Archivos Mensuales: noviembre 2010

Miedo

Déjame que yo te diga unas palabras acerca del miedo. Es el único y auténtico adversario de la vida. Sólo el miedo puede vencer a la vida. Es un contendiente traicionero y perspicaz, y bien que lo sé. Carece de decoro, no respeta ninguna ley, ningún principio. Te ataca el punto más débil que siempre reconoce con una facilidad infalible. Empieza con la mente, siempre. Estás tranquilo, sereno y feliz y al poco rato el miedo, ataviado con la vestimenta de duda afable, se te cuela en la mente como un espía. La duda se encara con la incredulidad y la incredulidad trata de expulsarla. Sin embargo, la incredulidad es un mero soldado de infantería desprovisto de armas. La duda la elimina en un santiamén. Te inquietas. La razón viene a luchar por ti. Te tranquilizas. La razón está bien equipada con armas de última tecnología. No obstante de forma asombrosa, a pesar de contar con unas tácticas superiores y un número de victorias aplastantes, la razón se queda fuera de combate. Te sientes debilitar, flaquear. La inquietud se torna terror.
El miedo entonces acomete contra el cuerpo, que ya se ha dado cuenta que algo va horriblemente mal. Los pulmones ya han salido volando como un pájaro y las tripas se te han escurrido como una serpiente. Ahora la lengua se te cae muerta como una zarigüeya y la mandíbula empieza a galopar sin poder avanzar. Ensordeces. Los músculos te tiritan como si padecieras malaria y las rodillas te tiemblan como si estuvieras bailando. El corazón se pone demasiado tenso y el esfínter demasiado relajado. […]
Te ves tomando decisiones precipitadas de forma atropellada. Despides a tus últimos aliados: la esperanza y la fe. Y ya está, tú mismo te has derrotado. El miedo, que no es más que una impresión, ha triunfado sobre ti.
Es una cuestión difícil de plasmar con palabras, pues el miedo, el miedo de verdad, el que te sacude hasta los cimientos, el que sientes cuando te encuentras cara a cara con la muerte, te corroe la memoria como la gangrena: intentará cariarlo todo, hasta las palabras que pronunciarás para hablar de él. Tienes que luchar a brazo partido para alumbrarlo con la luz de las palabras. Porque si no te enfrentas a él, si tu miedo se vuelve una oscuridad muda que evitas, quizá hasta olvides, lo que te expone a nuevos ataques de miedo porque nunca trataste de combatir al adversario que te venció.

Tomado del libro VIDA DE PI de YANN MARTEL

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Limpia la casa Juanita

Solemos desdeñar las tareas domésticas porque, quién prefiere fregar los platos de la cena, a sentarse tranquilamente a disfrutar de los programas del prime time. O quitar las telarañas de esa esquina que se nos resiste, a salir a dar un paseo para disfrutar del escaso sol de la temporada. Pero las tareas domésticas nos ofrecen algo más, o por lo menos es mi caso. No sé ustedes, pero yo, en lo particular, cuando tengo un problema no me siento a pensar cómo resolverlo, ni me acuesto por las noches rumiando el asunto en mi cabeza. Cierto es que lo he intentado, pero admito que el fracaso ha sido inminente. Cuando más pretendo centrar mi atención en algo, más divago. En cambio, es en esos momentos en que me afano sacándole brillo a la grifería del baño, o cuando ordeno la pirámide de libros de mi escritorio, o cuando estoy a punto de acallar el bramido de la aspiradora de un certero tirón, que las ideas de mi cabeza se ordenan y las cosas adquieren una claridad pasmosa.
Si me siento a escribir partiendo de cero, con la simple intención de escribir lo que salga de mi cabeza, lo más probable es que dos horas después siga con la pantalla en blanco porque no he podido hilvanar dos ideas con sentido. Mis historias se gestan mientras tiendo la ropa y el aroma de Ariel (esta publicidad es gratuita) adormece mi olfato, o mientras aliso las sábanas de mi cama por las mañanas. Ponerme a hacer alquimia en la cocina me hace llegar a cotas muy altas de lucidez…que después le toca pagar a mi cintura porque, al fin y al cabo, alguien tiene que comerse las galletas y bizcochos que salen del horno(aunque debo reconocer que Benítez colabora con la causa).
He descubierto que cuando estoy enojada, limpio, así que a las tareas domésticas también debo reconocerles cualidades terapéuticas. El día que lleguen a mi casa y la tenga como una patena, no se vayan a creer que soy una obsesiva de la limpieza (ya quisiera yo); lo más seguro es que alguien me haya hecho rabiar tanto que,  para sacarme la furia del cuerpo y no armar un berrinche, la escoba y el estropajo hayan tenido que hacer horas extras. Lastimosamente no me pasa muy a menudo.
Pero no crean, esos flashes de iluminación son escurridizos; en un abrir y cerrar de ojos me puedo quedar con la sensación de que había un punto al que yo quería llegar y sencillamente no saber cuál era…como ahora.

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Furor otoñal

El final del laberinto by Sae Lin®

Del otoño me gusta respirar el aire frío y ese errático soplo que se cuela en mi ropa y alborota mi pelo. Me fascina el sutil murmullo de las hojas secas y el perfume intenso de las mandarinas; los cielos plomizos, los bucles de nubes lechosas y el sol que calienta pero que no abrasa. Me seducen los árboles desvistiéndose al son de la impúdica danza de las hojas, dormir con calcetines y despertar como una oruga envuelta entre las mantas; pecar de pereza un domingo lluvioso y sumergirme sin culpa en su melancolía; tropezar con el espejo tembloroso de los charcos y saborear distraída una manzana; sentirme cautivada por su luz y por la lluvia murmurando en mi ventana.

PD. La poesía no es lo mío(para muestra un botón). Las rimas no sólo se me resisten sino que me rehúyen despavoridas.
Mi tímida intención era escribir sobre lo mucho que me gusta el otoño(es mi estación favorita) y aunque reescribí el texto una y otra vez, resultó inevitable que me saliera en una imposible y disonante rima, es decir, una burda prosa con ínfulas líricas…Una de dos: o el espíritu errante de un nefasto pero persistente poeta me soplaba al oído, o es que el otoño, por donde lo veas, es simplemente poesía.

Mantas azules

El bulto envuelto en mantas azules dormía en el cunero a los pies de su cama. Por primera vez en ese interminable día estaban solos. No estaba su marido para fingir que se sentía la mujer más afortunada del mundo, no estaba su suegra observándola con  suspicacia, no estaba su hermana  mareándola con sus consejos de madraza experta; ni siquiera estaba la enfermera, que con su mirada perceptiva y recelosa le decía- y de eso estaba segura- que ya había descubierto su secreto.
Con el semblante encogido por el dolor después de 12 horas de labor de parto,  se levantó y se calzó sus zapatillas de piel de conejo. Con pasos inciertos se dirigió al cunero y allí estaba él, durmiendo, totalmente ajeno al ataque de ansiedad que estaba a punto de golpear a su madre.
Apretó los puños con fuerza hasta hacerse daño al comprender que los peores miedos  que había mantenido en la sombra durante el embarazo se volvían realidad, y la realidad era que no sentía nada por ese niño. Nada.
Recordó el alivio que sintió su cuerpo cuando finalmente ese ser extraño y sanguinolento  emergió de sus entrañas. Recordó las arcadas al percibir el olor metálico de su propia sangre y la repugnancia de sentirlo succionando sus pezones con voracidad. Recordó que entonces, al igual que ahora, pugnó por encontrar ese lazo natural, predestinado e inquebrantable  que, se suponía, la debía unir de por vida a esa criatura, pero ni entonces ni ahora pudo encontrarlo. Ese niño se le antojaba igual de extraño que cualquiera que  la rozara por casualidad en un cruce de peatones y se odió por eso.
Contuvo la respiración cuando se percató de que las mantas azules se movían. Un lloriqueo quedo llegó a sus oídos y pensó que su instinto natural de madre la impulsaría a cargarlo, pero como única respuesta, sus brazos yacían laxos e impasibles a sus costados.
Cerró los ojos con fuerza en un intento por contener las lágrimas de culpa que ya le anegaban los ojos. No sentir nada por un ser que has llevado dentro tuyo te convierte, como mínimo, en un monstruo abominable, se culpó.
El lloriqueo ganó intensidad hasta convertirse en un llanto agudo y demandante. Abrió los ojos para descubrir que ahora el bulto se revolvía inquieto. Su cabeza había desaparecido enredada entre las mantas. Era evidente que esas malditas mantas azules lo sofocaban, que lo estaban ahogando.
Obligó a sus miembros a obedecerla con prisa y con toda la delicadeza de que fue capaz lo liberó de la trampa. Sujetándolo torpemente lo acuno en sus brazos y el llanto cesó al instante.
Unos ojos marrones a juego con unos incipientes rizos color chocolate  la observaban con una curiosidad que no creía posible en un recién nacido.
Pensó que, en efecto, eran dos extraños  y como extraños que eran, lo primero era proceder a las presentaciones formales.

-Hola Daniel-le saludó, con el mismo tono que utilizaba con los muchos clientes  que trataba a diario-. Yo soy Lorena, y a partir de hoy seré tu mamá.

Daniel la observó, luego pestañeó y una mueca parecida a una sonrisa le curvó los sonrosados labios. Lorena sonrió a su vez y dejó escapar una nueva oleada de lágrimas al sentir como si algo agradablemente cálido, que sólo podía ser ternura,  le inundaba el pecho.

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