Archivos Mensuales: abril 2010

La primavera la sangre altera…

De verdad ¿qué tiene la primavera que nos altera?

Pareciera como si el  letargo del invierno se esfumara de golpe y porrazo con el sol,como si su sola presencia nos pusiera enfebrecidos e inquietos , con un desasosiego tan palpable que, por lo menos a mi, me da gusto ver  . Y ni que decir de las muestras públicas de afecto dondequiera que miro. La pasada semana, una pareja se besaba en la parada del autobús con desenfrenada(y recalco desenfrenada)  vehemencia y pasión . Se sobaban y manoseaban con tan desenfadada lujuria, que los que allí esperábamos hasta  nos empezamos a acalorar, y tratando de darles la intimidad, que al parecer no necesitaban, nos fuimos apartando hasta dejarlos solos en el centro de en un mal disimulado círculo.

Sus gemidos de satisfacción tras cada embestida daban envidia, todo hay que decirlo, y podría asegurar que  tuvieron un orgasmo. Hasta se fumaron un pitillo cuando acabaron…Y en el metro el domingo por la tarde…bueno, los que no fuimos lo suficientemente listos para llevar a mano  un libro o un periódico para disimular, nos tocó ser testigos de algunos  preliminares, desde una pareja de  chicos adolescentes, acariciándose sin timidez de exponer su homosexualidad, pasando por las lenguas hechas nudo  de una pareja que, sentada estratégicamente en un rincón, se metía mano y donde, por más que lo intentaras,  no sabías especificar donde terminaba  uno y empezaba el otro. Sin olvidar el beso interminable de despedida que se dio una pareja de jubilados en la puerta del vagón , donde  mantuvieron el pitido de aviso de cierre de puertas lastimando nuestros  oídos, porque a pesar de aparentar haber pasado la tarde juntos, aún no se habían saciado el uno del otro…Vi a mas de uno sonrojarse de pudor ajeno, pero otros, la mayoría , sonreían como yo.

En conclusión, es primavera y la naturaleza nos llama al apareamiento. Hagámosle caso

Monólogo

Eleuterio murió el mismo día que la lluvia se llevó los restos de la primera nevada.

Me tomaba una taza de café mientras observaba por la ventana  el temporal precipitarse sin clemencia calle abajo, cuando me sorprendió  una sensación de escalofrío que me recorrió el espinazo.

Miré el reloj y,  preguntándome si él estaría despierto ya, me encaminé a su habitación.

El olor a viejo rancio y enfermo me golpeó la nariz al abrir la puerta y no pude evitar una mueca de asco. Descorrí las cortinas con un deje de rabia y al voltearme vi que Eleuterio ya no estaba allí. Lo que quedaba sólo era el cascajo del hombre que en los últimos años se había ido deteriorando, hasta convertirse en la más pesada de las cargas para mí.

La rabia y el asco se disiparon dejando en su lugar el alivio. Había imaginado ese día tantas veces.

Me tomé mi tiempo antes de avisar a los hijos. Quería despedirme de él a mi manera y lejos de las miradas fisgonas de los demás, así que  arrastré una silla  para sentarme junto a la cama y tomé su mano fría y tiesa entre las mías.

Busqué, hurgué en lo más recóndito de mí misma un poco del amor que alguna vez creí sentir por él, o quizá un poco de pena, pero no pude hallarlos…No fue un mal hombre. Cumplió con la promesa que me hizo y nunca nadie supo que yo había tenido un desliz y, peor aún, que ese desliz había tenido consecuencias.

Cuando nació Luis  fue el más amoroso de los padres y el más devoto de los esposos y Dios sabe que le estoy agradecida por eso…o tal vez no.

Verme condenada a este pueblo, atada de por vida a un hombre que no amaba y criando hijos que en realidad nunca quise, me fue avinagrando el carácter y volviéndome ese ser oscuro, amargado y egoísta que soy.

Ni siquiera podía acusar a mis vecinos de inventar chismes sobre mí, porque en realidad no inventaban. Para todos era obvio que Eleuterio me estorbaba.Me daba igual lo que pudiera pasar con él.

Un día las escuche murmurar que cuando Eleuterio muriera, no iban a saber si darme la enhorabuena o el pésame. Me tuve que morder la lengua para no decirles que la enhorabuena sería lo más apropiado.

Y allí estaba yo, tratando de acariciar con ternura aquella  mano inerte…la ternura que nunca le prodigué en vida. En vano busqué la culpa, tampoco pude encontrarla. ¿Me había quedado tan vacía?

Me levante de la silla trabajosamente. Me pesaban los huesos y me empezaba a pesar el alma.

Me dispuse a salir de la habitación, pero en el umbral me volteé para  ver a mi marido muerto por última vez. Tuve el impulso de volver sobre mis pasos, besarlo en la frente y susurrarle al oído las gracias que nunca le di, pero se me antojo innecesario e hipócrita y simplemente salí de la habitación dejándolo solo, como siempre había estado desde el día que se casó conmigo.

Una de delirios oníricos…

 

Casi nunca recuerdo lo que sueño. Me despierto sabiendo que he soñado, más no sabiendo qué. Últimamente sueño con palabras. Sonará tonto, pero es así.

En mis sueños se desarrollan escenas que una voz en off, que no es la mía, narra. Tengo mis sentidos alerta porque a la vez que veo la escena, escucho la voz y veo desfilar frente a mi las palabras del narrador, absurda y brevemente suspendidas en el aire, como si fueran una mezcla entre los subtítulos de una película y un karaoke, ya que las palabras se iluminan al compás de la voz del narrador.

En mi sueño, sé que la narración me cautiva. Lo sé porque experimento ese típico cosquilleo en el pecho  de cuando algo toca en mí una fibra profunda.Sé  que las palabras que utiliza el narrador son únicas, precisas para describir lo que sucede , aunque en realidad son más que eso. Son palabras que se entrelazan de una manera exquisita para componer frases tan hermosas que me ponen la piel de gallina.

Mi mayor frustración es que desaparecen una vez que han sido pronunciadas y que aunque  intento retenerlas en mi pensamiento, se me escapan, desaparecen de mi campo de visión y se escabullen presurosas de mi cabeza para no volver.

Me despierto y me quedo en la cama sin abrir los ojos, con la esperanza vana de recordar el sueño y, con él , las palabras, pero es inútil. Se me han ido para siempre.

Las trampas de la nostalgia

La primavera anda jugando a las escondidas, haciéndose la interesante y yo ando dándole vueltas a una frase de García Márquez que leí en algún lugar. Las trampas de la nostalgia, nos asegura el Nobel, es que quita de su lugar a los momentos amargos, los pinta de otro color y los vuelve a poner donde ya no duelen…

Pronosticaron mal tiempo con mucho viento y mucha lluvia y de los espléndidos 22ºc de la semana pasada, ayer apenas llegamos a los 15ºC. Manola se fue a la cama anoche asegurando que diluviaba y al acercarme a la ventana para verificar sus palabras, me pregunté: ¿Y a esto le llaman lluvia? Esto es lo que mi tía Gloria llama una “garubita”…¿Cómo se puede llegar a extrañar hasta la lluvia? Aquí, en Madrid, la lluvia tiene otro sonido. Es mas, me atrevería a decir que si estás dentro de casa es insonora y ni te enteras que “diluvia” a menos que eches  un vistazo por la ventana.

Extraño las lluvias de mi tierra. Esas que rara vez los meteorólogos aciertan a predecir y que te sorprenden cada vez porque  parece que en el techo, en lugar de gotas, cayeran piedras, y que decir de ese olor a tierra mojada que te embota los sentidos , te inunda entera y hasta te hace salivar.

Emigramos por muchos motivos. Cada historia es diferente por más que quieran echarnos a todos en el mismo saco, pero lo que compartimos todos los que hemos dejado atrás el lugar en que nacimos, es la nostalgia. El tiempo, inexorable por defecto, confabulado con la nostalgia, se están encargando de volver difusos los motivos que me  llevaron a partir un buen día y a cuestionarme , “qué hubiera pasado si…?”

Concluyo que es un oficio inútil.

¡Ya es primavera!

La primavera ha llegado, aunque sería más correcto decir que ha explotado. Ha explotado en un verdor exuberante que nunca deja de asombrarme. La luz dorada del sol no sólo calienta el cuerpo, sino también el al alma.

De repente me entran ganas de cantar, cosa nada inusual en mi  que siempre llevo una canción pululando en mi cabeza, pero mi acostumbrado tarareo se me hace insuficiente, y espero los pocos momentos de soledad que tengo para dar rienda suelta a mis cuerdas vocales. Se nota que hace mucho no las uso. La voz me sale perezosa, ronca y los agudos me fallan estrepitosamente, pero da igual, no tengo público que me escuche.

Me encanta pasar bajo el sauce llorón (¿porqué se llamará así?) que está frente a la casa y sentir  sus hojas acariciando mis mejillas. Y en el parque, el césped sembrado de mil margaritas me invita a quedarme tumbada viendo el cielo por tiempo indefinido, adivinando las figuras en las escasas nubes que osan manchar ese azul infinito, mientras me pregunto si esto es la felicidad.(Si, así de tonta me pone la primavera)

A mis oídos llegan ecos de conversaciones. Los que pasan están ocupados en sus asuntos, cosas de vital importancia : la compra, los hijos, la crisis, el paro, la bolsa, el caso Gürtel… y de repente me siento realmente tonta. Hay tanto por hacer , tanto porque preocuparse, tanto de que angustiarse, tanto que arreglar en este mundo desquiciado…Y eso, sin mencionar el descalabro de mi vida  personal… Pero me doy cuenta de que en ese preciso momento realmente no me importa. Yo seguiré ahí tumbada aspirando el olor a hierba fresca, con el tibio calor del sol acariciando mi piel  y sintiéndome egoístamente feliz.

Una de Vila-Matas…

[…]¿Sabía yo también veinte historias?, me pregunté ese día enseguida. En verdad no, había vivido poco, tenía escasas experiencias y, si quería ser honesto conmigo mismo, debía reconocer que no tenía veinte, y ni siquiera tenía una sóla historia[…]. Tampoco es tan grave, recuerdo que me dije. Después de todo es cuestión de paciencia, algún día seré un buen escritor. Pero también recuerdo que entonces entré en una cadena de preguntas: ¿Y porqué diablos no soy ya ahora mismo ese buen escritor que un día seré? ¿Qué me falta para serlo? ¿Vida y lectura? ¿Eso me falta? ¿Y si no llego a ser nunca un buen escritor? ¿Qué seré entonces? ¿Seré toda la vida un joven sin experiencia ni lecturas, incapacitado para escribir bien? ¿Podré soportarlo?[…]

Si de verdad fuera escritor, me dije, no tendría problemas tan salvajes. Pero ¿Había que esperar a otra edad para no tenerlos? ¿Se llegaba alguna vez a ser escritor de verdad?

Si de verdad fuera escritor, me dije, África sería mía. ¿Y porqué África? Porque conocería la melancolía de regresar a donde nunca estuve. Porque iría a lugares en los que ya habría estado antes de haber ido nunca, ciudades en las que ya habría estado antes de estar jamás.

Si de verdad fuera escritor, probaría como Rimbaud a crear todas la fiestas , todos los triunfos, todos los dramas. Intentaría inventar nuevas flores, nuevos astros, nuevas carnes, nuevas lenguas.

Si de verdad fuera escritor, sería absolutamente moderno. Y con la aurora, armado de una ardiente paciencia, entraría en las espléndidas ciudades . Si de verdad fuera escritor , transcurririan mis días de forma muy distinta. Si de verdad fuera escritor…