Archivos Mensuales: diciembre 2010

El último de 2010

Hace un año, mientras mataba las horas curioseando en internet, se me ocurrió escribir un blog. No es que la idea en sí fuera brillante. A millones de personas antes que a mí se les ha ocurrido lo mismo. Lo extraordinario lo constituía el hecho de que, en un repentino arranque, decidí hacer a un lado mi timidez literaria crónica para compartir cosas muy íntimas, muy mías, con cualquier conocido o desconocido que tuviera acceso a internet.
No era mi intención, pero al final mi blog terminó convirtiéndose en una especie de diario.
Como muchas, en mi adolescencia, solía escribir un diario. Llegué a completar 3 cuadernos en un período de 4 años. Sin saber realmente porqué, los guardaba celosamente, ya fuera en el rincón más inaccesible de mi desordenado armario, en el fondo de una maleta o de una caja de libros, o los aseguraba bajo llave en el único cajón de mi cómoda que tenía cerradura. Ahora que lo pienso, no es que yo tuviera grandes secretos que ocultar, pero sí recuerdo con nitidez que me aterrorizaba imaginar que alguien pudiera leer lo que yo, en mis momentos más íntimos, pensaba, que era, al fin y al cabo, lo que contenían esos diarios.
Soy migrante por naturaleza y cada vez que emprendía una nueva aventura con rumbo a ninguna parte, lo primero que metía en mi maleta eran esos 3 cuadernos. Solía pasar que, buscando otras cosas, me tropezaba con ellos, e invariablemente me detenía a leer al azar algunos de mis escritos. Al hacerlo me embargaba una exquisita nostalgia al recordar personas que se habían ido para siempre de mi vida, o lugares que sabía volvería a visitar, pero que a mis ojos jamás serían los mismos.
Acostumbraba reírme del tono grave que solía usar para describir sucesos que el paso del tiempo se había ocupado en descurtir para convertirlos en anécdotas, algunas de ellas hasta graciosas, o de mis absurdos sueños de adolescente que, ahora vengo a descubrir, no lo eran tanto. Aún así, la aprensión que me provocaba que alguien pudiera leerlos no me abandonaba.
Un día me tropecé con ellos en muy mal momento. Estaba enojada por un motivo que ya ni siquiera recuerdo, y en un súbito arrebato me desquité la furia rociándolos de gasolina y prendiéndoles fuego. Los vi arder sin inmutarme. Ahora, claro está, me arrepiento.
Pocas cosas recuerdo de lo que en ellos escribí, porque aunque el tango aquel diga que “veinte años no es nada”, veinte años son muchos años, pero lo que sí me causa risa es recordar las horas que pasé maquinando cuál sería el próximo escondite para mis diarios.
Finalmente el secreto que inconscientemente yo quería proteger, dejó de ser secreto desde el momento mismo que decidí escribir un blog, y sólo por eso vale decir que para mí el 2010 fue un buen año.
 
 

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De metáforas y epifanías

Me reinvento cada día, a cada hora. En un momento pierdo totalmente la fe en mí misma y en lo que me rodea y me prometo no volver a desear nada nunca más, porque desear, me digo, sólo sirve para acumular frustraciones. Al final nunca nada es como lo imaginamos.
Me pongo en plan drama shakesperiano y me reafirmo en que, de ahora en adelante, voy a vivir como la hierba del campo, que simplemente vive resignada a su suerte: me encogeré cuando me pisen, me quedaré desnuda cuando el viento caprichoso me despoje de mi abrigo, me plegaré en mis raíces cuando me golpee el crudo invierno y reverdeceré cuando el tiempo sea benigno. Iré con la corriente. Renunciaré a las esperanzas. Me limitaré a anhelar tan poco como sea humanamente posible. Sencillo. Práctico. Indoloro.
Al momento siguiente, puedo sentir una especie de corrientazo eléctrico bajando por mi columna vertebral llamándome al orden y, casi sin darme cuenta, estoy en plan discurso-de-graduación, asaltada por la sensación de que cualquier obstáculo puede ser derribado, cualquier montaña puede ser escalada y que me basto yo sola para llegar al final de cualquier camino, por escarpado que éste sea. Hasta puedo escuchar las notas de The Climb de Miley Cyrus como banda sonora de esta epifanía. Patético, lo sé.
Hay ocasiones en que siento la resignación intentando colarse disfrazada de así-es-la-vida, buscando dentro de mí un sitio donde acampar, decidida a doblegar mi espíritu, pero instintivamente la expulso y me permito soñar, me permito creer que no todo está perdido y, así como momentos antes era un ruin hierbajo a merced del tiempo, ahora, con una claridad pasmosa, se me revela el camino para llegar exactamente a donde quiero llegar.
Supongo que en eso radica la excepcionalidad del ser humano. Nuestra naturaleza nos impele a querer mas siempre, a no rendirnos nunca, a descubrir cada día que dentro de nosotros hay un poco de ese David intrépido que, aún a sabiendas de su insignificancia, con un tiro certero de fe venció a Goliat.
Al final me doy cuenta de que la metáfora de la hierba, quitándole el drama, no está tan desencaminada. Esta humilde variedad de planta guarda en su ordinariez y tosquedad una potente fuerza vital y aunque la arranquen de raíz, sus semillas diminutas se esparcen silenciosas por el campo, y por muy crudo que haya sido el invierno, brota resuelta cada primavera.

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De cómo Santa me echó a perder la navidad

Soy de la generación obtusa que defendía la existencia incuestionable de Santa Claus; de esas que le escribía cartas cuidando la ortografía porque, como comprenderán, no podía pretender que se creyera mis embustes de buena estudiante, si mi pésima gramática me delataba; de esas que se tiraba los trastos a la cabeza con cualquiera que se atreviera a poner en tela de juicio quién era realmente el que dejaba los regalos al pie de mi cama. Aún así, puedo precisar el día en que la magia de la navidad se evaporó, el momento exacto en que, teniendo a Santa al alcance de mi mano, dejé de creer.
Ese año las rutinas cambiaron. A pesar de la insistencia de mi abuela, no me dejé llevar por el entusiasmo de escribir la consabida carta con la lista de mis deseos. Y no es que no quisiera hacerla. Sencillamente me daba vergüenza poner por escrito lo único que mi corazón, ya no tan infantil, deseaba. Un deseo tan simple como quimérico: que con la vuelta a clases después de vacaciones, el objeto de mi afecto, es decir, Marlon Mejía, se dignara a poner sus ojos en mí. Que comprendiera que yo no era una irremediable idiota, sino que su sola presencia me dejaba lívida, incapaz de reaccionar a cualquier estímulo. Supongo que no escribí esa carta porque mi, ya no tan inocente, corazón, intuyó que en los asuntos del amor Santa carecía de jurisdicción.
Ese año la puesta en escena fue impecable. Ni siquiera nos tuvimos que esperar a la mañana de navidad para abrir los regalos. Como todos los años nos reunieron a todos los chiquillos en la sala, sólo que esta vez, en el momento menos esperado, se fue la luz. La reacción inmediata fue el silencio, momento que aprovecho el viejo barrigón para soltar su famoso jo jo jo por la ventana. Se hizo la luz de nuevo y nuestras caras eran de estupefacción. No reaccionamos hasta que uno de nosotros empezó a chillar de emoción y el resto le seguimos en una algarabía que rozaba la locura. Los adultos nos animaron a ir a ver de dónde procedía la risa, y salimos en tropel sin esperar que nos repitieran la orden. Santa no estaba, pero una luna plateada iluminaba un arsenal de paquetes primorosamente envueltos y etiquetados junto a la fuente del patio. Los adultos nos ayudaron a llevar los nuevos tesoros a buen recaudo dentro de la casa y sin esperar la orden, nuestras codiciosas manos destrozaron lazos y envoltorios descubriendo bicicletas, muñecas, robots, pistolas, espadas, coches de carrera, juegos de mesa, cocinas y todo cuanto un niño puede desear una Nochebuena.
Cuando mas distraídos estábamos probando, comparando y presumiendo nuestros nuevos cacharros, Santa se presentó en la sala con su inseparable saco blanco sobre el hombro y su jo jo jo característico. Nos abalanzamos sobre él y pude percibir en su ropa un ligero olor a la cocina de mi abuela. Supuse que ni Santa se había librado de la manía de mi Nana de ofrecer tamales a todo ser viviente que se pasara por su cocina.
Por turnos nos sentamos en su regazo y mientras nos preguntaba si habíamos sido buenos niños, sacaba del saco los regalos más clásicos: cuentos, libros de colorear y crayones.
No era un Santa de pacotilla. Su disfraz era pulcro, su barriga era auténtica y su barba no era de esas de quita y pon como las que llevan los Santas de los centros comerciales. Cuando me tocó mi turno, me percaté de que bajo las gafas Santa tenía la mirada bondadosa que siempre me había imaginado, y de que Santa, señoras y señores, sudaba como un cerdo. Supongo que sus mofletes sonrosados eran debido a llevar, así fuera en diciembre, un traje polar rojo en pleno trópico. ¡Pobre hombre!
Se fue como vino deseándonos las mejores fiestas y dejándome, como recuerdo de ese día, una foto y la certeza de que la magia se había roto para siempre.
A la mañana siguiente mientras, desparramada por el suelo, coloreaba las mejillas de un enano de Blanca nieves en color Carnation pink, me di cuenta de dos cosas: que no era tanto que me gustara colorear, como los preciosos nombres de los crayones Crayola, y que cuando el acné y las hormonas entran como un torbellino por la puerta, la inocencia se esfuma discretamente por la ventana.

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