Ser hondureña ¿un defecto?

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Soy hondureña y por lo tanto latina con todo lo que eso conlleva. Soy mitad de pueblo, mitad costeña y criada en la ciudad. Por mis venas corre sangre india, negra y europea. Mi padre fue un proletario desde sus orígenes y mi madre es hija de un comerciante burgués venido a menos por azares de la vida. Mi infancia fue muy pobre, mi adolescencia un barco sin timón y mi juventud un empezar desde cero. Está claro que esos son mis antecedentes genético-socio-culturales, pero no son ellos lo que definen lo que soy como ser humano, que es lo que a la larga de verdad importa.
No puedo renegar de mis antecedentes. Ellos me han hecho la persona que soy hoy y de la cual me siento muy orgullosa. Renegar de mis ascendencia india es renegar de la herencia genética de mi abuela que fue el ser más luminoso que he conocido. Negar mis rasgos negros es una idiotez, están a la vista. Ocultar mi humilde origen latino es querer borrar mi pasado, y si no tienes claro de dónde vienes ¿cómo vas a saber hacia dónde vas?
El valor que tienes como ser humano no lo definen los masters que tienes, los viajes que has hecho, lo gordo de tu cuenta corriente o la gente que conoces; tus valores se reflejan en lo que compartes de ti mismo y en la gente que te rodea no por ser quién eres, sino por ser cómo eres.
Todo esto viene a cuento a raíz del comentario desafortunado de una amiga. Su comentario me hizo pensar que ella percibía el hecho de ser hondureña como un defecto, y que por mis antecedentes yo no estaba a la altura de compartir mesa con cierto personaje que viene de visita a la ciudad. Valga aclarar que se ha disculpado de todas las maneras posibles(al final no somos responsables de lo que los demás interpretan), pero lejos de enfadarme, sus palabras me hicieron darme cuenta que he llegado a un punto en mi vida en que quiero estar rodeada de gente genuina, sin dobleces , y que dar explicaciones de quién soy y porqué soy así me da una infinita pereza.
Y como dijo Forrest Gump “…and that’s all I have to say about that.”

Mi “buena” suerte

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Una vez leí que si en otoño cogemos al vuelo la hoja de un árbol, ese es un signo inequívoco de buena suerte. Y yo me pregunto ¿qué papel juega el factor suerte en nuestras vidas? Yo misma debo confesar que sin ser verdaderamente consciente de ello, en el fondo he creído que en premio a ser una buena persona (porque todos creemos ser buenísimas personas) un día mágico me despertaré y mi vida será como siempre la he soñado: de la nada se materializarán un esposo guapo, protector  y divertido-por eso del payaso/ninja con que todas soñamos como marido- y un par de niños de bucles rubios jugarán en el jardín de mi casa perfecta al pie de una colina. Mi celulitis será historia pasada y un vientre firme y plano habrá sustituido esta tripa que me da los buenos días cada mañana frente al espejo y que me recuerda  que en mi caso el gimnasio no es un pasatiempo si no una obligación. La novela mas hermosa jamás escrita figurará en las estanterías de las librerías donde mi foto  mostrando una sonrisa distante aparecerá en la solapa, y yo finalmente, como Dios al séptimo día, me deleitaré en lo bueno y podré descansar y ser feliz por el resto de mi vida.

No sé si existe la suerte, pero lo que sí he aprendido, especialmente en los últimos 7 años, es que la buena suerte se crea,  se construye con planificación, trabajo y mucha, mucha perseverancia.

Miro atrás y me doy cuenta que solo lo que me ha costado esfuerzo es lo que verdaderamente me ha dado satisfacción. Lo que he atribuido a la suerte  me deja el regusto de las espumillas que hacía mi abuela: una explosión dulce en la boca que dos segundos después moría aplastada entre mi lengua y el paladar a falta de consistencia. Pero esa no es novedad. Creo que mi madre hace ya mucho tiempo se dio cuenta que parió una testaruda de pura cepa que llegó tarde al colegio el día que enseñaron lo de elegir el camino fácil. Sin embargo, hace un par de días sentada en el banco del parque cayó en mi mano sin previo aviso una hoja del otoño. No pude evitar acordarme de lo que leí aquella vez y decidí conservarla solo por si acaso.

¡La Madre que me parió!

No soy pesimista…Solía serlo, pero mi madre, a punta de tirones de oreja, me hizo darme cuenta que me estaba perdiendo lo divertido de esto que llamamos vida. Tampoco los voy a engañar, no soy de las que va por ahí entornando los ojos mientras olisquea las flores, amando a todo el mundo.  Digamos, mejor, que soy una optimista cauta.
¿En que consiste mi teoría? Pues en que, aunque en el fondo, espero que ocurra lo mejor, opto por aparcar las expectativas, porque- lo admito- la imaginación fácilmente se me desboca y las cosas nunca suceden como las proyecto en mi cabeza.
Teniendo eso muy claro, decidí emprender mis vacaciones en la playa por primera vez en años.
Valga hacer notar que el calor me pone de mal humor, el agua salada del mar me escuece en la cara, la arena, que inevitablemente se me cuela en los calzones, me resulta irritante y las hordas de bañistas me enervan.
¿Por qué, entonces, decidí embarcarme en este viaje? La respuesta es muy simple: La madre que me parió.
Mi madre, bendita ella, decidió reunirnos a todos para una semana familiar en la playa como no lo habíamos hecho en mucho tiempo. Viajamos desde 4 puntos diferentes del planeta para estar ahí y celebrar su 57 cumpleaños, y así, sin planearlo, casi sin creerlo, acabé dejándome  la garganta en un concierto deTom Jones, tomando mojitos a media noche descalza en la orilla del mar, bañándome en el tibio mediterráneo a la luz de la luna, achuchando a mi madre sin motivo ni pudor cada vez que me daba la gana, comiendo leche merengada cada vez que antojaba, y corriendo como loca por la Ciudad de las Artes y las Ciencias en un afán imposible por conocerlo todo.  Pero lo que nunca voy a olvidar es el  breve instante en que viendo  a mi madre y a mis tías retozar en el mar como las niñas que una vez fueron, 50 años se hicieron humo y mis primos y yo nos desvanecimos en el tiempo como pompas de jabón.
PD. Si bien es cierto que intenté empezar este viaje sin expectativa ninguna, había 3 cosas que no estaba dispuesta a dejar de disfrutar:
1.-Bailar hasta que me sangraran los pies: No sucedió.
2.-Tomarme una foto con la ballena beluga del acuario: La ballena no quiso.
3.-Comerme un buen trozo de tarta en la celebración del cumpleaños de mi madre: Nadie se acordó de comprarla.

El pulgar no miente

 Cuando presento a mi madre como mi madre (y no puede ser de otra manera ya que es mi madre) suele suceder lo siguiente: La gente entorna los ojos, me mira con suspicacia y no puede evitar la siguiente afirmación “Entonces te pareces a tu padre”. Cuando contesto que no,  que tampoco me parezco a mi padre, la mirada de suspicacia se traslada a mi madre que, debo decirlo, se lo toma con mucha deportividad.

Es éste un hecho recurrente en mi vida. Lo vengo viviendo desde que mi madre me llevaba en brazos,  y cualquiera podría pensar, sin equivocarse, que más de algún trauma arrastro por ello.

Poéticamente al momento de la concepción lo llaman “el milagro de la vida”, aunque, para llamar a las cosas por su nombre, lo que está teniendo lugar en ese preciso momento es, más bien, una lotería genética. El orgasmo que catapulta a un puñado de espermatozoides a las  entrañas de nuestra madre -aunque nos dé repelús imaginarlo siquiera-, culmina cuando el más listo y rápido de todos los renacuajos, “se cuela”. Es entonces cuando, incluso en aspectos que van más allá de nuestra comprensión,  nuestra suerte está echada.

En mi caso particular, de mi madre no heredé su piel blanca, casi traslúcida, ni sus pómulos altivos que nada tienen que envidiar a cualquier chica de portada. De mi padre no heredé su nariz respingada, ni su figura estilizada. Qué lástima. Podría haber sido yo un bombón.

En mi afán por encontrar esas características que despejaran cualquier duda de que yo era quien se suponía era,  me pasé mi infancia y parte de la adolescencia tratando de detectar  esos rasgos comunes con mis progenitores, observando sus gestos más peculiares e intentando verme reflejada en ellos.

Con mi padre fue difícil. Soy hija de padre ausente y lo más a mano que tenía era un puñado de fotografías suyas, deslucidas por el paso del tiempo. Repasarlas una y otra vez era un juego cruel que me dejaba frustrada y con una sensación muy parecida a la rabia aposentada en la boca del estómago. Con mi madre fue diferente. Tuve tiempo de observarla y descubrí que ponemos las manos en la misma posición al dormir y que los trazos de nuestra caligrafía son sospechosamente parecidos. Pero a la vez era consciente de que eso no era ninguna garantía, ya que esos pueden ser hábitos que se aprenden por imitación. La verdad es que todas esas similitudes que construía en mi cabeza se me venían abajo cuando, en mi adolescencia, mi madre, y con razón, me recriminaba lo desordenada, irresponsable y desconsiderada que yo era, rematando la regañina con la frase “Es que no parece hija mía”.

Cuando había dado el asunto por olvidado, alguien me hizo notar que tengo el andar característico de mi abuela paterna, pero, aún así, tuvo que volver a entrar mi padre en mi vida para que me diera cuenta de que  los rasgos que me delatan como hija de mis progenitores están, más bien,  ocultos o pasan desapercibidos.

En conclusión, de mi padre heredé la melomanía y la obsesión compulsiva por las cosas que me gustan, aunque hubiese preferido heredar su capacidad de dejarlo todo sin mirar atrás…lo que me lleva a pensar que lo “desordenada, irresponsable y desconsiderada” también lo saqué  de él.

De mi madre, por desgracia, poco tengo. Hubiese preferido que por vía genética me trasfundiera esa tenacidad que la  caracteriza, pero me identifico más con su ingenuidad.

Un día descubrí que mi tía, mi prima, mi madre y yo tenemos idénticos  pulgares en los pies. Al parecer es la marca de la casa.

Mentiras y gordas

Mi cínico favorito de la televisión, el Dr. House, parte de una premisa básica para diagnosticar a sus pacientes sin importar edad, raza, credo, ideología política o, incluso, grado de consanguinidad: Todo el mundo miente, esa es la simple constante del género humano. La variable, ya no tan simple, de la ecuación sería sobre qué miente.
Nos enseñan desde pequeños que mentir es malo y  tradicionalmente nos educaban con el método del pecado y penitencia, es decir, sabiendo que cada cosa mala que hacemos merece un castigo.
Los que profesan la doctrina cristiana estarán de acuerdo conmigo en que las leyes divinas no distinguen entre pecados grandes y pequeños. Tan condenable es robar, matar y codiciar el bien ajeno, como lo es mentir. Sin embargo, al margen de las leyes divinas, la humanidad tiene sus propios estándares, y, aunque los tres primeros sean más o menos condenables, mentir, en algunos casos, hasta se considera políticamente correcto.
Lo que muchos no se han detenido a pensar es que las mentiras tienen su propia ley natural y ésta reza así: No importa cuánto las maquilles, dónde las escondas, cuan profundo las sepultes, las mentiras que salen de tu boca, más tarde o más temprano y de forma inevitable, se te darán la vuelta y te morderán el culo.
En fin, que podemos tener razones más o menos válidas para engañar a los demás (allá cada quien con su conciencia), pero lo realmente retorcido es cuando nos mentimos a nosotros mismos, y en eso, déjenme decirles, los gordos nos llevamos la palma.
No estoy gorda, es que tengo huesos grandes ¿les suena? O, no es que esté gorda, es que retengo líquidos. ¡Ja!
Recuerdo la última vez que bajar de peso estuvo en mi lista de propósitos de año nuevo; era diciembre y mi amiga O y yo estábamos degustando un típico plato navideño, sí, uno de esos cuya etiqueta nitricional pondría: chorrocientas calorías por cada 100 gramos. A la vez, hablábamos de lo rotundas que nos habíamos puesto y trazábamos planes, entre un bocado y otro, para poner remedio al asunto, eso sí, en cuanto acabaran los festejos. Entre plática y bocado hicimos un alto y en ese momento tuve una visión profética: mirémonos bien, le dije, porque nunca más nos volveremos a ver así. Tan profética fue mi visión que para la navidad siguiente, entre las dos le habíamos agregado unos 20 kilos más a nuestros huesos.
Muy a mi pesar me declaré caso perdido y no volví a poner adelgazar en mi lista de objetivos de año nuevo, hasta ahora. Valga aclarar que la idea partió de una amiga al otro lado del mundo. Ella, que siempre ha sido más bien delgaducha, de repente se encontró con que había subido varias tallas y ha decidido ponerle un alto al asunto con dieta y gimnasio incluido. Yo, de envidiosa, le propuse hacerlo juntas, pero a la distancia. Mis kilos contra sus libras. Pero esta vez de verdad, sin auto engaños.
Para que vean que voy en serio, empezaré confesando que quiero hacer esto por pura y simple vanidad, así que me ahorraré el discurso-cliché de quiero adelgazar por salud. Mi último chequeo médico me afirma que estoy como una rosa y ya puestos a ser honestos, lo que verdaderamente me mueve es la imagen de un vestido ibicenco de hombros descubiertos deslizándose grácilmente por mis piernas mientras camino con aire despreocupado por Madrid una calurosa tarde de verano. ¡Se puede ser más frívola!
Como dije antes, me educaron creyendo que todo pecado merece su penitencia, y por lo tanto toda redención, su recompensa. Ese vestido será mi premio si no olvido que las dieta también tiene su propia ley natural: No importa cuánto te engañes, esas calorías de más, tarde o temprano e inevitablemente se te notan en el culo.

¿Por qué escribo?

El País Semanal reseñó en el primer número del año, las razones que aducen unos cuantos escritores para abandonarse al, a veces absurdo, muchas veces temerario, siempre solitario, oficio de escribir.
Respuestas las hay muy variadas, desde el obsesivo que declara imposible vivir sin las palabras y sus manías, hasta el que, simple y llanamente, prescindiendo de toda floritura literaria, acepta que escribe por dinero.
A mí los extremos no me van, así que no me creo ni una cosa ni la otra. Aún así, no puedo negar que dicho artículo me puso a pensar por qué escribo yo.
No escribo por dinero, en la vida me han pagado por mis chorradas “literarias”, pero tampoco soy una obsesa de las letras.
Entonces, ¿por qué escribo?…Trato de buscarle un poco de altruismo a mi respuesta pero me doy de bruces con el hecho innegable de que escribo por razones puramente egoístas: escribo por mí y para mí. Escribo porque soy un ser extremadamente inseguro e indeciso y sólo escribiendo se esclarecen mis fondos, se transparentan mis motivos y se revelan mis sentimientos. Escribo porque asumí que no es sano vivir encerrado en uno mismo y, a falta de una mejor opción, decidí hacer de la pluma mi confesor y de las palabras mi penitencia. Escribo por aburrimiento, por rabia, por hastío. Escribo para espantar el olvido, para evitar que me engulla la soledad y para tratar de refrenar la anarquía que gobierna mi cabeza (no siempre lo consigo). Escribo porque la urgencia de honestidad que yace en mi interior puede ser fácilmente traicionada por mi boca, pero nunca por mis dedos. Escribo, en fin, porque a pesar de poder vivir sin escribir, elijo no hacerlo.

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El último de 2010

Hace un año, mientras mataba las horas curioseando en internet, se me ocurrió escribir un blog. No es que la idea en sí fuera brillante. A millones de personas antes que a mí se les ha ocurrido lo mismo. Lo extraordinario lo constituía el hecho de que, en un repentino arranque, decidí hacer a un lado mi timidez literaria crónica para compartir cosas muy íntimas, muy mías, con cualquier conocido o desconocido que tuviera acceso a internet.
No era mi intención, pero al final mi blog terminó convirtiéndose en una especie de diario.
Como muchas, en mi adolescencia, solía escribir un diario. Llegué a completar 3 cuadernos en un período de 4 años. Sin saber realmente porqué, los guardaba celosamente, ya fuera en el rincón más inaccesible de mi desordenado armario, en el fondo de una maleta o de una caja de libros, o los aseguraba bajo llave en el único cajón de mi cómoda que tenía cerradura. Ahora que lo pienso, no es que yo tuviera grandes secretos que ocultar, pero sí recuerdo con nitidez que me aterrorizaba imaginar que alguien pudiera leer lo que yo, en mis momentos más íntimos, pensaba, que era, al fin y al cabo, lo que contenían esos diarios.
Soy migrante por naturaleza y cada vez que emprendía una nueva aventura con rumbo a ninguna parte, lo primero que metía en mi maleta eran esos 3 cuadernos. Solía pasar que, buscando otras cosas, me tropezaba con ellos, e invariablemente me detenía a leer al azar algunos de mis escritos. Al hacerlo me embargaba una exquisita nostalgia al recordar personas que se habían ido para siempre de mi vida, o lugares que sabía volvería a visitar, pero que a mis ojos jamás serían los mismos.
Acostumbraba reírme del tono grave que solía usar para describir sucesos que el paso del tiempo se había ocupado en descurtir para convertirlos en anécdotas, algunas de ellas hasta graciosas, o de mis absurdos sueños de adolescente que, ahora vengo a descubrir, no lo eran tanto. Aún así, la aprensión que me provocaba que alguien pudiera leerlos no me abandonaba.
Un día me tropecé con ellos en muy mal momento. Estaba enojada por un motivo que ya ni siquiera recuerdo, y en un súbito arrebato me desquité la furia rociándolos de gasolina y prendiéndoles fuego. Los vi arder sin inmutarme. Ahora, claro está, me arrepiento.
Pocas cosas recuerdo de lo que en ellos escribí, porque aunque el tango aquel diga que “veinte años no es nada”, veinte años son muchos años, pero lo que sí me causa risa es recordar las horas que pasé maquinando cuál sería el próximo escondite para mis diarios.
Finalmente el secreto que inconscientemente yo quería proteger, dejó de ser secreto desde el momento mismo que decidí escribir un blog, y sólo por eso vale decir que para mí el 2010 fue un buen año.
 
 

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De metáforas y epifanías

Me reinvento cada día, a cada hora. En un momento pierdo totalmente la fe en mí misma y en lo que me rodea y me prometo no volver a desear nada nunca más, porque desear, me digo, sólo sirve para acumular frustraciones. Al final nunca nada es como lo imaginamos.
Me pongo en plan drama shakesperiano y me reafirmo en que, de ahora en adelante, voy a vivir como la hierba del campo, que simplemente vive resignada a su suerte: me encogeré cuando me pisen, me quedaré desnuda cuando el viento caprichoso me despoje de mi abrigo, me plegaré en mis raíces cuando me golpee el crudo invierno y reverdeceré cuando el tiempo sea benigno. Iré con la corriente. Renunciaré a las esperanzas. Me limitaré a anhelar tan poco como sea humanamente posible. Sencillo. Práctico. Indoloro.
Al momento siguiente, puedo sentir una especie de corrientazo eléctrico bajando por mi columna vertebral llamándome al orden y, casi sin darme cuenta, estoy en plan discurso-de-graduación, asaltada por la sensación de que cualquier obstáculo puede ser derribado, cualquier montaña puede ser escalada y que me basto yo sola para llegar al final de cualquier camino, por escarpado que éste sea. Hasta puedo escuchar las notas de The Climb de Miley Cyrus como banda sonora de esta epifanía. Patético, lo sé.
Hay ocasiones en que siento la resignación intentando colarse disfrazada de así-es-la-vida, buscando dentro de mí un sitio donde acampar, decidida a doblegar mi espíritu, pero instintivamente la expulso y me permito soñar, me permito creer que no todo está perdido y, así como momentos antes era un ruin hierbajo a merced del tiempo, ahora, con una claridad pasmosa, se me revela el camino para llegar exactamente a donde quiero llegar.
Supongo que en eso radica la excepcionalidad del ser humano. Nuestra naturaleza nos impele a querer mas siempre, a no rendirnos nunca, a descubrir cada día que dentro de nosotros hay un poco de ese David intrépido que, aún a sabiendas de su insignificancia, con un tiro certero de fe venció a Goliat.
Al final me doy cuenta de que la metáfora de la hierba, quitándole el drama, no está tan desencaminada. Esta humilde variedad de planta guarda en su ordinariez y tosquedad una potente fuerza vital y aunque la arranquen de raíz, sus semillas diminutas se esparcen silenciosas por el campo, y por muy crudo que haya sido el invierno, brota resuelta cada primavera.

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De cómo Santa me echó a perder la navidad

Soy de la generación obtusa que defendía la existencia incuestionable de Santa Claus; de esas que le escribía cartas cuidando la ortografía porque, como comprenderán, no podía pretender que se creyera mis embustes de buena estudiante, si mi pésima gramática me delataba; de esas que se tiraba los trastos a la cabeza con cualquiera que se atreviera a poner en tela de juicio quién era realmente el que dejaba los regalos al pie de mi cama. Aún así, puedo precisar el día en que la magia de la navidad se evaporó, el momento exacto en que, teniendo a Santa al alcance de mi mano, dejé de creer.
Ese año las rutinas cambiaron. A pesar de la insistencia de mi abuela, no me dejé llevar por el entusiasmo de escribir la consabida carta con la lista de mis deseos. Y no es que no quisiera hacerla. Sencillamente me daba vergüenza poner por escrito lo único que mi corazón, ya no tan infantil, deseaba. Un deseo tan simple como quimérico: que con la vuelta a clases después de vacaciones, el objeto de mi afecto, es decir, Marlon Mejía, se dignara a poner sus ojos en mí. Que comprendiera que yo no era una irremediable idiota, sino que su sola presencia me dejaba lívida, incapaz de reaccionar a cualquier estímulo. Supongo que no escribí esa carta porque mi, ya no tan inocente, corazón, intuyó que en los asuntos del amor Santa carecía de jurisdicción.
Ese año la puesta en escena fue impecable. Ni siquiera nos tuvimos que esperar a la mañana de navidad para abrir los regalos. Como todos los años nos reunieron a todos los chiquillos en la sala, sólo que esta vez, en el momento menos esperado, se fue la luz. La reacción inmediata fue el silencio, momento que aprovecho el viejo barrigón para soltar su famoso jo jo jo por la ventana. Se hizo la luz de nuevo y nuestras caras eran de estupefacción. No reaccionamos hasta que uno de nosotros empezó a chillar de emoción y el resto le seguimos en una algarabía que rozaba la locura. Los adultos nos animaron a ir a ver de dónde procedía la risa, y salimos en tropel sin esperar que nos repitieran la orden. Santa no estaba, pero una luna plateada iluminaba un arsenal de paquetes primorosamente envueltos y etiquetados junto a la fuente del patio. Los adultos nos ayudaron a llevar los nuevos tesoros a buen recaudo dentro de la casa y sin esperar la orden, nuestras codiciosas manos destrozaron lazos y envoltorios descubriendo bicicletas, muñecas, robots, pistolas, espadas, coches de carrera, juegos de mesa, cocinas y todo cuanto un niño puede desear una Nochebuena.
Cuando mas distraídos estábamos probando, comparando y presumiendo nuestros nuevos cacharros, Santa se presentó en la sala con su inseparable saco blanco sobre el hombro y su jo jo jo característico. Nos abalanzamos sobre él y pude percibir en su ropa un ligero olor a la cocina de mi abuela. Supuse que ni Santa se había librado de la manía de mi Nana de ofrecer tamales a todo ser viviente que se pasara por su cocina.
Por turnos nos sentamos en su regazo y mientras nos preguntaba si habíamos sido buenos niños, sacaba del saco los regalos más clásicos: cuentos, libros de colorear y crayones.
No era un Santa de pacotilla. Su disfraz era pulcro, su barriga era auténtica y su barba no era de esas de quita y pon como las que llevan los Santas de los centros comerciales. Cuando me tocó mi turno, me percaté de que bajo las gafas Santa tenía la mirada bondadosa que siempre me había imaginado, y de que Santa, señoras y señores, sudaba como un cerdo. Supongo que sus mofletes sonrosados eran debido a llevar, así fuera en diciembre, un traje polar rojo en pleno trópico. ¡Pobre hombre!
Se fue como vino deseándonos las mejores fiestas y dejándome, como recuerdo de ese día, una foto y la certeza de que la magia se había roto para siempre.
A la mañana siguiente mientras, desparramada por el suelo, coloreaba las mejillas de un enano de Blanca nieves en color Carnation pink, me di cuenta de dos cosas: que no era tanto que me gustara colorear, como los preciosos nombres de los crayones Crayola, y que cuando el acné y las hormonas entran como un torbellino por la puerta, la inocencia se esfuma discretamente por la ventana.

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Miedo

Déjame que yo te diga unas palabras acerca del miedo. Es el único y auténtico adversario de la vida. Sólo el miedo puede vencer a la vida. Es un contendiente traicionero y perspicaz, y bien que lo sé. Carece de decoro, no respeta ninguna ley, ningún principio. Te ataca el punto más débil que siempre reconoce con una facilidad infalible. Empieza con la mente, siempre. Estás tranquilo, sereno y feliz y al poco rato el miedo, ataviado con la vestimenta de duda afable, se te cuela en la mente como un espía. La duda se encara con la incredulidad y la incredulidad trata de expulsarla. Sin embargo, la incredulidad es un mero soldado de infantería desprovisto de armas. La duda la elimina en un santiamén. Te inquietas. La razón viene a luchar por ti. Te tranquilizas. La razón está bien equipada con armas de última tecnología. No obstante de forma asombrosa, a pesar de contar con unas tácticas superiores y un número de victorias aplastantes, la razón se queda fuera de combate. Te sientes debilitar, flaquear. La inquietud se torna terror.
El miedo entonces acomete contra el cuerpo, que ya se ha dado cuenta que algo va horriblemente mal. Los pulmones ya han salido volando como un pájaro y las tripas se te han escurrido como una serpiente. Ahora la lengua se te cae muerta como una zarigüeya y la mandíbula empieza a galopar sin poder avanzar. Ensordeces. Los músculos te tiritan como si padecieras malaria y las rodillas te tiemblan como si estuvieras bailando. El corazón se pone demasiado tenso y el esfínter demasiado relajado. […]
Te ves tomando decisiones precipitadas de forma atropellada. Despides a tus últimos aliados: la esperanza y la fe. Y ya está, tú mismo te has derrotado. El miedo, que no es más que una impresión, ha triunfado sobre ti.
Es una cuestión difícil de plasmar con palabras, pues el miedo, el miedo de verdad, el que te sacude hasta los cimientos, el que sientes cuando te encuentras cara a cara con la muerte, te corroe la memoria como la gangrena: intentará cariarlo todo, hasta las palabras que pronunciarás para hablar de él. Tienes que luchar a brazo partido para alumbrarlo con la luz de las palabras. Porque si no te enfrentas a él, si tu miedo se vuelve una oscuridad muda que evitas, quizá hasta olvides, lo que te expone a nuevos ataques de miedo porque nunca trataste de combatir al adversario que te venció.

Tomado del libro VIDA DE PI de YANN MARTEL

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