, observando sus gestos más peculiares e intentando verme reflejada en ellos.

Con mi padre fue difícil. Soy hija de padre ausente y lo más a mano que tenía era un puñado de fotografías suyas, deslucidas por el paso del tiempo. Repasarlas una y otra vez era un juego cruel que me dejaba frustrada y con una sensación muy parecida a la rabia aposentada en la boca del estómago. Con mi madre fue diferente. Tuve tiempo de observarla y descubrí que ponemos las manos en la misma posición al dormir y que los trazos de nuestra caligrafía son sospechosamente parecidos. Pero a la vez era consciente de que eso no era ninguna garantía, ya que esos pueden ser hábitos que se aprenden por imitación. La verdad es que todas esas similitudes que construía en mi cabeza se me venían abajo cuando, en mi adolescencia, mi madre, y con razón, me recriminaba lo desordenada, irresponsable y desconsiderada que yo era, rematando la regañina con la frase “Es que no parece hija mía”.

Cuando había dado el asunto por olvidado, alguien me hizo notar que tengo el andar característico de mi abuela paterna, pero, aún así, tuvo que volver a entrar mi padre en mi vida para que me diera cuenta de que  los rasgos que me delatan como hija de mis progenitores están, más bien,  ocultos o pasan desapercibidos.

En conclusión, de mi padre heredé la melomanía y la obsesión compulsiva por las cosas que me gustan, aunque hubiese preferido heredar su capacidad de dejarlo todo sin mirar atrás…lo que me lleva a pensar que lo “desordenada, irresponsable y desconsiderada” también lo saqué  de él.

De mi madre, por desgracia, poco tengo. Hubiese preferido que por vía genética me trasfundiera esa tenacidad que la  caracteriza, pero me identifico más con su ingenuidad.

Un día descubrí que mi tía, mi prima, mi madre y yo tenemos idénticos  pulgares en los pies. Al parecer es la marca de la casa.

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