Archivos Mensuales: agosto 2010

Sueño de una noche de verano

La Marie (Marc Chagall)

Un verano rabioso nos está diciendo adiós y quiere cerrar agosto con broche de oro. Los meteorólogos nos intimidan con que este fin de semana viviremos la peor ola de calor que se ha vivido en años y nos amenazan con que debido a la humedad tendremos una sensación térmica que rozará los 50ºC; en una frase: ¡Estoy acojonada!…Yo me pregunto, ¿habrá algo más delicioso que despertarse sediento en mitad de una noche de verano y levantarse a beber agua fresca de la nevera?( Mientras escribo esto se me acaban de ocurrir un par de cosas, pero tampoco se trata de hacer este blog “Rated R”).

En fin, que por motivo de una cita con el médico me tocaba madrugar, así que  me fui a la cama temprano. Bien me hubiese ahorrado el esfuerzo porque a Morfeo no se le ocurrió aparecer sino hasta la hora que, por motivo de las vacaciones, tenemos pactada, es decir, alrededor de las 3:00AM. Ese es otro que mejor se hubiera ahorrado el viaje porque más que dormir me debatí en un duermevela agitado, caluroso y casi asfixiante; uno de esos sueños en los que te levantas más cansado aún de lo que te acostaste.

Mi cuerpo sentía tanta necesidad de agua que soñaba con ella. Las imágenes de mis pies sumergidos en las aguas frescas de una laguna perdida en alguna montaña extremadamente verde de mis subconsciente, se mezclaban con los recuerdos conscientes de una guerra de botes de ketchup vacios convertidos en improvisadas pistolas de agua que libré una vez hace muchos, muchos veranos, para luego volver a hundirme en un sueño inquieto donde sentía manar un río caudaloso desde el mero centro de mi pecho.
Dicen los expertos que los sueños son el desahogo del subconsciente, la manera natural que tiene la mente de purgar los fantasmas escurridizos que la acechan, y curiosamente mis sueños tienen la consistencia etérea de los espectros. Los míos son, por ejemplo, como una pintura de Chagall, con imágenes concretas pero brumosas e inconexas, donde es perfectamente probable encontrarme una cabra tocando el chelo junto a una novia vestida de rojo, mientras ambos parecen levitar en una noche azul.

Finalmente me desperté casi al alba con el pijama húmedo de sudor y la lengua pastosa por la sed. Con los pies descalzos y sin encender la luz adiviné el camino a la nevera dejándome guiar por el ronroneo lastimero del viejo trasto. A tientas, porque la bombilla del cacharro enciende cuando le da la gana, cogí la primera botella de agua que encontré y me la empiné vaciándola en el acto; estaba tan fría que me quedó en el pecho la sensación del río caudaloso de mi sueño.

Me volví a la cama resignada a pasar el resto de la noche en vela, pero curiosamente me dormí en el acto y empecé a soñar otra vez. Esta vez discutía con alguien por la manera correcta de escribir difícilmente. Yo insistía una y otra vez que el acento de la í era innecesario y, con toda razón, mi adversario no se cansaba de repetirme que yo estaba equivocada mientras me daba la misma cátedra de ortografía que alguna vez le impartí a mis alumnos. Me desperté un minuto antes de que sonará el despertador, cuando en mis sueño pude comprender que había estado equivocada. Supongo que a mi subconsciente no le dio la gana darle el gusto a mi adversario de ver mi cara de derrota, pero a la vez creo que fue la manera sutil y premonitoria de mi subconsciente de notificarme que difícilmente iba a llegar a mi cita médica; me confundí con el horario del autobús y no llegué a tiempo…¡Vaya mierda de noche!

Dos insípidas comas

Agosto no está siendo lo productivo que yo esperaba. Se suponía que me iba a pasar los días con sus noches escribiendo sin parar hasta que se me partiera la espalda, me salieran ampollas en las yemas de los dedos y me sangraran los ojos si era preciso, y heme aquí procrastinando(palabra muy fea, pero muy acertada) una y otra vez.

Mi problema no es quedarme en blanco; mi problema es el torrente de pensamientos que hacen conexión en mi cabeza al unísono sin detenerse nunca, lo cual me impide centrarme en una cosa en específico y así me encuentro que cuando he tronado mis dedos frente al ordenador decidida a tirar de un hilo de mi historia, empiezo a tararear una canción, me distrae el chillido de un niño por la calle, me hipnotizan las motas de polvo suspendidas en el aire o la imprevista cortina de lluvia que pasa frente a mi ventana inundándolo todo con ese delicioso olor a tierra mojada que de súbito me envía a miles de kilómetros de aquí, y de repente descubro que han pasado dos horas y que lejos de escribir algo nuevo, me he limitado a borrar dos comas de mi antiguo texto.

Me levanto y preparo café segura de que a mi cerebro le vendrá bien un chute de cafeína, y mientras espero el borboteo de la cafetera apoyada en la encimera, me muerdo las uñas y recuerdo las pupilas dilatadas de Benítez  disfrutando como un enano en la quema de fuegos artificiales de ayer y me sonrío. Distraída me paso la mano por el cuello y me doy cuenta de que me duele la espalda y las posaderas, dolores inútiles ambos porque no he producido nada, sólo he quitado dos antiguas e insípidas comas.

Mientras sorbo mi café con desgana todavía de pie apoyada en la encimera, me invade una sensación de fracaso, pero lejos de hundirme en ella como suelo hacer, me dirijo al ordenador de nuevo con paso firme y decidido, tomo posición, empiezo a teclear y hasta puedo sentir el regusto de la rabia en mi lengua. La siguiente hora el mundo a mi alrededor se desvanece y soy productiva, hasta que cometo la torpeza de detenerme a pensar si poner o no una maldita coma. Error. Inmediatamente me desconecto y me descubro tratando de rimar un viejo poema de Buesa que me aprendí en el colegio. La memoria ya no es lo que era, pero San Google bendito que nunca me falla me ayuda a encontrarlo:

Mi corazón, un día, tuvo un ansia suprema,

que aún hoy lo embriaga cual lo embriagara ayer;

Quería aprisionar un alma en un poema,

y que viviera siempre… Pero no pudo ser.

Mi corazón, un día, silenció su latido,

y en plena lozanía se sintió envejecer;

Quiso amar un recuerdo más fuerte que el olvido

y morir recordando… Pero no pudo ser.

Cuando me aburro de repetirlo una y otra vez, con un suspiro me declaro vencida por la procrastinación. Me limito a leer lo escrito desde el principio y con toda la humildad de la que soy capaz, devuelvo mis antiguas e insípidas comas a su lugar original mientras mi estómago me avisa que es hora de comer.