De metáforas y epifanías

Me reinvento cada día, a cada hora. En un momento pierdo totalmente la fe en mí misma y en lo que me rodea y me prometo no volver a desear nada nunca más, porque desear, me digo, sólo sirve para acumular frustraciones. Al final nunca nada es como lo imaginamos.
Me pongo en plan drama shakesperiano y me reafirmo en que, de ahora en adelante, voy a vivir como la hierba del campo, que simplemente vive resignada a su suerte: me encogeré cuando me pisen, me quedaré desnuda cuando el viento caprichoso me despoje de mi abrigo, me plegaré en mis raíces cuando me golpee el crudo invierno y reverdeceré cuando el tiempo sea benigno. Iré con la corriente. Renunciaré a las esperanzas. Me limitaré a anhelar tan poco como sea humanamente posible. Sencillo. Práctico. Indoloro.
Al momento siguiente, puedo sentir una especie de corrientazo eléctrico bajando por mi columna vertebral llamándome al orden y, casi sin darme cuenta, estoy en plan discurso-de-graduación, asaltada por la sensación de que cualquier obstáculo puede ser derribado, cualquier montaña puede ser escalada y que me basto yo sola para llegar al final de cualquier camino, por escarpado que éste sea. Hasta puedo escuchar las notas de The Climb de Miley Cyrus como banda sonora de esta epifanía. Patético, lo sé.
Hay ocasiones en que siento la resignación intentando colarse disfrazada de así-es-la-vida, buscando dentro de mí un sitio donde acampar, decidida a doblegar mi espíritu, pero instintivamente la expulso y me permito soñar, me permito creer que no todo está perdido y, así como momentos antes era un ruin hierbajo a merced del tiempo, ahora, con una claridad pasmosa, se me revela el camino para llegar exactamente a donde quiero llegar.
Supongo que en eso radica la excepcionalidad del ser humano. Nuestra naturaleza nos impele a querer mas siempre, a no rendirnos nunca, a descubrir cada día que dentro de nosotros hay un poco de ese David intrépido que, aún a sabiendas de su insignificancia, con un tiro certero de fe venció a Goliat.
Al final me doy cuenta de que la metáfora de la hierba, quitándole el drama, no está tan desencaminada. Esta humilde variedad de planta guarda en su ordinariez y tosquedad una potente fuerza vital y aunque la arranquen de raíz, sus semillas diminutas se esparcen silenciosas por el campo, y por muy crudo que haya sido el invierno, brota resuelta cada primavera.

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Acerca de nesty28

¿Quién soy?...Pregunta inútil , donde las haya. ¿De dónde vengo?...¿Importa?

Publicado el diciembre 19, 2010 en la caja de pandora. Añade a favoritos el enlace permanente. 1 comentario.

  1. Puede ser cierto lo que dicen de que el ánimo es cambiante y de que en todo caso, hay que tener que confiar en las ganas de vivir de uno, pero me abruma tanto pensamiento profundo, y creo que como no es eso lo que pretendes, mejor me callo…

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