Archivos Mensuales: octubre 2010

El jardinero ¿fiel?

Será porque soy de la vieja escuela pero siempre he creído que a la hora de ligar las mujeres lo teníamos más cuesta arriba que los hombres. Hoy, viendo a uno traicionado por sus palabras tartamudeando frente a mí y conjugando los verbos en tiempos erróneos, me he convencido de que he estado equivocada. Tuve que salir a su rescate terminando las oraciones por él y reprimir una pena casi maternal que me empujaba a darle unas palmaditas en la espalda y a decirle que no se preocupara, que todo iba a estar bien.
El individuo en cuestión es el jardinero del edificio de enfrente. Lleva rondándome dos años y lo más que ha conseguido han sido sonrisas claramente fingidas, malas miradas y respuestas mordaces de mi parte, sin olvidar la oferta de un bastonazo letal por parte de Manola, pero por lo visto hay gente impermeable a las calabazas.
La verdad es que conmigo empezó mal. Quiso llamar mi atención como lo haría la mayoría del colectivo macho-latino, es decir, con piropos y frases hechas:
1.- ¡Adiós guapa! – cada vez que pasaba frente al edificio en que trabaja, que es unas 6 veces al día.
2.-“Qué bonitos ojos tienes”- ¡Pero si llevo gafas y me estás viendo a tres metros de distancia, so bruto!
3.-“¿Cómo te llamas, bonita?”- Se lo hubiese dicho si no hubiera agregado el “bonita”
4.- “¡Adiós preciosa! Que Dios te guarde y me de la llave”- …Bueno, vale, admito que ese no estuvo mal.
Se lo conté a una buena amiga y crueles, como sólo podemos serlo las mujeres, nos reímos un buen rato a su costa, aunque ésta terminó sugiriéndome que le diera una oportunidad. Si es jardinero, debe ser un hombre tierno y delicado, fue su razonamiento, pero por fortuna, antes de que tal idea echara raíces en mi cabeza, descubrí por casualidad que el susodicho está casado y tiene 3 hijos. Típico. Ahí fue cuando Manola le ofreció un bastonazo si no me dejaba en paz y lo hizo con tal virulencia que a partir de ese día, el casanova dejó de esperarme en el portal de su edificio y si por un casual nos encontrábamos, agachaba la cabeza o desviaba la mirada… Hasta ayer que con un shh, shh, shh quiso llamar mi atención desde su portal y yo, sabiendo sin ninguna duda que era él, pretendí no escuchar y empecé a tararear una canción fingiendo llevar mis auriculares a mucho volumen. Aún así, no se dio por vencido y hoy por la mañana me llamó a voces desde el otro extremo de la calle. No quise ser mal educada y me detuve. Quería comentarme una nadería sobre el día de la Hispanidad y se enredó tanto el pobrecito que me embargó una mezcla de vergüenza ajena y simpatía hasta el punto de despedirme de él con una sonrisa. Mal hecho.
-¡Adiós guapa!- escuché hoy por la tarde desde su portal.
La verdad es que las leyes de la atracción son una ciencia ignota.

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El placer de miccionar

 Sé que la presente publicación puede herir susceptibilidades, pero no pienso pedir disculpas porque hoy es el día que reivindico el disfrute de los placeres simples de la vida, hoy cotizan al alza la libre elección de cómo, cuándo y dónde, hoy creo firmemente que no necesito peregrinar hasta Santiago para sentir paz en mi interior, un día como hoy comprendo que no es necesario ir a Roma y sumergirme en la Fontana de Trevi para sentir que vivo La Dolce Vita,  hoy vislumbro que la felicidad  puede llegar envuelta en porcelana, porque hoy,  señoras y señores, hoy descubrí el secreto placer de mear, hacer pis, hacer del 1, o hacer aguas menores- ustedes elijan el término que menos hiera sus escrúpulos-.

Me explico:

Sin saber cómo, un chequeo médico de rutina me hizo aterrizar en la sala de Diagnóstico por imágenes del hospital para una ecografía abdomino-pélvica. Las instrucciones previas a dicho escrutinio eran breves y concisas: llegar con la vejiga llena.

Como paciente obediente que soy me presenté una hora antes de lo previsto pertrechada con una garrafa de dos litros de agua de la cual empecé a beber sin sed y con resignación.  Media hora después me pesaba la vejiga y quince minutos más tarde comenzaba a pasearme nerviosamente por los pasillos.

Por una vez en una cita médica mi nombre sonó con puntualidad inglesa y a punto estuve de asaltar a besos a la enfermera.

La técnico se presentó como Susana y con una sonrisa  amable me pidió que me quitara la ropa y me tumbara en la camilla, a la vez que me preguntaba si tenía ganas de hacer pis.

-Muchas, muchas, muchas-contesté por triplicado , pensando ingenuamente que mi contundente respuesta la alertaría de lo mucho que yo quería hacer pis, y hacerlo ya.

Un chico de ojos azules y granos en la cara que había permanecido calladamente sentado en un escritorio se acercó y,  poniéndose unos guantes tan azules como sus ojos,  procedió a untar mi barriga con ese líquido frío y viscoso que se utiliza en estos casos.

Yo creía que era el médico, pero resultó ser un estudiante. No me lo tomen a mal, no estoy en contra de que mi cuerpo sirva para impulsar el aprendizaje de las futuras generaciones , pero la cosa cambia cuando mi vejiga a punto de explotar está de por medio,  ya que debido a su condición de aprendiz, el análisis de cada imagen tomaba el doble o el triple de tiempo, en resumen , una eternidad.

Comenzaron con mi páncreas. Lo midieron, le sacaron fotografías desde tres ángulos diferentes y se explayaron en halagos sobre lo hermoso y definido que se veía en el monitor, hasta el punto que  empezó a arderme la cara de vergüenza. Como comprenderán no estoy acostumbrada a que le lancen piropos a mis vísceras. Otro tanto pasó con mi bazo, mis riñones, y mi vesícula.  Mi hígado, por otra parte, fue el niño feo. Algo indefinido se apreciaba , dijeron, por lo cual debían llamar al médico a que corroborará.

-Falta mucho- pregunté con un hilillo de voz. A estas alturas, sentía mi vejiga del tamaño de un balón de playa, tenía las manos gélidas y un sudor frío me bañaba entera.

-Ya casi acabamos -me contestó la técnico con su imborrable sonrisa-. Sólo nos faltan los ovarios. Por lo que puedo observar de tu vejiga, sé que tienes muchas ganas de hacer pis-agregó, a la vez que me señalaba el monitor, donde pude apreciar una pelota tensa que parecía un eclipse de sol-.  Lo que te voy a hacer ahora es muy desagradable y te vas a acordar de mí y de toda mi familia y yo lo comprenderé, pero es lo último y será rápido.

-Dígame que hay un baño cerca, por favor- le supliqué.

-Esa puerta frente a ti es el baño. Relájate que ya casi acabamos.

Dicho esto, hundió la sonda convexa del ecógrafo en mi vientre y yo ahogué el grito  metiéndome la mano hecha un puño en la boca, no fueran a creer que era yo una de esas pacientes pusilánimes que saltan a la mínima incomodidad. Cinco minutos después, conmigo a punto de dejar de hacerme la valiente y echarme a llorar, mi ovario derecho jugaba al escondite.

No sé que cara tendría yo, pero la técnico le pidió a Tony, el aprendiz,  que fuera a por el médico. Por fortuna el susodicho apareció en ese momento por la puerta y, con una paciencia que me pareció infinita, procedió a repasar las imágenes de mis vísceras mágicamente congeladas en el monitor.

-Tiene unos pequeños quistes en el hígado-me dijo- pero eso es normal. La mayoría los tenemos. Su ovario derecho, por otro lado, no se ve por ningún lado. ¿Está usted segura que siempre lo ha tenido?

-A menos que se me  haya escapado sin darme cuenta, la última vez que chequeé estaba ahí- contesté , con la más falsa de mis sonrisas.

– Bueno, ya no busquemos más. Ya puede ir al …

No lo dejé acabar la frase. Con los pantalones por las rodillas me tiré de la camilla y sin detenerme a ponerme los zapatos me lancé rumbo a la puerta del baño.

Sentada en esa diosa de porcelana el mundo se me reveló como un lugar hermoso donde, aunque todo se desplomara a mi alrededor, nada más importaba. Mi vejiga era una fuente inagotable y por casi cinco minutos, con los ojos entornados y una sonrisa idiota, fui la mujer más feliz del mundo.

 

PD. Si ven un ovario sin dueño por ahí, háganmelo saber por este medio. Se agradecerá.