Archivos Mensuales: julio 2010

Madrid-Alicante-Madrid

Hay dos cosas que detesto hacer sola: comer en un restaurante e irme de compras.

Hay dos cosas que amo hacer sola: ir al cine y viajar.

Lo del cine tiene su razón de ser en el hecho de que generalmente me gusta ver dramas o romances y como tengo un pronto lacrimógeno automático, me da vergüenza que me vean llorar por dramas y cursilerías ajenas, así que mejor sola para no tener que justificar mi lloriqueo ante nadie. Lo de viajar sola no significa  que sea yo una ermitaña; me gusta la compañía, pero una vez en mi lugar de destino. Es muy difícil de explicar, pero el hecho de ir sola en un avión, un autobús o un tren tiene un encanto especial para mi.

Oficialmente mis vacaciones no empiezan hasta dentro de unos días, aunque la verdad es que me siento de vacaciones desde finales de junio cuando, por fortuna, nos trasladamos a Ávila huyendo del sofocante Madrid, por lo que al proponerme mi madre encontrarnos en Alicante un fin de semana, pensé que cambiar las montañas por la playa no me vendría nada mal.

Quería vivir este viaje momento a momento, quería conectarme más que desconectar así que contrario a lo que suelo hacer, esta vez no me llevé ningún libro, pero fue inútil, no pude evitar  sucumbir a la tentación de la lectura comprándome, según yo, literatura light y, así pues, con la revista  Fotogramas bajo el brazo y el móvil con música recién bajada, abordé el tren en Chamartín.

Resultó que mi compañera de viaje era una sexagenaria muy inquieta que se levantó de su asiento por lo menos 10 veces y que  confundía el dial de su asiento con el mío dejándome sin enterarme de la mitad de la película, donde Sara Jessica Parker  y Hugh Grant jugaban  a quererse con nefastos resultados.

Intenté distraerme con el paisaje, pero el panorama de las grandes industrias  a las afueras de Madrid no es lo mío así que me decanté por hojear la revista. Llegué hasta la página 14 decidida a someterme a mi primera experiencia IMAX 3D con Toy Story 3; Ella, una joven china no suena a título prometedor, me dije, pero igualmente leí la crítica y aunque es probable que sea una película que nunca veré , esa pequeña reseña de menos de 250 palabras me mantuvo con la cabeza ocupada por lo menos 2 horas.

Opté de  nuevo por ver el paisaje acompañado, esta vez, con un poco de música. Afortunadamente las vistas habían cambiado y un ceniciento cielo azul como telón de fondo de unas escarpadas montañas prometía calidez, mucha calidez, por lo que no pude evitar encogerme en el asiento. Advertí que las ganas de encontrarme con mi madre, a la que no veo desde noviembre pasado, crecían en la misma medida que mi pánico al calor.

Ron Pope rasgaba la voz y la guitarra en mis auriculares mientras yo trataba de adivinar formas en las paredes rocosas de los cerros. En uno de ellos juraría que vi a Tutankamon y en otro a Winnie the Pooh( si mi subconsciente me está tratando de decir algo, no tengo la más puñetera idea de lo que puede ser). Yolanda Be Cool me tenía a punto de empezar a balancearme en el asiento al ritmo de We don’t speak americano, cuando una voz altamente nasal anunciaba nuestra llegada a la estación de Alicante.

Fui la última en bajarme del tren. Temía salir de la burbuja placentera del aire acondicionado a enfrentar el apabullante calor que amenazaba con achicharrarme, pero al final resultó que aunque hacía calor, éste no era tan sofocante.

La divisé buscándome con los ojos en la dirección opuesta a la que yo venía y de repente fue como si mis pies tuvieran propulsión a chorro. No me vio hasta que estuve frente a ella y la abracé  por sorpresa hasta casi asfixiarla intentando, con éxito, contener mis lágrimas. 

Luego, dos días que se me pasaron volando y de nuevo en el tren de vuelta a Madrid. Esta vez no leí, no escuché música, no intenté ver la película y hasta bajé la persiana para que el sol no me diera en la cara. Sólo cerré los ojos y me dormí pensando lo que siempre pienso cuando me despido de mi madre: Dios, que no sea la última vez.

En resumen:

Boleto de tren: 74 euros

Café calientísimo para desayunar acompañado de una horrorosa magdalena: 3.50 euros

Taxi: 8.35 euros

Compras mínimas en el supermercado: 12.35 euros

Sandalias de verano: 10 euros

Peaje en la carretera hacia La Manga: 3.20 euros

Darle a mi madre un abrazo de oso: no tiene precio.

Poner al maleducado taxista en su lugar: no tiene precio.

Descubrir lo mucho que te has equivocado prejuzgando a los demás: no tiene precio.

Cena y conversación entre risas y buena compañía hasta la madrugada: no tiene precio.

Saberte afortunada de contemplar el mar Menor a tu izquierda y el Mediterráneo a tu derecha: no tiene precio.

Sentirte parte del mundo caminando por el babel que es el paseo marítimo de Torrevieja: no tiene precio.

Contemplar la luna llena reflejada en la negrura del mar mediterráneo: no tiene precio.

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Breve ensayo apócrifo sobre el amor

Manos sudorosas, mariposas en el estómago(que bien podrían confundirse con  murciélagos), pájaros en la cabeza, esplendor diáfano en la mirada, respiración arrítmica(a tono con los erráticos latidos  de tu corazón), un inexplicable rastro de ardor justo ahí, donde su mano te ha tocado, un cosquilleo febril justo ahí, donde sus labios te han besado, la percepción de que ya no es la gravedad de la tierra la que te sostiene y la  vaga sensación de que lo que te hace vulnerable ya no está dentro de ti, se ha vuelto materia y es un ente autónomo que te da la vida con una sonrisa o te envía a los infiernos con un reproche. ¿Los reconoces? Son los síntomas inequívocos de que te has enamorado, eso que Ortega y Gasset -que no se andaba con paños tibios- llamó imbecilidad transitoria

A lo largo de la historia, se ha culpado al corazón de tal padecimiento, pero siendo honestos, el corazón no es sino un músculo-uno muy ocupado, por cierto-incapaz de sentir, pensar o decidir. Los científicos- tan diestros en esto de despejar incógnitas-investigaron y concluyeron que, efectivamente, científicamente el amor existe, pero que más que músculo, el amor es química y que el verdadero culpable de desencadenar ese dulce cataclismo, es el tímido hipotálamo.

En su artículo La química del amor(Dic-2002), el doctor Francisco Muñoz de la Peña nos revela lo que sin necesidad de ser químicos todos sabemos: que cuando se desata esta llamada química del amor […]todo es urgente, efervescente, impelente. Aquí no manda el intelecto ni la fuerza de voluntad. Es el reino del siento-luego-existo, de la carne, de las atracciones y repulsiones primarias, el territorio donde la razón es una intrusa(sin temor a equivocarme yo diría que este químico tiene alma de poeta).

 Barbra Streissend encarna a una profesora de literatura en El espejo tiene dos caras(1996) en la cual tiene una escena donde nos da una cátedra sobre por qué nos enamoramos: osadamente pregunta a sus alumnos ¿por qué, si sabemos que es mentira, en el fondo sí nos creemos lo que el cine y la literatura nos venden sobre el amor? Sabemos, con certeza, que no vamos a escuchar campanas ni volarán palomas por el cielo cuando el objeto de nuestro afecto nos bese, disponemos de suficientes evidencias a nuestro alrededor que confirman que por regla general el amor es efímero y en muchas ocasiones doloroso, pero eso no es impedimento para que éste sea una enfermedad que, con el mayor de los gustos, todos quisiéramos padecer ¿Por qué? Tres de sus alumnos se atreven a responder:

-Para propagar la especie

-Porque necesitamos estar conectados con los demás.

– Porque estamos pre condicionados socialmente.

Ella da las respuestas como válidas, sí, pero demasiado intelectuales; la verdadera respuesta es más bien sencilla: el enamorarnos nos hace ser conscientes de que estamos vivos, nos hace sentir especiales y únicos o, como tan acertadamente escribiría Becker, nos hace sentir que llevamos dentro algo divino; en otras palabras, el amor tiene el don de darle a la vida otro sabor, de darle a la existencia  un sentido.

No me crean ingenua; sé, al igual que ustedes, que el amor no es color de rosa y que en los tiempos actuales, donde la cultura que prevalece es la de usar y tirar, da la impresión de que el amor lleva intrínseca la fecha de caducidad-de ahí que Ortega y Gasset lo llamaraimbecilidad transitoria”-, a tal punto que a veces me pregunto si esto que llaman amor no será sólo una leyenda mítica, una musa surrealista producto de delirios de poeta, pero igualmente creo que ante el amor nos quedamos sin opciones ya que desde el momento de nacer estamos condenados, es nuestro sino-sin garantía de éxito-encontrarlo y comprobar, tal vez con un poco de suerte, que nosotros somos la excepción que confirma la regla.

Como prometí, este ensayo será breve, así que termino ya, quizás con más interrogantes de las que empecé porque a pesar de toda mi palabrería, en cuestiones de amor me declaro como Sócrates: Sólo sé que no sé nada.

Si yo fuera una mosca en la pared…

Me he muerto. Los motivos de mi muerte poco importan porque morir, eventualmente nos moriremos todos. No se alarmen, ni me he muerto de verdad, ni me quiero morir, es sólo que me quiero imaginar que me morí y que ustedes, mis amigos y familiares, están en mi funeral y que yo soy una mosca (bzzzzz) que se ha colado entre mis acongojados dolientes. ¿Y quién que esté en su sano juicio pierde el tiempo pensando semejante disparate?. Eh, que yo nunca he dicho que esté cuerda y lo de malgastar el tiempo…bueno, este fin de semana tengo un alijo extra para malgastar.

Fiel a mi carácter-así me haya yo reencarnado en una mosca- no ando suelta por allí tocando las narices bzz arriba, bzz abajo; me limito a buscar un lugar en la pared desde donde pueda escuchar lo que se dice de mí, pero a la vez pasar desapercibida, no vaya un listo a sacarse un matamoscas de debajo de la manga, y como ni siendo mosca creo que tendría buenos reflejos, lo más seguro es que acabaría siendo un pegote diminuto en la pared, y al trasto con mis planes espiatorios.

Nadie dirá la típica frase pero si parece que está dormida,  porque me habré asegurado de especificar que mi féretro esté cerrado a cal y canto. Mi lecho póstumo será privado, aunque difícilmente me librare de algún que otro cliché.

-Era tan buena, la pobre…

-Y tan crédula.

-Y tan torpe.

-Pero sabía hacer un bizcocho de banano de pecado.

– ¡Huy! ¿Y qué me dicen de la lasaña? 

-¡Y  cómo cantaba! Era feliz cuando cantaba.

-Y era tan buena…

-Pero que mal le sentaba el alcohol, eh. Se ponía de un melancólico imposible.

-¿Y quién hereda?

-¡Nadie! Si nunca tuvo hijos.

-Pobrecilla, qué sola debió sentirse…

-No te creas, tenía pocos amigos, muy pocos la verdad, pero no parecía sola.

-Y era tan buena…

– Recuerdo un día que me dijo que lo más le gustaba de su vida era haberse equivocado tanto sobre tantas cosas…

-¡Justo ahí es donde quería yo llegar! Con el perdón de la muerta, pero eso no es normal, eh,  andar soltando por ahí frases sin sentido.

-Pero es que no le podemos pedir peras al olmo. Con esa vida nómada que llevaba, lo lógico es  que perdiera unos cuantos tornillos por el camino.

-Pero era tan buena…

-Si, era buena…

-Aunque pésima contadora de chistes.

-Pero de risa fácil.

-Si le pedías un favor, difícilmente te decía que no.

-Es que era tan tonta, la pobrecita.

-Tonta y buena…

-¿No les daba a ustedes la impresión de que estaba aquí sin estar? ¿que siempre estaba ausente de alguna manera?

-¿Como idiota perdida, dices tú?

-¡Por favor , un poco de respeto!

-Todo el respeto que quieras, pero la verdad es que si, que era un poco excéntrica.

-Y con todo lo excéntrica que era, yo pensé que iba a pedir que la incinerasen, pero no.

-¡No! Dijo que ya que finalmente iba a echar raíces, la enterraran entera, de ser posible a la sombra de algún roble frondoso

-¿Y eso?

-El calor la ponía de mal humor.

-Ah…

-Pero era muy buena…(suspiro general)

Y con ese suspiro me doy por satisfecha; silenciosa levanto el vuelo y me escabullo por la primera rendija que encuentro hacía esa luz brillante de allí afuera que me llama…

Vergüenza, bochorno, desconcierto…

“Tiene un afilado sentido del humor y una sonrisa sardónica que hace que me olvide hasta de respirar…viene una vez por semana y muero por volver a cruzarme en su camino..”

Esto escribía yo en la esquina de mi hoja de apuntes del martes pasado; hoy cambiaría totalmente  la última frase por “¡primero muerta antes que volver a cruzarme en su camino!” Me explico:

Manola: Voy a ver al médico y tu te vienes conmigo.

Yo: Pero si para ir al médico sólo son 20 pasos ( la casa está contiguo al ayuntamiento que hace las veces de consultorio/oficina de correos/farmacia/locutorio/centro social)

Manola: Eso no tiene nada que ver. Te vienes conmigo.

Yo: Vale( con un tono grave y cansino)

Nos tocó esperar un buen rato porque al parecer ese día la mayoría de los habitantes de este pequeño pueblo tenían una dolencia para justificar el sueldo del médico(Manola tenía dos: los juanetes y la tortícolis).

Cuando finalmente entramos me encontré con que el médico del pueblo tiene entre treinta-y-muchos y cuarenta-y-pocos y es, como diría mi abuela, muy galán, aunque sería más atinado decir que está pa’ comérselo.

Al final resultó que mi presencia si era necesaria porque a Manola se le olvidan los nombres de los medicamentos que toma y, peor aún, a los que es alérgica, así que a mi también me tocó justificar mi sueldo facilitando la información requerida.

Después de una consulta entretenida, donde él siempre tenía una réplica  ingeniosa para la lista de achaques que la paciente le  enumeraba,  Manola  le dio las gracias a lo que él correspondió con un apretón de manos. Lo vi dudar en sí ofrecerme la mano a mí también o no, y para no dejarlo con la duda, fui yo la que tomó la iniciativa.

-¿Y a la joven no se le ofrece nada?-preguntó, sonriéndome con un matiz pícaro en la voz a la vez que apretaba mi mano.

-No, no se le ofrece nada-se apresuró a contestar Manola de una manera tan súbitamente cortante, y ya rumbo a la puerta de salida, que ambos nos miramos sorprendidos.

Esa tarde fingí que leía en mi rincón de costumbre, mientras Manola y sus amigas tejían ganchillo e intercambiaban achaques e impresiones sobre su consulta médica de la mañana. Así me enteré que él es el médico suplente porque el fijo está de vacaciones y que nos honra con su visita sólo los martes.

No volví a pensar en el asunto-o por lo menos eso creía yo- hasta este martes, que me sorprendí entretenida en el espejo más de lo acostumbrado  y escogiendo mi blusa favorita de mi escaso guardarropa.

Inútilmente regué  los rosales del jardín hasta ahogarlos, dándole tiempo de que apareciera y comprobar si me causaba tan buena segunda impresión como la primera, pero no llegó.

Al mediodía de hoy me encontraba con el delantal y los auriculares puestos, friendo el pollo al ritmo de Geek in the pink de Jason Mraz; estaba haciendo el paso que yo llamo girl’s-gonna-get-lucky( piernas firmes, zarandeo “sexi” de caderas, sacudida rítmica de hombros, brazos en el aire y lo principal: labios entreabiertos y sonrisa falaz)como un homenaje a la distancia a mi amiga Ondina.

Manola no estaba, se había ido a por agua al pilón y de paso a visitar a su prima que vive al otro lado del pueblo-que aunque suene distante, sólo está a unos 300 metros- por lo que el carraspeo procedente de la puerta de la cocina, a mis espaldas, me tomó totalmente por sorpresa.

Me giré sorprendida para encontrarme con la sonrisa burlona del médico mientras un repentino golpe de calor comenzó a subirme por la cara.

-¿Está Manola en casa? preguntó divertido, obviamente a mi costa. Le respondí con un “no” apenas audible, y la expresión “trágame tierra” adquirió un nuevo significado para mí.

-Vale, me contestó y sofocando la risa, así sin más, se dio la vuelta y se fue dejándome a mi maldiciendo por lo bajo.

A la hora de la comida:

Yo: Vino el médico a buscarte.

Manola:¿El médico?¿ A mí?¿Y qué quería?

Yo: No sé, no me lo dijo.

Manola: mmm…

Un real de jacintos para el alma.

“[…]Hay libros tan hermosos que al acabarlos uno siente el íntimo deber de escribir; hay libros tan profundos que al acabarlos uno siente el íntimo deber de escribirse a si mismo. Hay libros que nos impulsan a encontrar nuestro más íntimo lenguaje poético; hay libros que nos impulsan a encontrar nuestro más íntimo lenguaje vital.”

Quisiera poder darme el crédito de semejante frase, pero no es mía. La copié de la introducción que Félix Grande le hace al libro de las obras completas del poeta Luis Rosales, y me la guardé porque son innumerables las veces que me he quedado con esa sensación imprecisa en la boca del estómago al voltear la última página de un libro.

Hay ocasiones en que, al terminar alguno, me cuesta desprenderme del desasosiego que se instala en mi pecho, no por el final triste de la historia(me gustan los libros sin final feliz), sino porque hay historias que da pena terminar; hay personajes que se resisten a morir en la complacida pirueta  con que la mano de su creador pone el punto  final, y así, la Kitty Wu de Auster me guiña el ojo desde la penumbra de su irrevocable decisión, el Fermín Romero de Torres de Ruíz Zafón, me hace sonreír  susurrándome al oído la hilarante hipérbole de su retórica y el Rolf Carlé de Isabel Allende, con su triste pasado, sigue siendo el hombre que secretamente quiero para mí.

Vine a España a aprender a vivir como adulta, lo que en  mi caso específico conlleva vivir muy frugalmente, quitando del diario vivir todo abalorio innecesario y la única extravagancia que me he permitido durante estos casi tres años ha sido mi suscripción a Círculo de Lectores, una revista bimensual de libros, que espero en el buzón con la misma ilusión con que antes, en mi época de adolescencia y efímeras vanidades, esperaba la revista Cosmopolitan.

Tengo mi íntimo y doloroso ritual para  escoger, de cada edición, un solo libro de entre todos:  voy doblando la esquina superior de cada página donde encuentro un libro que me gustaría comprar; al final descubro que he marcado tantas que me toca volver a cribar mi elección e ir desdoblando páginas hasta que me quedo con 2 ó 3 y luego, lo más dificultoso: elegir un solo ejemplar.

En este mundo globalizado, donde un gato se orina en Canadá y causa una inundación en Tombuctú, la crisis y los reajustes económicos llegan para la mayoría de los mortales y yo no soy la excepción.

Estaba planificando un nuevo recorte en mi casi irrecortable presupuesto para poder hacer frente a mis planes a mediano plazo, y cancelar mi suscripción a Círculo de Lectores iba siendo relegada una y otra vez hasta el final de la lista de cosas de las que podría prescindir, incluso después del tinte para mis-ya no tan incipientes- canas o el dentífrico para dientes sensibles (un buen calambre en la dentadura con el café de la mañana puede servir para terminar de despertarte, digo yo), pero concluí que si se toma la decisión de hacer sacrificios, hay que hacerlos a fondo, y tragándome la sensiblería y la autocompasión, me empecé a despedir de mi suscripción.

Iba rumbo al supermercado a hacer la compra, calculando en mi cabeza como acomodar la economía doméstica al dinero que llevaba en el bolsillo y me topé con una placa pintada en la fachada de un edificio abandonado que rezaba así: “Si tienes dos reales, cómprate un real de pan para tu cuerpo y un real de jacintos para tu alma”

La suscripción se queda.