De cómo Santa me echó a perder la navidad

Soy de la generación obtusa que defendía la existencia incuestionable de Santa Claus; de esas que le escribía cartas cuidando la ortografía porque, como comprenderán, no podía pretender que se creyera mis embustes de buena estudiante, si mi pésima gramática me delataba; de esas que se tiraba los trastos a la cabeza con cualquiera que se atreviera a poner en tela de juicio quién era realmente el que dejaba los regalos al pie de mi cama. Aún así, puedo precisar el día en que la magia de la navidad se evaporó, el momento exacto en que, teniendo a Santa al alcance de mi mano, dejé de creer.
Ese año las rutinas cambiaron. A pesar de la insistencia de mi abuela, no me dejé llevar por el entusiasmo de escribir la consabida carta con la lista de mis deseos. Y no es que no quisiera hacerla. Sencillamente me daba vergüenza poner por escrito lo único que mi corazón, ya no tan infantil, deseaba. Un deseo tan simple como quimérico: que con la vuelta a clases después de vacaciones, el objeto de mi afecto, es decir, Marlon Mejía, se dignara a poner sus ojos en mí. Que comprendiera que yo no era una irremediable idiota, sino que su sola presencia me dejaba lívida, incapaz de reaccionar a cualquier estímulo. Supongo que no escribí esa carta porque mi, ya no tan inocente, corazón, intuyó que en los asuntos del amor Santa carecía de jurisdicción.
Ese año la puesta en escena fue impecable. Ni siquiera nos tuvimos que esperar a la mañana de navidad para abrir los regalos. Como todos los años nos reunieron a todos los chiquillos en la sala, sólo que esta vez, en el momento menos esperado, se fue la luz. La reacción inmediata fue el silencio, momento que aprovecho el viejo barrigón para soltar su famoso jo jo jo por la ventana. Se hizo la luz de nuevo y nuestras caras eran de estupefacción. No reaccionamos hasta que uno de nosotros empezó a chillar de emoción y el resto le seguimos en una algarabía que rozaba la locura. Los adultos nos animaron a ir a ver de dónde procedía la risa, y salimos en tropel sin esperar que nos repitieran la orden. Santa no estaba, pero una luna plateada iluminaba un arsenal de paquetes primorosamente envueltos y etiquetados junto a la fuente del patio. Los adultos nos ayudaron a llevar los nuevos tesoros a buen recaudo dentro de la casa y sin esperar la orden, nuestras codiciosas manos destrozaron lazos y envoltorios descubriendo bicicletas, muñecas, robots, pistolas, espadas, coches de carrera, juegos de mesa, cocinas y todo cuanto un niño puede desear una Nochebuena.
Cuando mas distraídos estábamos probando, comparando y presumiendo nuestros nuevos cacharros, Santa se presentó en la sala con su inseparable saco blanco sobre el hombro y su jo jo jo característico. Nos abalanzamos sobre él y pude percibir en su ropa un ligero olor a la cocina de mi abuela. Supuse que ni Santa se había librado de la manía de mi Nana de ofrecer tamales a todo ser viviente que se pasara por su cocina.
Por turnos nos sentamos en su regazo y mientras nos preguntaba si habíamos sido buenos niños, sacaba del saco los regalos más clásicos: cuentos, libros de colorear y crayones.
No era un Santa de pacotilla. Su disfraz era pulcro, su barriga era auténtica y su barba no era de esas de quita y pon como las que llevan los Santas de los centros comerciales. Cuando me tocó mi turno, me percaté de que bajo las gafas Santa tenía la mirada bondadosa que siempre me había imaginado, y de que Santa, señoras y señores, sudaba como un cerdo. Supongo que sus mofletes sonrosados eran debido a llevar, así fuera en diciembre, un traje polar rojo en pleno trópico. ¡Pobre hombre!
Se fue como vino deseándonos las mejores fiestas y dejándome, como recuerdo de ese día, una foto y la certeza de que la magia se había roto para siempre.
A la mañana siguiente mientras, desparramada por el suelo, coloreaba las mejillas de un enano de Blanca nieves en color Carnation pink, me di cuenta de dos cosas: que no era tanto que me gustara colorear, como los preciosos nombres de los crayones Crayola, y que cuando el acné y las hormonas entran como un torbellino por la puerta, la inocencia se esfuma discretamente por la ventana.

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Acerca de nesty28

¿Quién soy?...Pregunta inútil , donde las haya. ¿De dónde vengo?...¿Importa?

Publicado el diciembre 3, 2010 en la caja de pandora y etiquetado en , . Guarda el enlace permanente. Deja un comentario.

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