Archivos Mensuales: febrero 2011

Mentiras y gordas

Mi cínico favorito de la televisión, el Dr. House, parte de una premisa básica para diagnosticar a sus pacientes sin importar edad, raza, credo, ideología política o, incluso, grado de consanguinidad: Todo el mundo miente, esa es la simple constante del género humano. La variable, ya no tan simple, de la ecuación sería sobre qué miente.
Nos enseñan desde pequeños que mentir es malo y  tradicionalmente nos educaban con el método del pecado y penitencia, es decir, sabiendo que cada cosa mala que hacemos merece un castigo.
Los que profesan la doctrina cristiana estarán de acuerdo conmigo en que las leyes divinas no distinguen entre pecados grandes y pequeños. Tan condenable es robar, matar y codiciar el bien ajeno, como lo es mentir. Sin embargo, al margen de las leyes divinas, la humanidad tiene sus propios estándares, y, aunque los tres primeros sean más o menos condenables, mentir, en algunos casos, hasta se considera políticamente correcto.
Lo que muchos no se han detenido a pensar es que las mentiras tienen su propia ley natural y ésta reza así: No importa cuánto las maquilles, dónde las escondas, cuan profundo las sepultes, las mentiras que salen de tu boca, más tarde o más temprano y de forma inevitable, se te darán la vuelta y te morderán el culo.
En fin, que podemos tener razones más o menos válidas para engañar a los demás (allá cada quien con su conciencia), pero lo realmente retorcido es cuando nos mentimos a nosotros mismos, y en eso, déjenme decirles, los gordos nos llevamos la palma.
No estoy gorda, es que tengo huesos grandes ¿les suena? O, no es que esté gorda, es que retengo líquidos. ¡Ja!
Recuerdo la última vez que bajar de peso estuvo en mi lista de propósitos de año nuevo; era diciembre y mi amiga O y yo estábamos degustando un típico plato navideño, sí, uno de esos cuya etiqueta nitricional pondría: chorrocientas calorías por cada 100 gramos. A la vez, hablábamos de lo rotundas que nos habíamos puesto y trazábamos planes, entre un bocado y otro, para poner remedio al asunto, eso sí, en cuanto acabaran los festejos. Entre plática y bocado hicimos un alto y en ese momento tuve una visión profética: mirémonos bien, le dije, porque nunca más nos volveremos a ver así. Tan profética fue mi visión que para la navidad siguiente, entre las dos le habíamos agregado unos 20 kilos más a nuestros huesos.
Muy a mi pesar me declaré caso perdido y no volví a poner adelgazar en mi lista de objetivos de año nuevo, hasta ahora. Valga aclarar que la idea partió de una amiga al otro lado del mundo. Ella, que siempre ha sido más bien delgaducha, de repente se encontró con que había subido varias tallas y ha decidido ponerle un alto al asunto con dieta y gimnasio incluido. Yo, de envidiosa, le propuse hacerlo juntas, pero a la distancia. Mis kilos contra sus libras. Pero esta vez de verdad, sin auto engaños.
Para que vean que voy en serio, empezaré confesando que quiero hacer esto por pura y simple vanidad, así que me ahorraré el discurso-cliché de quiero adelgazar por salud. Mi último chequeo médico me afirma que estoy como una rosa y ya puestos a ser honestos, lo que verdaderamente me mueve es la imagen de un vestido ibicenco de hombros descubiertos deslizándose grácilmente por mis piernas mientras camino con aire despreocupado por Madrid una calurosa tarde de verano. ¡Se puede ser más frívola!
Como dije antes, me educaron creyendo que todo pecado merece su penitencia, y por lo tanto toda redención, su recompensa. Ese vestido será mi premio si no olvido que las dieta también tiene su propia ley natural: No importa cuánto te engañes, esas calorías de más, tarde o temprano e inevitablemente se te notan en el culo.

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