Archivos Mensuales: septiembre 2010

Muerte por pirueta propia

La comidilla del barrio es la muerte de la vecina del segundo piso, mujer de sonrisa tímida y cantarina voz  de soprano con la que intercambié más de alguna vez algún buenos días.

Escuchar sirenas no es ninguna novedad, la novedad es cuando las sirenas suenan al pie de mi balcón y, ante esa situación, no asomar la nariz por la ventana no es una opción.

Lo que vi por la ventana, al sucumbir a mi curiosidad, poco me ayudó para enterarme de lo sucedido. Los curiosos rodeaban el lugar a pesar de los gritos de despejen el área de la policía, pero lo que realmente llamó mi atención fue el número de personas que rodeaban a la vecina del cuarto piso que lloraba desconsolada negando enérgicamente con la cabeza y llevándose las manos al rostro. Supuse, como es lógico, que lo que ocurría estaba relacionado con ella y, por su manera de llorar, con algún familiar, por lo que no pude evitar sentir vergüenza de estar espiando a hurtadillas las penas ajenas y me obligué a retirarme de la ventana.

Al bajar por la mañana a hacer mi compra cotidiana, mi asombro fue que a lo largo de la calle se formaban corrillos que debatían animadamente sobre el asunto, y hasta en la cola del supermercado no se hablaba de otra cosa que del suicidio de la vecina del segundo en casa de la vecina del cuarto.

Esta es la historia que pude reconstruir a partir de lo que escuche:

La del segundo y el cuarto no son amigas pero se conocen desde hace muchos años.

La del segundo es una ama de casa viuda, relativamente joven que vive sola. Tiene dos hijos, dos nietos y otro más que viene en camino. Sus hijos son muy cariñosos y la visitan cada fin de semana. Es una mujer saludable, de conversación amena  que nunca ha tenido problema alguno con los vecinos.

La del cuarto también es viuda y vive sola. Su afición es coleccionar y cultivar bonsáis, plantas éstas que son su orgullo y que cuida con mucho mimo.

De repente un día y sin previo aviso la del segundo llama a la puerta de la del cuarto y ante el asombro de esta última, la primera le dice que le han hablado de su colección de bonsáis y que le gustaría verlos, que si no es molestia, que se los muestre.

La otra no ve nada extraño en eso y le permite pasar.

La del segundo se toma su tiempo y con paciente y aparentemente sincera curiosidad le pregunta por los nombres de los ejemplares, la interroga sobre cómo descubrió su pasión por tan rara actividad, elogia algunas de estas miniaturas que están en flor, con lo cual la del cuarto se va sintiendo más a gusto y más relajada ante la inesperada visita. Por cortesía le ofrece un café, pero la del segundo declina la invitación a menos que tenga té , le dice.

 La otra le ofrece una manzanilla a lo que la del segundo asiente.

La dueña de casa se dirige a la cocina y está ausente dos minutos exactos, lo que tarda el agua en hacer ebullición en el microondas. Vuelve con una bandeja de pastas y la infusión servida en su mejor vajilla para descubrir que su visita ya no está. No ha escuchado la puerta, así que no es posible que se haya marchado. Supone que debe estar en el cuarto de baño y mientras acomoda la bandeja en la mesa del salón unos gritos procedente de la calle llaman su atención. Se asoma a la terraza y  con espanto descubre  a su visita desmadejada sobre la hierba del jardín.

Nadie se explica cómo, nadie entiende por qué y la del cuarto menos que ninguno.

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¿Será que ya no está aquí?

Por soporíferos que puedan llegar a ser me obligo a ver los noticieros todos los días por dos motivos:

 1.- Me mantienen vagamente informada de lo que pasa en el mundo.

 2.- Me hacen ubicarme en el tiempo, si no,  es posible que no sabría ni en qué día de la semana estoy.

El buffet de noticias es limitado y el menú varía muy poco de un día para otro, incluso de un mes a otro.

“Zapatero, dimisión” es el grito de guerra de la Derecha día sí y día también; las víctimas mortales de los hombres que no aman a las mujeres asciende a 45 ó 46 en lo que va de año según el noticiero que se mire; la naturaleza  toma venganza con un terremoto por aquí, una mortal inundación por allá  y en Oriente todos los días-léase de nuevo- todos los días explota, como mínimo, una bomba.

Son bombas que explotan en lugares que se me antojan lejanos y por discordias  fuera de mi comprensión.  Deduzco que desde el cómodo sillón de casa  es totalmente inverosímil que a alguien se le ocurra poner un coche bomba en la entrada principal de un mercado  por una simple diferencia ideológica o religiosa.

 Al ver las imágenes de la tragedia, no importa si ésta tuvo lugar en Bagdad, Pakistán, Afganistán o,  en el caso que me ocupa hoy, Osetia ,  da la impresión de estar viendo la  misma noticia una y otra vez . Siempre es el mismo paisaje bélico de vehículos y edificios destrozados, de cuerpos mutilados,  de miembros desperdigados, de desolación, de sangre y de muerte. Da pena ver la muda chispa de esperanza en los ojos  de los que buscan entre los escombros a sus seres queridos deseando no encontrar o escuchar los gritos de dolor y de impotencia de los que se rasgan las ropas en señal de duelo; da rabia ser espectador del horror manifiesto en los rostros de los que tuvieron la suerte o la desgracia de sobrevivir al espanto, con lesiones que les marcarán el cuerpo y el alma para siempre… Todavía no sé si soy una optimista disfrazada o una pesimista infiltrada, por la misma razón que todavía no sé si mi vaso está medio lleno o medio vacío, pero realmente dudo que esta situación tenga algún día, por muy lejano que sea, un final feliz. Presumo que como en la canción de John Lennon, lo único que podemos hacer es imaginarlo.

Se me viene a la mente una deprimente frase de Leonardo DiCaprio en Blood Diamonds:

  “A veces me pregunto si Dios perdonará algún día el daño que nos hacemos los unos a los otros . Luego me doy cuenta que Dios abandonó este sitio hace muchos años…”

Adiós, veranito adiós

El fin del verano es como el fin de año, es decir, nos da por hacer balance y proponernos metas jurando solemnemente que las cumpliremos; los que empiezan un nuevo curso se prometen que esta vez si estudiarán y no se irán de juerga entre semana; los que empiezan un nuevo trabajo, se juran que esta vez si serán responsables, cumplirán los horarios y tampoco se irán de juerga entre semana; los que han mandado la dieta al carajo-como yo-se prometen mandar al carajo los helados y, por lo menos intentar, descubrir el secreto encanto de la berenjena; los ilusos románticos que han encontrado pareja en la playa, se juran mantener viva la llama del amor así sea por medios desesperados como el messenger o Skype; los que se lamentan por sus excesos etílicos, se prometen que será la última vez; los que se reconcomen de la envidia por los excesos ajenos, se prometen que el próximo verano serán ellos los que despertarán con la peor resaca de su vida entre los muslos de una desconocida y despampanante rubia o, en el caso de las chicas, en los brazos de un bombón con acento extranjero, y así puedo seguir y seguir enumerando los tópicos típicos de la temporada, pero la verdad es que estoy con el Dr. House: el hombre no cambia y me darán la razón el próximo verano cuando nos encontremos indefectiblemente haciendo las mismas promesas con la misma falsa convicción.
Se acaba el verano, sí, y con él mis vacaciones y las de muchos. No me puedo quejar, me lo he pasado bien. He viajado, he conocido lugares nuevos y he tomado fotos, muchas fotos, para que sean testigos y guardianes de estos recuerdos que, a pesar de ser tan frescos, ya empiezan a diluirse de mi memoria.
No me lamentaré porque Don Verano se acabe ya que sinceramente- y sé que muchos me odiarán por decir esto- estoy deseando que venga el otoño; quiero dormir escuchando la lluvia golpeando mi ventana, sentir el crujir de las hojas secas bajo mis pies, maldecir el viento rebelde que alborota mi pelo, disfrutar tomando una taza de chocolate caliente, dormir con calcetines, y añorar volver al nido cálido de mi cama cuando, por las mañanas, me dirijo somnolienta al cuarto de baño.
Tampoco me lamentaré por volver al trabajo. Como siempre digo, en los tiempos que corren es bueno saber que se tiene un trabajo al cual volver y para ser honesta, hasta de las vacaciones se cansa una.